miércoles, 19 de mayo de 2021

OÍSTEIS QUE FUE DICHO A LOS ANTIGUOS

 


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Introducción 

Siempre me llamaron poderosamente la atención las siguientes palabras de Jesús:

Mateo, 5:21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 5:22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 

Mateo, 5:27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 5:28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 

Mateo, 5:38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 5:39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 

Mateo, 5:43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 5:44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 5:45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 

La gracia ¿un mejor pacto que la ley? 

Siempre hemos sostenido, desde este sitio, que la gracia (la 6° y actual dispensación) es un mejor pacto que la ley (la 5° dispensación). Pero las palabras de Jesús, expuestas al principio, dan a entender que lo que El vino realmente a hacer es a “endurecer” la ley de Moisés. 

Al respecto, Jack Kelley (el reconocido ensayista bíblico norteamericano, lamentablemente fallecido en el otoño americano de 2015) observa: 

Da la sensación de que el Nuevo Pacto sería peor que el Antiguo Pacto, no mejor. Ellos (los israelitas) fueron condenados por sus acciones. Pero según Mateo, 5 nosotros seríamos condenados por nuestros pensamientos. 

Los israelitas del AT no podían asesinar. Nosotros no podríamos siquiera enojarnos. Los israelitas del AT no podían cometer adulterio. Nosotros no podríamos siquiera tener un pensamiento lujurioso. 

Piensen en ello: nunca enojarse, nunca desear nada, nunca envidiar, nunca ser idólatras, nunca ningún favoritismo o discriminación, nunca ningún mal pensamiento u obra de cualquier clase. 

¿Son estas las Buenas Nuevas, las riquezas incomparables de Su Gracia?. ¿Se convirtió Dios en hombre y murió de la muerte más horrible jamás ideada por el ser humano solamente para poner a Sus hijos en una posición todavía menos alcanzable que antes?. ¿Es la gracia solo una ley administrada con mayor severidad?. 

Esas cosas siempre estuvieron presentes 

A lo largo de toda la historia de la redención, siempre fueron necesarios (entre otros) dos elementos para acceder a la salvación: 

[1] la fe; y

[2] la sangre; 

La fe no es una novedad del NT sino que viene del AT: 

[+] Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín (Hebreos, 11:4);

[+] Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios (Hebreos, 11:5);

[+] Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase (Hebreos, 11:7);

[+] Por la fe Abraham [a] salió al lugar que había de recibir como herencia sin saber a dónde iba (Hebreos, 11:8), [b] habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena (Hebreos, 11:9), [c] la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido (Hebreos, 11:11) y [d] por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac en sacrificio (Hebreos, 11:17);

[+] Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras (Hebreos, 11:20);

[+] Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José (Hebreos, 11:21);

[+] Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos (Hebreos, 11:22);

[+] Por la fe Moisés [a] cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey (Hebreos, 11:23), [b] hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón (Hebreos, 11:24), [c] dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible (Hebreos, 11:27), [d] celebró la pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocase a ellos (Hebreos, 11:28), [e] pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados (Hebreos, 11:29);

[+] Por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días (Hebreos, 11:30);

[+] Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz (Hebreos, 11:31); 

Todos estos hombres y mujeres de Dios del AT se movieron por fe en Dios y en sus promesas. 

La sangre tampoco es una novedad en la historia de la redención porque siempre fue necesaria para expiar el pecado (Hebreos, 9:22) y estuvo presente casi desde el principio en dos acontecimientos fundamentales: 

[1] cuando Dios cubrió con pieles de animales a Adán y Eva (Génesis, 3:21) antes de expulsarlos del Edén (Génesis, 3:22-24); 

Es obvio que Dios, para cubrir a Adán y Eva con esas pieles de animales, previamente tuvo que matarlos, derramando su sangre. 

[2] cuando Abel ofreció a Dios de lo más gordo de sus ovejas (Génesis 4:4); 

Mientras Abel sacrificó un animal (derramando su sangre) Caín ofreció verduras. A simple vista pareciera que la diferencia entre ambas ofrendas tuvo que ver con el oficio de cada uno ya que, mientras Abel era pastor, Caín era labrador (Génesis, 4:2). Pero la diferencia entre ambas ofrendas es más profunda y, por ende, más sutil: mientras Abel derramo sangre, Caín ofreció el producto de una tierra que estaba maldita por Dios a causa de la desobediencia de su padre Adán (Génesis, 3:17). Por eso Hebreos dice que – por la fe – la ofrenda de Abel fue mejor que la de Caín (Hebreos, 11:4). 

Como podemos ver, la fe y la sangre siempre estuvieron presentes a lo largo de toda la historia de la redención. La fe, incluso, es anterior a la ley de Moisés (dada en Éxodo) ya que los pasajes de Hebreos que vimos mencionan la fe desde Abel hasta José (Hebreos, 11:4-22), personajes de Génesis. 

Entonces ¿cuál es la novedad? 

No perdamos de vista lo siguiente: 

En el Antiguo Pacto (la ley), la salvación operaba por la fe en Dios y sus promesas y por la obediencia a la ley de Moisés y, al ser esta incumplible (Gálatas 5:3, Santiago, 2:10), derramando sangre (Hebreos, 9:22) de animales en el templo, una y otra vez (Hebreos, 9:25, 10:1, 4), cada vez que la ley era transgredida. 

En el Nuevo Pacto, la salvación opera por gracia, por medio de la fe (Efesios, 2:8-9) en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4), es decir, en lo que Cristo hizo en la cruz. Ya no es la sangre de animales, derramada una y otra vez (Hebreos, 9:25, 10:1, 4, 11), sino la sangre de Cristo, derramada una sola vez (Hebreos, 10:12, 14), la que quita definitivamente el pecado (Hebreos, 9:26).

La gracia (que siempre mencionamos y casi nunca definimos) es el favor inmerecido de Dios por medio del cual los hombres pueden ser salvos y obedecer a Dios. La gracia es la actividad unilateral de Dios por medio de la cual Él está todo el tiempo atrayendo las almas hacia Sí mismo. 

Si la fe y la sangre estuvieron presentes desde el principio en la ecuación de la salvación ¿qué fue lo cambio, en cuanto al modo de lograr la salvación, entre el Antiguo y el Nuevo Pacto?. 

[1] la causa de la salvación; 

Pablo dice que, ahora, la salvación es por gracia, por medio de la fe y no por obras (Efesios, 2:8-9). El escribir esto, Pablo está introduciendo el principal cambio en la ecuación de la salvación en cuanto a la causa de la misma: la gracia (el favor inmerecido de Dios) reemplazó a la obras de (la obediencia a) la ley. Antes, la salvación era por obediencia a la ley + fe. Ahora, la salvación es por gracia + fe. Mientras la fe se mantuvo constante, resulta obvio que la obediencia a (las obras de) la ley fue reemplazada por la gracia. ¿Significa esto que la obediencia a la ley ya no es necesaria?. No, en absoluto. 

Resisto aquí la tentación de escribir sobre la herejía del “antinomianismo”, según la cual, como la gracia de Dios todo lo cubre y Cristo ya pago por todos nuestros pecados en la cruz, los cristianos podemos vivir como queramos, sin preocuparnos por las leyes de Dios. Desde ya rechazamos de plano el argumento falaz de esta herejía. Como no es el objeto del presente artículo hablar sobre esto, puedes ver un estudio en mi blog titulado “Las tres herejías más peligrosas” (pincha Aqui). 

Antes, la obediencia era un esfuerzo humano y era la causa de la salvación. Ahora, la causa de la salvación es la gracia y la obediencia es un fruto de la misma. Hoy no somos salvos por obedecer sino que podemos obedecer porque somos salvos (por gracia). 

Esto lo podemos ver claramente en: 

Filipenses, 2:13 porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. 

Es Dios (y no nosotros) el que hace y termina la obra: 

Filipenses, 1:6 estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo; 

Una muestra de que somos salvos es la capacidad, dada por Dios, que tenemos los cristianos para obedecerlo (aunque nuestra obediencia todavía no sea completa). La obediencia ya no es la causa de la salvación sino, más bien, un fruto de la misma. 

[2] el direccionamiento de la fe; 

Antes, la fe debía estar puesta en Dios y en sus promesas. Israel pago con 40 años de peregrinación en el desierto (donde pereció toda una generación), antes de entrar en la tierra prometida, a causa de sus constantes murmuraciones, producto de su falta de fe en Dios porque, como ya sabemos, sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos, 11:6). 

Hoy, en cambio, la fe tiene que estar puesta en el Evangelio. Y lo que el Evangelio es (aquello en lo que consiste) lo podemos ver en: 

1 Corintios, 15:3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 15:4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 

Si creemos en esto, accedemos a la gracia, la verdadera causa de la salvación (Efesios, 2:8-9). La fe es el “boleto de entrada” a la gracia. Esto lo podemos ver en: 

Romanos, 5:1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 5:2 por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. 

[3] la sangre; 

La sangre de animales derramada (una y otra vez) en los sacrificios del Templo del Antiguo Pacto fue reemplazada por la sangre de Cristo derramada (una sola vez) en la cruz del Calvario, siendo la sangre de Cristo mejor que la de los animales (Hebreos, 9:23), porque, mientras la sangre de los animales no puede quitar los pecados (Hebreos, 10:4), la sangre de Cristo si puede hacerlo (Hebreos, 9:26, 10:14). Cambia, con esto, el alcance de la palabra “expiar”: mientras en el Antiguo Pacto expiar significaba “cubrir temporalmente el pecado” en el Nuevo Pacto significa “quitar definitivamente el pecado”. 

[4] el Espíritu Santo morando y sellado en nosotros; 

Como sabemos, somos templo del Espíritu Santo, el cual no solo mora (1 Corintios, 3:16, 6:19) sino que, además, ha sido sellado en nosotros (Efesios, 1:13-14, 2 Corintios, 1:21-22). Esto solo ocurrió cuando Cristo murió en la cruz, fue sepultado, resucito y ascendió a los cielos: 

Juan, 16:7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré. 

Antes de Cristo, el Espíritu Santo jamás moró (ni mucho menos fue sellado) en ninguno de los santos hombres de Dios del AT. El misterio de “Cristo morando en nosotros” (Colosenses, 1:26-27) fue revelado al apóstol Pablo. Como el mismísimo Cristo vivió bajo la dispensación de la ley y “la ley y los profetas (todo el AT) fueron hasta Juan” (Lucas, 16:16), no es difícil deducir que ni siquiera en Juan “el bautista” moró el Espíritu Santo. 

En el AT el Espíritu Santo venia sobre algunas personas, como en los casos de Saúl (1 Samuel, 10:6) y Sansón (Jueces, 14:6, 19), pero no moraba en ellos como ocurre con cualquier creyente de la iglesia del NT. El caso de Sansón presenta una particularidad. Dice la Escritura (Jueces, 16:20) que un día el Espíritu Santo se apartó de Sansón sin que este se hubiera dado cuenta. Este versículo suele ser utilizado por aquellos que sostienen que el Espíritu Santo puede abandonar a una persona (y esta perder su salvación) a causa del pecado y la desobediencia. Lo que se les olvida a quienes adhieren a esto es que, a diferencia de lo que ocurre con cualquier creyente de la iglesia del NT, el Espíritu Santo (como hemos dicho) jamás moró en ningunos de los personajes del AT (Sansón incluido). Por lo tanto, el Espíritu Santo no abandono a Sansón sino que solo dejó de venir sobre él (que es lo que realmente sucedió). Una cosa es que alguien te visite y deje de hacerlo y otra (muy distinta) es que, quien convive contigo, te abandone. 

Pero hay algo más 

Hemos hablado de: 

[1] la causa de la salvación;

[2] la fe;

[3] la sangre; y

[4] el Espíritu Santo morando en nosotros; 

Pero no hemos dicho nada acerca del “sistema de expiación” del Nuevo Pacto. ¿Tiene uno?. Por supuesto. 

Entiéndase por “sistema de expiación” el procedimiento (bíblico) mediante el cual uno o más pecados son cubiertos y, por lo tanto, considerados perdonados por Dios. 

El “sistema de expiación” del Antiguo Pacto es claro: 

La salvación era por la fe en Dios y en sus promesas y por la obediencia a la ley de Moisés y, al ser esta incumplible (Gálatas, 5:3, Santiago, 2:10), por el sacrificio de animales, derramando su sangre una y otra vez (Hebreos, 9:25, 10:4). Así se expiaban (cubrían) temporalmente los pecados en el Antiguo Pacto. 

Pero ¿cuál es el “sistema de expiación” en el Nuevo Pacto?. 

Cuando oímos el Evangelio con fe, recibimos el Espíritu Santo (Gálatas, 3:2), el cual viene a morar (1 Corintios, 3:16, 6:19) y es sellado en nosotros (Efesios, 1:13-14, 2 Corintios, 1:21-22). 

A partir de aquí, suceden dos cosas:

 

[1] los pecados cometidos hasta aquí son perdonados y olvidados por Dios (Miqueas, 7:17, Hebreos, 10:17); y

 

[2] seguimos pecando (aunque menos que cuando estábamos en estado de incredulidad); 

Si quieres saber por qué seguimos pecando luego de nuestra conversión puedes ver un estudio en mi blog denominado “La batalla contra el pecado” (pincha Aqui). 

El apóstol Juan, escribe: 

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  

Juan dice “si decimos” o sea se incluye a si mismo, con lo cual resulta claro que está hablando de la iglesia, es decir, de gente que ya es salva. Habla, además, en tiempo presente, lo cual denota una “acción continua”. Traduzcamos: un cristiano, que se autoproclama cristiano, que no reconoce que en su vida de cristiano sigue habiendo pecado, entonces no es cristiano. 

Pero Juan sube la apuesta y escribe: 

1 Juan, 1:10 Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. 

Si la sangre de Cristo fue derramada una sola vez, de modo que Él no tuviera que descender a ser crucificado nuevamente cada vez que pecamos una vez salvos (Hebreos, 9:25-26, 10:12) ¿cómo es que esa sangre, cuyo poder redentor es eterno (Hebreos, 10:14), nos puede volver a limpiar de pecado luego de ser salvos?. 

A través de un nuevo método de expiación, que Juan explica así: 

1 Juan, 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

 

Habiendo sido derramada la sangre de Cristo una sola vez, la confesión de pecados es el sistema de expiación provisto por Dios en el NT y es el equivalente a “sacrificar un animal, derramando su sangre” cada vez que se cometía un pecado en el AT.


La confesión (1 Juan, 1:9) activa el poder redentor eterno que hay en la sangre de Cristo (Hebreos, 10:14), la cual nos vuelve a limpiar de toda maldad, cada vez que pecamos después de haber sido salvos. La confesión (1 Juan, 1:9) es la forma de expiar (quitar de en medio) el pecado en el Nuevo Pacto. 

Aunque lo hemos dicho muchas veces en este blog, lo reiteramos. La palabra “confesión” viene de la palabra griega “homologeo” que, a su vez, proviene de dos raíces griegas: “homo”, que significa “lo mismo” y “logeo”, que significa “hablar”, de modo que la palabra “confesión” (“homologeo”) significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que quien?. Hablar lo mismo que Dios. 

Solo cuando somos capaces de decir de nosotros lo mismo que Dios diría, estamos confesando, lo cual implica la difícil tarea de vernos como Dios nos ve (para bien y para mal). Confesar no es decir “Dios, perdóname porque he pecado”. Confesar es decir, por ejemplo, “Señor, perdóname porque he murmurado contra tal persona, porque no he diezmado lo que correspondía o porque mire pornografía en internet”. Debemos ser específicos, evitando toda otra oración vaga y general. 

La confesión de 1 Juan, 1:9 es una herramienta diseñada por Dios quien, en su eterna sabiduría, vio que, aun después de confesar su nombre, volveríamos a pecar. Sin embargo, no debemos utilizar la herramienta de la confesión como una “licencia para pecar”: pecamos, confesamos, nos limpiamos y volvemos a pecar, recomenzando el círculo.

Este tipo de confesión defectuosa no tiene ningún valor delante de Dios, porque, como se ve, no hay arrepentimiento. Y ya lo advierte su Palabra en: 

Proverbios, 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. 

Solo el que confiesa y se arrepiente (se aparta) alcanzara misericordia. Si lo único que hacemos es pecar y confesar sin  arrepentimiento para limpiarnos y volver a pecar de nuevo, lo único que alcanzaremos es el juicio de Dios. 

Resumen:



Palabras finales 

En Nuevo Pacto es una profundizacion del Antiguo Pacto, con mayores exigencias (es cierto). Pero, junto con las mayores exigencias, vino tambien la gracia, que lo cambia todo. 

Es Dios el unico artifice de nuestra salvacion: 

[+] La fe inicial para creer en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) y poder acceder a la gracia (Romanos, 5:2), que es la causa de la salvacion, es un regalo (un don) de Dios (Efesios, 2:8-9);

[+] Dios fue el que abrio nuestro corazon para que el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) impacte en nosotros y podamos ser salvos (Hechos, 16:14);

[+] El arrepentimiento que experimentamos al creer es una consecuencia directa de una obra del Espiritu Santo en nosotros que es la “conviccion de pecado” (Juan, 16:8);

[+] Nuestras obras, a traves de las cuales se manifiesta nuestra fe, no son nuestras sino de Dios (Efesios, 2:10) y esto no es un invento de Pablo sino que no hizo otra cosa que citar a Isaias (Isaias, 26:12).

[+] Es Dios el que produce en nosotros nuestro deseo de obedecerlo y el que podamos lograrlo (Filipenses, 2:13);

[+] Es Dios el que inicia la obra en nosotros y el que la completará (Filipenses, 1:6); 

Muchos no aceptan que, en cuanto a nuestra salvacion, Dios haya hecho todo el trabajo. Ellos piensan (sienten) que debe haber algo mas que debemos hacer y es por eso que, a los requisitos de la gracia y de la fe de Pablo, agregan obras humanas: congregarse, diezmar, bautizarse, tomar la Santa Cena, evangelizar, etc.

Pero añadir (o quitar) a las Escrituras en general (Deuteronomio, 4:2, Apocalipsis, 22:19) y al Evangelio de Pablo en particular (Galatas, 1:8-9), constituye una herejia que lo unico que acarrea es la maldicion de Dios. La herejia de añadir al Evangelio obras para “completar” la salvacion no es nueva sino tan vieja como el cristianismo y se manifesto claramente en el Concilio de Jerusalen (Hechos, 15) celebrado precisamente para discutir que se necesitaba para ser salvos.

En Hechos podemos leer:

Hechos, 15:5 Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés.

Algunos que “habian creido” (que habian tenido fe), dice la Escritura, estaban agregando a esa fe obras humanas: circuncidarse y guardar la ley mosaica.

Gracias a Dios, los discursos de Pedro (Hechos, 15:7-11), de Bernabe y Pablo (Hechos, 15:12) y Santiago (Hechos, 15:13-14, 19-20, 24, 28-29), pusieron las cosas en su lugar, acallando las voces hereticas que se escucharon en el Concilio (Hechos, 15:5).

Robert Charles Sproul (reconocido teólogo norteamericano) lo resume así:

¿Qué pasa si negamos la doctrina de la justificación solo por la fe?. Estamos negando que somos salvos por Cristo y solo por Cristo y esa negación podría ser suficiente para condenarnos. Solo Jesucristo merece la salvación frente a un Dios justo y santo, porque es el único que no tiene pecado. Toda la doctrina de la justificación por la fe, toda la doctrina de la justificación por la gracia se basa en el principio de que la ley de Dios se ha cumplido por Cristo (Mateo, 5:17). Cuando ponemos nuestra confianza en El, El me imputa o pone a mi cuenta su justicia y, sobre la base de esa justicia imputada, Dios nos declara justos ahora mismo. Entonces, si morimos ahora mismo, iremos al cielo ahora mismo, porque tenemos toda la justicia necesaria para llegar allí, es decir, la justicia de Jesucristo.

DIOS TE BENDIGA! 

Marcelo D. D’Amico

Maestro de la Palabra

Ministerio REY DE GLORIA