jueves, 14 de marzo de 2019

LA BATALLA CONTRA EL PECADO


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La Biblia misma dice que continuamos pecando, luego de ser salvos:

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

El apóstol Juan dice “si decimos”, es decir, se incluye, con lo cual está hablando de la iglesia (de gente salva). Según la Biblia, entonces, si alguien, luego de ser salvo, afirma que ya no peca, es un mentiroso (si la verdad no está en él, lo que está en él es la mentira).

No obstante, luego de reconocer esto, el apóstol Juan habla también de la solución:

1 Juan, 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 

La palabra clave aquí es “confesión”, la cual proviene, a su vez, de la palabra griega “homologeo”, compuesta por dos raíces: “homo” (que significa “lo mismo”) y “logeo” (que significa “hablar”). O sea que la palabra “confesión” significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que quien?. Hablar lo mismo que Dios. Solo cuando somos capaces de “hablar lo mismo” que Dios hablaría sobre nosotros, estamos confesando, lo cual implica la difícil tarea de vernos como Dios nos ve (para bien y para mal).

La confesión solo tiene lugar cuando oramos de la siguiente forma: Señor, perdona porque la semana pasada he murmurado contra tal persona, porque este mes no he diezmado lo que corresponde o porque ayer por la noche mire pornografía en internet (evitando toda otra oración vaga y general).

La confesión es la solución a cuando volvemos a pecar, luego de ser salvos. Es la manera de restaurar la comunión con Dios.

La sangre de Cristo fue derramada una sola vez y su poder redentor es eterno:

Hebreos, 9:24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 9:25 y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 9:26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.

Hebreos, 10:14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. 

Confesando cada vez que cometemos un pecado, su sangre nos vuelve a limpiar.

Antes de seguir, debemos aclarar lo siguiente:

No estamos diciendo que la Biblia avala o justifica el pecado, ni estamos incentivando a usar 1 Juan, 1:8-9 como una “licencia para pecar” una y otra vez: pecamos, confesamos y nos limpiamos, para volver a pecar nuevamente y, así, recomenzar el círculo. Lo único que cabe esperar de quienes piensan de esta manera (y lo llevan a la práctica) es que no son salvos.

La misma Biblia se anticipa a esta situación cuando dice:

Proverbios, 28:13 El que encubre sus pecados no prosperará; Más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

No alcanza con confesar. Tiene que haber un arrepentimiento genuino, el cual se traduce en una lucha contra el pecado para, por lo menos, reducirlo a la mínima expresión posible (en unas líneas más veremos por qué no es posible reducir el pecado a cero).

Para los que si somos salvos, en cambio, el que un pasaje como 1 Juan, 1:8-9 forme parte de la Biblia resulta un verdadero alivio y nos habla de cuan sabio es Dios. Lo que estamos intentando decir es que la confesión es una herramienta diseñada por Dios para que, después que hemos sido salvos, podamos restaurar la comunión con El, perdida a causa del pecado, cada vez que nos equivocamos.

Cuando, siendo salvos, cometemos un pecado, llegamos a sentirnos verdaderamente mal: es el Espíritu Santo, obrando en nosotros (a través de la convicción de pecado) mostrándonos que nos hemos equivocado.

La diferencia entre un cristiano y un incrédulo no es el pecado, en el sentido de que, mientras un inconverso peca, el cristiano ha dejado de hacerlo, por lo menos desde su conversión.

Por eso Pablo escribe en:

Romanos, 3:22 Porque no hay diferencia, 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.

Y esta es la idea que el mundo tiene sobre la iglesia (tal vez alimentada, por la misma iglesia): que un cristiano no peca. Por eso, cuando los mundanos ven a un cristiano caído en pecado, se mofan y lo tildan de hipócrita. Tal vez esta sea una de las consecuencias de haber predicado durante tanto tiempo un evangelio de condenación, en vez de predicar un evangelio de gracia (quien sabe).

La diferencia entre un cristiano y un incrédulo radica en lo siguiente:

[+] mientras un incrédulo peca y “continúa su vida como si nada” porque, al no tener al Espíritu Santo morando consigo, no tiene convicción de pecado;

[+] un cristiano peca pero, en lugar de “continuar su vida como si nada”, al tener al Espíritu Santo morando consigo y tener, por ende, convicción de pecado, confiesa y restaura, de esta manera, la comunión perdida con Dios, a causa del pecado.

Cuando pecamos, siendo salvos, nos sentimos los más miserables del mundo y es cuando tenemos la tendencia a pensar que el Señor nos ha desechado para siempre y ya no podrá seguir usándonos (el primer interesado en instalar esta idea en nosotros es el mismísimo satanás).

Pero el Señor no quiere que nos quedemos en ese estado de tristeza y desolación. Por eso el Señor, sabiendo de antemano que, aun después de haberlo aceptado como Señor y Salvador, continuaríamos equivocándonos, previó la solución en 1 Juan, 1:8-9.

El Señor no dejo ningún cabo suelto. Su obra en la cruz fue perfecta y completa. El Señor no murió en la cruz, de la peor muerte jamás ideada por el hombre, para volvernos a condenar luego ante el primer tropiezo.

Pero ¿por qué seguimos pecando, aun después de ser salvos?.

Un síntoma de que somos verdaderamente salvos es que, luego de nuestra conversión, pecamos mucho menos que cuando estábamos en el mundo. La conversión cristiana no es una foto, sino una película, es decir, no es un shock sino un proceso. Poco a poco, vamos abandonando nuestro viejo estilo de vida y comenzamos a vivir una vida diferente.

La confusión radica en que muchos malinterpretan el siguiente pasaje:

2 Corintios, 5:17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

La clave está en entender qué es la “nueva criatura”.

La Biblia dice que somos seres tripartitos:

1 Tesalonicenses, 5:23 Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. 

Cuando aceptamos a Cristo, en el mundo espiritual sucede lo siguiente:

Colosenses, 2:11 En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo;

Mientras no aceptamos a Cristo, nuestro espíritu está muerto, aunque nuestra alma (la mente) y nuestro cuerpo (la carne) están obviamente “vivos”. Mientras no somos salvos, hay una “alianza” entre el alma (la mente) y el cuerpo (la carne), que es contra el espíritu (que está muerto).

Cuando aceptamos a Cristo, el Espíritu Santo viene a morar en nuestro espíritu, resucitándolo. Surge, entonces, una nueva alianza entre nuestro espíritu (donde ahora mora el Espíritu Santo) y nuestra alma (la mente), mientras el cuerpo (la carne) es echado fuera en lo que Pablo denomina la “circuncisión de Cristo” (Colosenses, 2:11). Esta nueva “alianza” entre el espíritu (resucitado) y el alma (la mente), ahora es contra el cuerpo (la carne).





Y ahora en inglés:



No obstante, en esta “circuncisión de Cristo”, el cuerpo es “echado fuera” pero no es restaurado. La “nueva criatura” de la que habla 2 Corintios, 5:17, está formada por el espíritu (resucitado) y el alma (la mente), pero no incluye al cuerpo (la carne), el cual recién será glorificado en el rapto o arrebatamiento de la iglesia (1 Corintios, 15:51-56). Esto quiere decir que nuestra redención, aun siendo salvos, todavía no está completa, la cual solo se completará en el rapto.

Mientras tanto, la “guerra contra la carne” continua y es por eso que seguimos pecando (aunque menos) después de ser salvos. Y el campo de batalla es la mente:


Y ahora en inglés:


Otra confirmación, además de 1 Corintios, 15:51-56, de que “la nueva criatura” de 2 Corintios, 5:17 no incluye nuestro cuerpo, es lo que dice el apóstol Juan en 1 Juan.

Por un lado, el apóstol Juan dice que, luego de ser salvos, continuamos pecando:

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

Por el otro, el apóstol Juan afirma que, si somos nacidos de Dios, no pecamos:

1 Juan, 3:9 Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

¿En qué quedamos?. ¿Pecamos o no pecamos luego de que hemos sido salvos?.

No se pierdan este detalle: mientras en 1 Juan, 1:8 el apóstol Juan se refiere al cuerpo, que “sigue pecando”, en 1 Juan, 3:9 se refiere al espíritu y el alma (la nueva criatura), que es lo que es “nacido de Dios y no puede pecar”.

Una señal de alarma de que la salvación no ha acontecido en nuestra vida es, por un lado, haber confesado a Cristo y, por el otro, seguir viviendo indefinidamente como vivíamos en el mundo. Debemos dudar de haber alcanzado la salvación si, habiendo confesado a Cristo, la forma en que vivimos no se diferencia en nada de la forma en que vive un mundano.

Por eso Pablo escribe:

2 Corintios, 13:5 Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?.

La Biblia dice que Dios ha de confirmarnos que somos salvos:

Romanos, 8:16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 

Tarde o temprano y por diferentes medios (pastores, profetas, ministros), Dios ha de confirmarnos que somos verdaderamente salvos. Una cosa es “creer” que somos salvos y otra, muy distinta, es “saber” que somos salvos.


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!


Marcelo Daniel D’Amico
Maestro de la Palabra – Ministerio Rey de Gloria