martes, 14 de marzo de 2017

APÓSTOLES EN LA ACTUALIDAD




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Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):




Introducción

Hoy está de moda discutir si todavía hay apóstoles entre nosotros, tal vez porque muchos líderes cristianos hoy se adjudican esa condición. Algunos se manifiestan a favor y otros en contra. Los que se manifiestan en contra, sostienen que hoy no hay apóstoles ya es imposible que puedan cumplirse los requisitos bíblicos necesarios para ser considerado apóstol. Veremos esos requisitos y también veremos hasta que punto esto es verdad.

A modo de anticipo, solo diremos que hoy si existen apóstoles pero en un sentido un poco distinto a los que pusieron los pilares fundacionales de la iglesia.

Requisitos bíblicos para ser apóstol

En el libro de los Hechos, podemos leer:

Hechos, 1:21 Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, 1:22 comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección. 1:23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. 1:24 Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido, 1:25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. 1:26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles

Los anteriores pasajes se refieren a la elección de un nuevo apóstol para suplantar a Judas Iscariote quien, como se sabe, luego de traicionar al Señor, se quito la vida.

Hubo dos candidatos:

[1] José, llamado Barsabás, que tenia por sobrenombre Justo; y

[2] Un tal Matías;

Se echaron suertes y la elección recayó, finalmente, sobre Matías (Hechos, 1:26).

Cuando Pedro se refiere a los candidatos dice:

[1] “estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros” (Hechos, 1:21), dando a entender que, para preseleccionar a ambos candidatos, fue importante el hecho de que los dos habían convivido con el Señor desde su bautismo por Juan el Bautista hasta su ascensión;

[2] “uno (de los dos candidatos) sea hecho testigo - continúa diciendo Pedro - con nosotros, de su resurrección” (Hechos, 1:22), dando a entender que, además, era necesario haber visto a Cristo resucitado; y

[3] Podríamos agregar que, además, era necesario haber sido comisionado (enviado) personalmente por Jesús en los términos de:

[a] Mateo, 10:16 He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas; y

[b] Hechos, 1:8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Hasta aquí un antecedente bíblico acerca de los requisitos que era necesario cumplimentar para ser considerado apóstol.

El caso de Pablo

Mas allá de que, como veremos, Pablo se consideraba a sí mismo un apóstol, ¿cumplió Pablo con lo requisitos anteriormente mencionados?. ¿Fue Pablo un apóstol?.

Algunos falsos profetas y maestros se habían infiltrado en la iglesia de Corinto para socavar la autoridad de Pablo, afirmando que ni siquiera era un apóstol “como los otros”. Pablo escribe la Primera Epístola a los Corintios para responder, entre otras cosas, a esta cuestión:

1 Corintios, 9:1 ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? 9:2 Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.

Pablo acaba de afirmar que el vio al Señor y lo re-afirma en:

1 Corintios, 15:5 y que apareció a Cefas, y después a los doce.

15:6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 15:7 Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; 15:8 y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.


Es claro que Pablo vio al Señor resucitado. Cabria preguntarse ahora si Pablo fue comisionado por el Señor para algo.

Recordemos el relato de la conversión de Pablo:

Hechos, 9:3 Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; 9:4 y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 9:5 El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 9:6 El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. 

A Pablo le fue encomendado el Evangelio de la incircuncision (de los incircuncisos o gentiles):

Gálatas, 2:7 Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión 2:8 (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), 2:9 y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.

Pablo afirma que le fue encomendado (fue comisionado para) el evangelio de los gentiles (no judíos) de la misma forma que a Pedro le fue encomendado (fue comisionado para) el evangelio a los judíos.

Además, Pablo siempre encabezo sus cartas presentándose como un apóstol nombrado (comisionado) no por los hombres sino por Dios:

Gálatas, 1:15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, 1:16 revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles

Romanos, 1:1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 

1 Corintios, 1:1 Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios

2 Corintios, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios

Gálatas, 1:1 Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos),

Efesios, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios

Colosenses, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios

1 Timoteo, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza,

2 Timoteo, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús,

Tito, 1:1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad,

Pablo, entonces, lleno los requisitos para ser apóstol y así fue reconocido en vida por sus contemporáneos.

El mismísimo Pedro reconoce la autoridad apostólica de Pablo en:

2 Pedro, 3:15 Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, 3:16 casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. 

En Apocalipsis, 21:9-14 un ángel le muestra a Juan la Nueva Jerusalén. Entre otras cosas, Juan ve doce puertas (Apocalipsis, 21:12) que representan a Israel y doce cimientos (Apocalipsis, 21:14) que representan a la iglesia.

Al respecto, Jack Kelley, el reconocido ensayista bíblico, observa:

Cuando Judas Iscariote traicionó al Señor y luego se suicidó, los Doce eran discípulos, o estudiantes. Más tarde, los once restantes, ahora Apóstoles (los enviados), votaron y escogieron a Matías para reemplazar a Judas. Nada más se dice sobre Matías, y no sabemos por qué. Obviamente, al que seleccionó Dios fue a Pablo, el más prolífico de los autores del Nuevo Testamento. Yo creo que será el nombre de Pablo el que veremos en uno de estos cimientos.

Por último, el haber convivido con Jesús antes de su crucifixión y resurrección (Hechos, 1:21) fue “importante” para Pedro a la hora de preseleccionar a los dos candidatos que reemplazarían a Judas (de entre los cuales fue elegido Matías), pero no puede ser un requisito para ser considerado apóstol porque entonces ni el mismísimo Pablo de Tarso hubiera calificado, ya que Pablo, aunque sí tuvo un encuentro con Cristo resucitado camino a Damasco, no conoció personalmente al Señor antes de crucifixión y resurrección.

¿Hay apóstoles hoy?

¿Puede alguno de nuestros contemporáneos calificar para ser considerado apóstol?.

Para responder esta pregunta, habría que preguntarse si alguno de nuestros contemporáneos podría reunir los requisitos antes mencionados:

[1] ¿Podría alguien, en nuestros días, tener un encuentro personal con Cristo resucitado?; y

[2] ¿Podría alguien, en nuestros días, ser comisionado personalmente por Jesucristo para alguna tarea?;

Ambas cosas son totalmente posibles en nuestros días. Teniendo en cuenta esto y el hecho de que la palabra “apóstol” significa “enviado”, es totalmente posible y, además, legitimo desde el punto de vista bíblico que, en nuestros días, haya apóstoles.

En Romanos, Pablo escribe:

Romanos, 16:7 Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.

A Andronico y a Junias se les trata de apóstoles.

Pero (siempre hay un pero) debemos aclarar que la palabra “apóstol” puede emplearse en dos sentidos:

[1] en un sentido GENERAL, para referirse a aquellos que, en nuestros días, hayan tenido un encuentro con Cristo resucitado y hayan sido comisionados por el Señor para algo; y

[2] en un sentido ESPECIAL, para referirse a los 12 apóstoles que estuvieron con Jesús, mas Pablo de Tarso;

En un sentido GENERAL hoy continua habiendo apóstoles, pero Pablo fue el último de los apóstoles definido en el sentido de recibir una comisión ESPECIAL, mediante un encuentro personal con el Señor resucitado para unirse al testimonio fundacional de los apóstoles que caminaron con Cristo.

Los apóstoles del NT fueron el comienzo y las piedras del fundamento de la iglesia. Por lo tanto, ese oficio apostólico del NT es único y no puede repetirse. Como mensajeros del Señor resucitado, pusieron las bases de la iglesia de Jesucristo y no puede alterarse ni se le puede agregar nada a ese fundamento. Esos apóstoles no pueden tener sucesores.

Al respecto, Pablo escribe:

1 Corintios, 3:10 Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 3:11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 3:12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 3:13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 3:14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 3:15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. 

Pablo se autodenomina el “perito arquitecto, que puso el fundamento y que no es otro que Jesucristo” y nos advierte que “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto”.

De hecho Pablo, en Gálatas, profiere una maldición para todos aquellos que intenten cambiar ese fundamento:

Gálatas, 1:8 Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

La palabra “anatema” significa “maldito”.

Pablo continua diciendo en 1 Corintios, 3:10-15, que “otros”, que vendrán después de él, sobreedificaran sobre ese fundamento que él puso y advierte que tengamos cuidado como sobreedificamos, porque lo que pongamos sobre el fundamento que puso el será probado por el fuego.

Lo que Pablo está diciendo es que, los que vengan después de él, solo podrán sobreedificar sobre el fundamento que él puso pero no podrán cambiar ese fundamento, agregando ni quitando nada. En este sentido ESPECIAL, es claro que ya no hay mas apóstoles.

¿Puede Dios, hoy, levantar a otro como Pablo de Tarso?.

Claro que puede, pero no necesita hacerlo porque los fundamentos de la iglesia ya fueron puestos por Pablo y nadie puede cambiarlos, bajo pena de maldición (Gálatas, 1:8).

Los apóstoles son levantados por Jesucristo

1 Corintios, 12:4 Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 12:5 Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 12:6 Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.

Los dones son del Espíritu Santo pero los ministerios son de Jesús.

Los cinco grandes ministerios de la iglesia son:

[1] apóstol;
[2] profeta;
[3] evangelista;
[4] pastor; y
[5] maestro de la palabra;

Jesús es el que nombro a los Apóstoles y el que nombra a los pastores, a los profetas, maestros y evangelistas.

Jesús se le apareció a Pablo de Tarso, no fue el Espíritu Santo. Fue Jesús quien lo nombro apóstol. Mientras Jesús entrega los ministerios, el Espíritu Santo entrega los dones, todo con el beneplácito del Padre.

Conclusión

Ha quedado demostrado que, en la actualidad, si hay apóstoles, pero en un sentido GENERAL (como enviados). Ninguno de los que hoy, legítimamente incluso, se autodenominan apóstoles puede recibir nuevas revelaciones que alteren el Evangelio del NT recibido de Jesucristo y los apóstoles.

Los pilares fundacionales de la iglesia ya han sido establecidos por los apóstoles que caminaron con Cristo, más Pablo de Tarso. Esto apóstoles que, en un sentido ESPECIAL, colocaron los pilares fundacionales de la iglesia, no tienen sucesores.

Como ya nos hemos preguntado ¿podría Dios hoy levantar a “otro Pablo de Tarso”?. Claro que puede, pero no necesita hacerlo, ya que “el Pablo que si levanto” ya vino y cumplió sobradamente con su tarea.


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

Marcelo D. D’Amico
Maestro de la Palabra – MINISTERIO REY DE GLORIA

domingo, 19 de febrero de 2017

EL SUICIDIO (Y LA EUTANASIA) EN LA BIBLIA


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Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):




Introducción

Vamos a estar hablando, en este estudio, de un tema sensible dentro de lo que es la doctrina cristiana, como lo es el suicidio (incluida la eutanasia) y el destino eterno de los suicidas.

La Biblia no habla directamente del suicidio, es decir, la palabra “suicidio” no aparece en la Biblia, pero este no es un argumento suficiente como para afirmar que la Biblia no fija una posición sobre este tema. Por ejemplo, la palabra “Trinidad” tampoco aparece en la Biblia. No obstante, este argumento no es suficiente como para negar la Trinidad Divina, es decir, el hecho de que las Escrituras hablan de un Dios que se manifiesta en tres personas distintas como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sin dejar, por ello, de ser un Único Dios.

Por consiguiente, no nos queda otra alternativa que analizar el tema del suicidio a la luz de las doctrinas fundamentales de las Escrituras.

La salvación

El Evangelio de salvación predicado por Pablo no lo aprendió de ningún hombre sino que le fue revelado por Jesucristo (Gálatas, 1:11-12). Y lo que Pablo predico es que la salvación es por gracia, por medio de la fe en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) y no por obras (Efesios, 2:8-9, Tito, 3:5). Hay más versículos que hablan acerca de la salvación, pero con estos que hemos citado alcanza para afirmar que nada más se nos requiere pasa ser salvos.

La gracia (que hemos mencionado) puede ser definida como el favor inmerecido de Dios por medio del cual los hombres pueden ser salvos, vivir en santidad y obedecer sus mandamientos. La gracia es la actividad unilateral de Dios por medio de la cual Él está continuamente atrayendo las almas hacia sí mismo.

Siendo la gracia la causa de la salvación, el modo de acceder a ella es por medio de la fe (Romanos, 5:2) en el Evangelio (1 Corintios, 15:1-4).

Este Evangelio predicado por Pablo claramente es un Evangelio de “gracia + fe” (sin obras).

La confesión

Pero aun después de ser salvos seguimos pecando.

El apóstol Juan al respecto escribe:

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1:10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Juan dice “si decimos”, es decir, se incluye, con lo cual está hablando de la iglesia, es decir, de gente que ya es salva. Lo que Juan está diciendo es que un cristiano que no reconoce su pecado:

[1] se engaña a sí mismo;
[2] la verdad (que es la Palabra de Dios) no está en él; y
[3] hace mentiroso a Jesucristo;

Pero Juan no solo reconoce el problema del pecado en un cristiano (aun después de ser salvo), sino que da un paso más y habla de la solución al problema: la confesión (1 Juan, 1:9). Juan dice que, si confesamos nuestros pecados, el Señor nos vuelve a limpiar.

Cuando pecamos luego de ser salvos, no perdemos la salvación pero nuestra comunión con Dios puede verse interrumpida, lo cual puede frenar alguna bendición que Dios tiene para nosotros. La manera de restaurar la comunión con Dios, perdida a causa del pecado, es por medio de la confesión de nuestros pecados. El poder redentor de la sangre de Cristo derramada en la cruz del calvario es eterno. Si esto no fuera así, el Señor tendría que bajar a morir en la cruz cada vez que pecamos luego de haber sido salvos.

Como está escrito:

Hebreos, 9:24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 9:25 y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 9:26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.

Hebreos, 10:11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; 10:12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, 10:13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; 10:14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

Pero ¿qué es confesar?.

La palabra “confesión” viene de la palabra griega “homologeo” que, a su vez, proviene de dos raíces griegas: “homo” (que significa “lo mismo”) y “logeo” (que significa “hablar”). De modo que la palabra “confesión” significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que quien?. Hablar lo mismo que Dios. Deben evitarse las oraciones generales del tipo “Señor, perdóname, porque he pecado”. Esto no es confesar. La confesión tiene más que ver con una oración del tipo “Señor, perdóname, porque días atrás murmuré contra tal hermano, porque este mes no he diezmado lo que correspondía o porque anoche estuve mirando pornografía”.

Solo estamos confesando cuando somos capaces de hablar de nosotros mismos lo mismo que hablaría Dios, lo cual implica la difícil tarea de vernos como Dios nos ve (para bien y para mal).

La confesión es posterior a la consumación del pecado

Una vez que creemos en el Evangelio de la salvación (1 Corintios, 15:3-4), entramos en la gracia (Romanos, 5:2) y accedemos a la salvación (Efesios, 2:8-9). Lamentablemente, como hemos visto, después de que somos salvos, volvemos a pecar (1 Juan, 1:8). Pero, para nuestra fortuna, si confesamos nuestros pecados, Dios nos vuelve a perdonar y a limpiar de toda maldad (1 Juan, 1:9) y esto es posible porque el poder redentor de la sangre de Cristo es eterno (Hebreo, 10:14).

El arrepentimiento y la confesión deben ser posteriores a la consumación del pecado y no previos. Yo no puedo arrepentirme y confesar “preventivamente” lo que todavía no he hecho, para que, cuando lo haga (cuando se consuma el pecado), pueda aplicarse este arrepentimiento y confesión previos “como pago” para lavar ese pecado futuro.

Para que se entienda: no puedo mostrar arrepentimiento por y confesar algo que aún no hice (pero que hare de todos modos) y que se que es contrario a la Palabra de Dios. Si verdaderamente estaría arrepentido, de tan solo haberlo pensado pediría perdón a Dios por ese pensamiento y jamás lo concretaría. ¿Se entiende el punto?.

En ninguna parte de las Escrituras está planteada, ni siquiera remotamente, la posibilidad del arrepentimiento y confesión anticipada de pecados.

Pecados que impiden nuestra entrada en el reino

Hay un versículo en la Biblia donde se nos da una lista de pecados que, si al morir permanecen inconfesados, nos impiden directamente la entrada en el reino:

Apocalipsis, 21:7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. 21:8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Uno de los pecados mencionados es el de homicidio, es decir, el de matar a un hombre (varón o mujer). Y, si no podemos entrar en el reino, el lugar que nos espera es el infierno.

El suicidio es homicidio

El suicida, básicamente, es un homicida porque está matando a una persona, aunque se trate de el mismo.

La palabra “homicidio” procede del latín “homicidium”, un término compuesto, a su vez, de dos raíces: “homo” (que significa "ser humano u hombre") y “caedere” (que significa "matar"), de modo que, literalmente, la palabra “homicidio” significa "matar a un ser humano o a un hombre (varón o mujer)".

El suicida es un “ser humano” y, aunque se trate de el mismo, esta “matando a un hombre”. Por consiguiente, el suicidio es homicidio. Lo que el suicida está cometiendo, en realidad, es un auto homicidio. Y la Biblia dice que un homicida no heredara el reino de Dios y esta revelación es del mismísimo Jesucristo (Apocalipsis, 21:8).

Ahora bien, alguien que comete homicidio ¿se hace acreedor al infierno sin posibilidad de obtener el perdón de Dios, por aplicación de Apocalipsis, 21:8?. De ninguna manera. Si hay arrepentimiento por ese pecado y se confiesa, Dios otorga el perdón y Apocalipsis, 21:8 queda sin aplicación. Si el homicida, en cambio, no se arrepiente y no confiesa, cuando se muera se va al infierno (Apocalipsis, 21:8).

¿Cuál es el problema con el suicida en todo esto?. Que después de cometer el pecado (después de quitarse la vida) no está vivo para arrepentirse ni mucho menos para confesar (hablar). El pecado, por tanto, le queda inconfeso e imperdonado y, como se trata de un pecado que impide la entrada en el reino (Apocalipsis, 21:8), se va al infierno.

En el caso del suicida, la consumación del pecado de homicidio requiere su propia muerte, lo cual, a su vez, luego no le permite arrepentirse y confesar, porque está muerto. ¿Se entiende el punto?.

Otras razones bíblicas por las que no podemos suicidarnos

Hemos demostrado que el suicidio es homicidio, motivo por el cual requiere arrepentimiento, confesión y perdón para ser admitido en el reino (Apocalipsis, 21:8), algo que el suicida, una vez muerto, no puede hacer.

No obstante, hay dos razones más, de mayor peso todavía, por las cuales la Biblia, sin mencionarlo directamente, condena el suicidio.

[1] No somos nuestros dueños:

1 Corintios, 6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 6:20 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Pablo dice que ya no somos nuestros dueños, porque hemos sido comprados por precio. ¿Y cuál es ese precio?. El apóstol Pedro lo sabía bien:

1 Pedro, 1:18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 1:19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,

Fuimos rescatados de nuestra pecaminosa manera de vivir, con la sangre de Cristo. Si no somos nuestros dueños, entonces mal podemos pretender disponer de nuestra vida, cometiendo suicido.

[2] Jesucristo tiene las llaves de la muerte:

Apocalipsis, 1:18 y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Jesucristo dice de sí mismo que él tiene las llaves de la muerte y del Hades.

La palabra “Hades” es una palabra griega para “infierno” y es equivalente a la palabra hebrea “Seol” que también significa “infierno”. Esto significa que nadie entra ni sale del infierno sin la aprobación de Jesucristo.

Que Jesucristo tenga, además, las llaves de la muerte, significa que,  luego de su sacrificio en la cruz y de su posterior resurrección, El tiene potestad sobre la muerte:

Mateo, 28:18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.

La frase “toda potestad” incluye, claro está, la “potestad sobre la muerte”.

Y no solamente porque El la ha vencido, al resucitar de entre los muertos, sino porque solo Cristo puede decidir sobre la muerte de alguien. El suicida, al decidir quitarse la vida, despoja momentáneamente a Jesucristo de esa facultad, ejecutando un acto solo reservado a Dios. Y tal vez sea este (y no el auto homicidio en sí) el verdadero pecado castigado con el infierno.

Acabamos de leer que no somos nuestros dueños y que solo Jesucristo puede disponer de la vida de alguien. ¿Por qué estará escrito esto en la Biblia?. ¿Hace falta que la Biblia mencione la palabra suicidio?.

Eutanasia

No hemos dicho nada acerca de la eutanasia, porque creemos que resulta totalmente asimilable al suicidio de modo que, todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre el suicidio, resulta igualmente aplicable a la eutanasia.

La palabra “eutanasia” proviene de dos raíces griegas: "eu" y "thanatos", que significa ‘buena muerte’ y puede ser definida como la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado, con su consentimiento, con la intención de evitar sufrimiento y dolor. La eutanasia está asociada al final de la vida sin sufrimiento. No se incluye aquí la desconexión de personas en estado de inconsciencia.

En la eutanasia, al igual que en el suicidio, la muerte es “planeada y para dejar de sufrir”. El suicida sufre (o cree que sufre) y, para poner fin a ese sufrimiento, planea y ejecuta su propia muerte. Por eso la eutanasia es asimilable al suicidio, “asistido” en este caso y legal en varios países.


¿Es el suicidio un caso de pérdida de la salvación?


Como muchos ya saben, es doctrina de este sitio que la salvación, una vez acontecida, no puede perderse. Según Pablo, el Espíritu Santo se recibe por el oír con fe el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4), luego de lo cual, el Espíritu Santo no solo viene a morar (1 Corintios, 3:16, 6:19) sino que, además, es sellado en nosotros (Efesios, 1:13-14, Efesios, 4:30, 2 Corintios, 1:21-22). A partir de aquí, ya no somos nuestros dueños (1 Corintios, 6:19), porque fuimos comprados por precio (1 Corintios, 6:20), siendo el precio pagado la sangre preciosa de Jesucristo (2 Pedro, 1:18-19). Y a partir de que el Espíritu Santo mora en nosotros (no antes) comienza su obra de regeneración (Juan, 16:8). Pablo agrega, además, que aquel que comenzó en nosotros la buena obra (el Espíritu Santo) la perfeccionara (la hará cada vez mejor) hasta el día de Jesucristo, es decir, hasta el rapto de la iglesia (Filipenses, 1:6). Como puede verse, en un “suicida cristiano” toda esta palabra queda sin cumplirse, con lo cual, a la única conclusión a la que podemos arribar es que un suicida, aunque se haya autoproclamado “cristiano”, nunca fue verdaderamente salvo, de modo que no se puede perder lo que nunca se tuvo (la salvación).

Conclusión

Muchos líderes cristianos sostienen que “no somos quienes para decir si alguien está en el cielo o en el infierno, en este caso, por cometer suicidio”, tal vez porque en sus congregaciones hay gente que ha perdido seres queridos por tal motivo y no quieren “herir susceptibilidades”.

No obstante:

[a] la Palabra de Dios es clara y debe ser predicada tal cual es; y

[b] no deben alimentarse falsas esperanzas en familiares de suicidas, alentándolos a que, algún día, se reencontraran en el cielo con sus seres queridos que decidieron quitarse la vida;

Si en Apocalipsis, 21:8 la Biblia dice que ningún homicida que se muera con ese pecado inconfeso e imperdonado entrara en el reino de los cielos, entonces así será (solo porque Dios lo ha dicho). No podemos decir que no sabemos dónde se encuentra un homicida (suicida, en este caso), muerto con ese pecado imperdonado e inconfeso, porque Dios ya ha dicho donde no está.

Debemos ser claros, aun a riesgo de caer antipáticos, no solo con los familiares de un suicida sino, fundamentalmente, con aquellos que, sin saberlo nosotros, están aún vivos y barajando la posibilidad de cometer suicidio, por lo que una palabra nuestra, veraz, tal vez los haga rever su postura. Y esto es lo que Dios va a demandarnos.

Al respecto, Ezequiel escribe:

Ezequiel, 3:17 Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. 3:18 Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. 3:19 Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma.

Si hay alguna excepción, la misma será decidida, en su soberanía, por Dios mismo. Hasta donde Dios nos ha revelado en su Palabra, ha quedado demostrado que el suicidio (y la eutanasia) es un pecado pasible de ser castigado con muerte eterna.

Al no haber, con posterioridad a la consumación del pecado, posibilidad alguna de arrepentimiento, confesión y perdón, dicho pecado es castigado con el infierno y luego con el lago de fuego.

Fue derramada sangre inocente por nosotros: la sangre de Cristo, que es sangre de Dios.

No la tengas en poco, quitándote la vida.


QUE DIOS LOS BENDIGA!

Marcelo D. D’Amico
Maestro de la Palabra

miércoles, 2 de noviembre de 2016

APÓSTOL ROBERTO SAAVEDRA - PRÉDICA "HEME AQUI...., ENVIA A AARÓN"

Les dejo el video de una excelente predica del Apostol Roberto Saavedra.

Que lo disfrutes:






QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

APÓSTOL ROBERTO SAAVEDRA - PRÉDICA "EL QUE TIENE AL HIJO LO TIENE TODO"

Te presento esta prédica del Apóstol Roberto Saavedra donde expone la verdad acerca de que el que tiene al Hijo lo tiene verdaderamente todo.

Que la disfrutes:



QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

viernes, 21 de octubre de 2016

EL ÉXITO Y EL FRACASO



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Voy a permitirme narrar una historia real que, en una de sus predicas, relató Dante Gebel:

Hubo un hombre que, siendo médico, un día conoció a Dios. A partir de aquí, comenzó a congregarse y a leer la Biblia con especial entusiasmo. Tenía un ministerio claramente evangelístico. Este hombre, con el tiempo, se destacó y fue conocido en la Asamblea que nucleaba a su congregación.

Cuando surgió la posibilidad de enviar a un misionero para evangelizar a una tribu en la isla de Papúa Nueva Guinea, ubicada al norte de Australia, formando parte del continente de Oceanía, inmediatamente la Asamblea pensó en este médico. Cuando la Asamblea se lo propuso, el médico acepto de inmediato. Hacía tiempo ya que había dejado de ejercer la medicina en forma intensiva y esta era la oportunidad que estaba esperando para dedicarse de lleno a su llamado.

Es así que este médico viaja en avión hacia el continente y, desde allí, toma un avión menor (una especie de aeroplano) que lo deposita en la isla. Allí lo reciben el jefe del destacamento policial de la isla, junto con el líder espiritual de la tribu.

Cuando le preguntan a qué se debe su visita, el médico responde que había sido enviado por la Asamblea que nuclea a su congregación para evangelizar la isla.

El líder espiritual de la tribu le contesta que no había problema si quería quedarse en la isla, pero le aclara que no le sería permitido evangelizar porque en la isla ya había una religión establecida, con sus dioses y rituales. Es más, el anciano le aclara que profesar una religión distinta a la de la isla estaba penado con la muerte por decapitación. Por su parte, el jefe del destacamento policial de la isla le dijo al médico que él no podía garantizarle la seguridad si transgredía esta norma.

El jefe de policía y el anciano le preguntaron al médico si tenía algo más que agregar, a lo que el médico responde que sí, declarando ser precisamente médico. El médico pensó: siempre hace falta un médico en un lugar así, por lo que, si declaro mi profesión, tal vez me gane la confianza del anciano y de la tribu y, con el tiempo, me permitan predicar. Al jefe de policía y al anciano les pareció estupendo e incluso le prometieron montarle una clínica, para atender a los lugareños de la tribu.

El médico se comunicó con la Asamblea para ponerlos al tanto de la situación. Desde la Asamblea le recomendaron que haga lo que el mismo había pensado: que se quedara, que ejerciera su profesión de médico y que, tarde o temprano, una vez ganada la confianza de los lugareños, seguramente se le abrirían las puertas para predicar el evangelio.

Como le fue prometido, al médico le montaron una clínica e incluso recibió inicialmente instrumental y periódicamente medicinas desde el continente. Así comenzó el médico a ocuparse de la salud de los lugareños de la tribu de la isla: hacia nacer a los niños, atendía a los ancianos, curaba a los enfermos. Al llegar la noche, cada día, cenaba y se quedaba leyendo la Biblia hasta altas horas, pensando que, con el tiempo, le permitirían predicar el evangelio. Pero la prohibición jamás se levantó.

Así pasaron los años, mientras el médico atendía con denuedo la salud de los lugareños. Desde su llegada, había descendido drásticamente la muerte infantil y había mejorado la salud de toda la tribu, aumentando considerablemente el promedio de vida del lugar. La tribu lo amaba y era profundamente respetado por el anciano de la tribu y por el jefe de policía. Pero el médico sufría y cada noche le preguntaba a Dios por qué lo había enviado a un lugar donde no podía predicar el evangelio. Para el médico, su vida no tenía sentido alguno. Por si esto fuera poco, la Asamblea que lo había enviado se había olvidado de él y su gestión en la isla fue vista como un fracaso.

Un buen día, el médico murió de muerte natural y fue enterrado con honores y con gran llanto por los lugareños de la tribu. Enterados de su muerte, la Asamblea decidió enviar otro misionero.

Al igual que el médico en su momento, el nuevo misionero viaja en avión hacia el continente y, desde allí, toma un avión menor (una especie de aeroplano) que lo deposita en la isla. Allí lo reciben el (mismo, pero más viejo) jefe del destacamento policial de la isla, junto con el (mismo, pero más viejo) líder espiritual de la tribu.

Cuando le preguntan a qué se debe su visita, el nuevo misionero responde que había sido enviado por la Asamblea que nuclea a su congregación para evangelizar la isla, cosa que no había podido hacer el médico.

El líder espiritual de la tribu le contesta que no había problema si quería quedarse en la isla y que tampoco habría problemas si quería evangelizar. Es más, tanto el anciano como el jefe de policía le prometieron al nuevo misionero edificarle una iglesia. El nuevo misionero, sorprendido, le preguntó al anciano por qué a él se le permitiría predicar el evangelio siendo que el médico no se le había permitido, a lo que el anciano respondió: el médico al que usted hace referencia, vino hace muchos años a esta isla y decidió vivir entre nosotros. El hizo nacer a nuestros niños, atendió a nuestros ancianos y curo a nuestros enfermos con denuedo. Si ese hombre hizo lo que hizo por nosotros, entonces su Dios tiene que ser más grande y mejor que él. Y esta es la razón por la cual a usted le será permitido predicar el evangelio: por que ahora somos nosotros los que queremos conocer al Dios de aquel hombre.

Cuando fue construida la iglesia, el nuevo misionero organizo una campaña evangelística en la cual se entregó a Cristo casi toda la tribu.

Cuando llegaron estas noticias a la Asamblea, rápidamente la gestión del nuevo misionero fue vista como un éxito, al tiempo que se confirmó el fracaso del médico. Pero fue el médico, con su testimonio de vida, el que abrió las puertas al evangelio en la isla.

¿Cuántos de nosotros seremos realmente capaces de predicar a Dios sin abrir la boca?.

Así como el valor no es ausencia de miedo, el éxito no es ausencia del fracaso. A veces, cuando Dios nos asigna a un lugar, vamos a sentir que, ante los ojos de los demás, estamos fracasando.

El escritor de la Epístola a los Hebreos, en el capítulo 11, dice: “me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barak, Sansón, Jefté, David, Samuel, los profetas, los cuales, por la fe, conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron lo prometido, cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas, escaparon del filo de la espada, sacaron fuerza de la flaqueza, se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a los ejércitos extranjeros”. Y nosotros decimos: esto es el éxito!!!. Queremos estar ahí!!!. Pero el autor de la Epístola a los Hebreos sigue escribiendo: “otros sufrieron burlas, azotes, incluso cadenas, cárceles y muerte…”.

Esta todo en el mismo episodio de los “héroes de la fe” (Hebreos, 11). La pregunta que podríamos hacernos es ¿solo la primera mitad fue exitosa?. ¿Quiénes fueron los exitosos?. ¿Los que apagaron llamas, los que conquistaron reinos, cerraron bocas de leones?. ¿Y la otra mitad?. ¿Los que murieron en cárceles, los que los mataron a golpes, los que fueron serruchados en dos?. ¿Tuvieron éxito estos últimos o no?. Están todos en el mismo capítulo 11 de Hebreos, que habla de los “héroes de la fe”.

Vivimos en una cultura en la que se idolatra el éxito y se sataniza el fracaso. El éxito es “ganar la copa”, sino fracasamos (aunque hayamos llegado a la final). Éxito es colgar el diploma en la pared (no solo estudiar y abandonar a poco de terminar la carrera). Está bien. El éxito, entendido humanamente, es tener logros y el fracaso es no llegar a cumplir esos logros. Pero, en el reino de Dios, el resultado no suele ser la cuestión. Si nos va bien o nos va mal, en términos humanos, a veces, a la vista de Dios, es indistinto. El éxito, en el reino divino, no es ganar o perder sino OBEDECER….

Un detalle casi infantil, pero cuando se nos escapa este detalle infantil es cuando nos frustramos porque decimos: Dios me envió a hacer tal cosa, yo pensé que iba a estar 10 años pero estuve 3 meses y Dios me saco de ahí ¿qué hice mal?. Nada. Obedeciste…..

Uno va a las Escrituras y entiende que, cuando uno tiene que obedecer a Dios, hay cosas que, aparentemente, pueden salir bien o, aparentemente, pueden salir mal. Sin embargo, uno esta obedeciendo y eso se llama MAYORDOMIA. Se trata de sacarle el máximo provecho al tiempo, al don que Dios te dio y al talento que El te ha dado exactamente donde El te coloco.

Y he aquí lo que es la definición de éxito en la Biblia: ES CUANDO ESTAS DONDE DIOS TE PUSO, ERES FIEL Y TE MANTIENES ALLÍ AUNQUE NO VEAS RESULTADOS.

Por eso, la gran pregunta es ¿Dios te mando o no te mando a hacer lo que estás haciendo?. Porque si éxito son las multitudes, todas las iglesias grandes necesariamente son bendecidas por Dios y las pequeñas no sirven. Puede haber un pastor, en una iglesia pequeña, al cual Dios no llamo. Pero también puede haber un pastor, al frente de una iglesia multitudinaria, al cual Dios tampoco llamo. Por eso “multitud” no es sinónimo de llamado de Dios ni “escases de gente” es sinónimo de falta de bendición. Tener mucho dinero en el banco no significa que Dios te haya bendecido. ¿Qué es estar en la voluntad de Dios?. ¿Un automóvil nuevo?....

Hay una frase que dice: lo peor que te puede suceder es tener éxito en los que Dios no te llamo…..

Si tienes éxito en lo incorrecto, has fracasado. Pero si fallas haciendo lo correcto (si te equivocas haciendo lo que Dios te mando), entonces has tenido éxito. Aunque digas: pero yo no vi ningún fruto. ¿Y quién te dijo que Dios te manda por el fruto?. ¿Y si los frutos no se ven hasta después de tu muerte?.

No entender estos principios te puede causar frustración.

Todo lo anterior está basado en la siguiente excelente predica de Dante Gebel (les dejo el video):




QUE DIOS BENDIGA A TODOS!!!!


Marcelo D. D'Amico
Maestro de la Palabra - Ministerio REY DE GLORIA