jueves, 30 de mayo de 2019

JUSTICIA, MISERICORDIA Y GRACIA


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Introducción

Hay tres palabras bastante usadas en la jerga cristiana a saber: justicia, misericordia y gracia.

Mientras que la justicia es un concepto totalmente emparentado con la raza humana, la gracia es un concepto totalmente emparentado con Dios. En el medio de estos extremos, aparece la misericordia, la cual puede verse como una “justicia atenuada” o como una “gracia restringida o limitada”.

Por lo general, a los hombres nos resulta difícil sino imposible comprender lo que es la gracia de Dios. Podemos entender un poco mejor el concepto de misericordia y, la mayoría de la veces, no solo entendemos mejor sino que preferimos la justicia.


La justicia se encuentra más cerca de nuestro humano entendimiento y, por lo general, es lo primero que reclamamos ante una transgresión. Un poco más allá esta la misericordia, a la cual podemos acceder no sin cierto esfuerzo. Pero más allá (mucho más allá) de nuestro humano entendimiento esta la gracia de Dios, la cual solo podemos comprender por revelación.

Justicia

Aquí hay no menos de dos sujetos y un código que contiene no solo una norma, cuya aplicación es obligatoria, sino también la pena por transgredir esa norma. Un sujeto transgrede una norma y, a raíz de ello, daña a otro y/o a sus bienes. La pena puede consistir en sufrir consecuencias personales (ir a la cárcel) y/o económicas (indemnizar, para volver las cosas a su estado anterior).

El principio que rige en la justicia es “cuanto mayor es la transgresión, mayor es la pena aplicada y peores son las consecuencias (personales y/o económicas) sufridas”, es decir, la pena tiene que ser acorde a la transgresión.

Dante Gebel, en una de sus predicas, pone el siguiente ejemplo:

Vivimos en un vecindario y, al lado de nuestra casa, vive una familia, donde hay un adolescente que siempre le saca el auto al padre, sin su permiso, y sale a andar por ahí. El adolescente no tiene ni siquiera licencia para conducir.

Un buen día, el adolescente, volviendo a su casa y manejando en estado de ebriedad, choca contra la cerca de nuestra casa, la cual queda bastante dañada.

Justicia, en este caso, es que vayamos a la casa del adolescente y le exijamos a sus padres que paguen el daño que ha provocado su hijo. Llegado el caso, ante la negativa de los padres, podemos iniciar una demanda ante un tribunal presidido por un juez, presentando un presupuesto por la reparación de la cerca y algún testigo (muchas veces, cuando no hay un acuerdo privado, así suelen dirimir los hombres sus conflictos). Esto es justicia: pagar por lo que se ha hecho, reparar lo que se ha dañado.

Misericordia

Siguiendo con el ejemplo de nuestro adolescente e irresponsable vecino, quien ha destruido la cerca de nuestra casa, supongamos que, por ser vecinos (el adolescente también concurre a la misma escuela que nuestros hijos), sabemos que su padre acaba de perder el empleo. Decidimos, a raíz de esto, no reclamarles a los padres del adolescente el dinero que demande la reparación de nuestra cerca. No obstante, acordamos con los padres del adolescente lo siguiente: nosotros pagamos los materiales que demande la reparación de la cerca y el adolescente y su padre ponen la mano de obra. Esto es misericordia: menos justicia de la que correspondería.

Gracia

Pero hay un concepto totalmente diferente y muy superador de todo lo anterior. Siguiendo con el mismo ejemplo, hablamos con los padres del adolescente y le pedimos que, esa misma noche, permitan que su hijo cene con nosotros, en nuestra casa. Luego de la cena, durante la sobremesa, convidamos a nuestro vecino adolescente con un postre y hablamos acerca de lo que ha sucedido.

Le decimos que sabemos que no tiene con qué pagar, debido a que su padre ha perdido el empleo, por lo que le comunicamos que nosotros nos haremos cargo de todos los gastos que demande la reparación de la cerca, con una condición: que nos prometa que nunca más robara el auto a su padre y que no lo manejara más hasta que no obtenga su licencia de conducir. Al mismo tiempo le hacemos saber que, después de todo, es bienvenido en nuestra casa y que puede venir a cenar con nosotros todas las veces que lo desee.

En la gracia, el justo paga por el injusto, el inocente responde por el culpable y esto es lo que ha hecho nuestro Dios (Jesucristo) por nosotros. Sabiendo que no teníamos con que pagar por nuestros pecados, Él se ha hecho cargo (en la cruz) del daño que hemos ocasionado y nos ha invitado a cenar con El todas las veces que queramos.

Palabras finales

Si, en lugar de gracia, el Señor nos hubiese aplicado justicia, nos iríamos todos al infierno, sin más. El precio justo a pagar, por haber ofendido a Dios de la manera en que todos nosotros lo hemos ofendido, es una eternidad en el infierno.

La Biblia misma dice que, aquel que pide la justicia de Dios, no sabe lo que pide:

Amos, 5:18 ¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz; 5:19 como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. 5:20 ¿No será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor? 

Cuando nos dañan, cuando nos lastiman, cuando nos ofenden, lo primero que nos sale es exigir la justicia a Dios. Pero, esa misma justicia ¿no es la que debería haber caído también sobre nosotros?.

Por eso Jesús nos manda perdonar:

Mateo, 6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 6:15 más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

El problema que tenemos para comprender cabalmente lo que es la gracia de Dios es que, a nuestros ojos, “la gracia es injusta”.

Pablo escribe:

Efesios, 2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 2:9 no por obras, para que nadie se gloríe. 

Para Pablo, la salvación es un regalo de Dios, respecto del cual no hemos hecho absolutamente nada para merecerlo, aunque muchos de nosotros preferiríamos que la salvación fuera por nuestros merecimientos personales. Pero la salvación no es por obras, “para que nadie se gloríe” (para que nadie se jacte de haberse salvado por sus propios méritos).

Además de Efesios, 2:8-9, podemos citar una buena cantidad de pasajes bíblicos que hablan de la gracia y que sustentan, precisamente, la “doctrina de la gracia”:

Gálatas, 2:21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.

Tito, 3:5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 3:6 el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, 3:7 para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. 

Romanos, 3:24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 3:25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

Pero el evangelio de la gracia (que le fue revelado a Pablo) no se comprende por la mera lectura de los pasajes que lo aluden, sino solo por REVELACION.

La única manera en que podemos comprender el evangelio de la gracia es cuando Dios nos muestra (nos revela), por medio de nuestras debilidades, que nosotros también necesitamos de su gracia, como los demás (en la misma medida). Solemos pensar que la gracia siempre es para los demás y nunca para nosotros. Pero debemos tolerar, como también somos tolerados.

Comprender y aceptar las debilidades y fallas de nuestros hermanos, es comprender y aceptar nuestras propias fallas y debilidades. Todos tenemos debilidades. Todos fallamos en algo. Afortunadamente hay algo que nos cubre a todos y se llama GRACIA.

La GRACIA DE DIOS nos convierte de mendigos a reyes. Cuando solo vemos las debilidades y fallas de nuestros hermanos olvidándonos de nuestras propias fallas y debilidades, nos alejamos solitos de la GRACIA y volvemos al estado de indigencia y miseria espiritual del cual el Señor nos había sacado y es cuando, cual burdas marionetas, más “se nos notan los piolines”.

La gracia de Dios, a nuestros ojos, es injusta como lo muestra esta parábola:

Mateo, 20:1 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. 20:2 Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 20:3 Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; 20:4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. 20:5 Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. 20:6 Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? 20:7 Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. 20:8 Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. 20:9 Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. 20:10 Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. 20:11 Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, 20:12 diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. 20:13 El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? 20:14 Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. 20:15 ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?

Así es la gracia de Dios: injusta para nosotros, pero justa para El.


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

Marcelo D. D’Amico
Maestro de la Palabra – MINISTERIO REY DE GLORIA

domingo, 26 de mayo de 2019

LA EXHORTACIÓN SIN AMOR




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Reprender y exhortar

Pablo escribe:

1 Timoteo, 5:1 No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; 5:2 a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza.

Hay dos palabras clave que Pablo utiliza en este pasaje: “reprender” y “exhortar”.

Antes que nada, analicemos el significado de estas palabras:

Reprender: significa reñir a una persona o expresar de forma autoritaria y severa desaprobación a causa de su actuación o su comportamiento.

Exhortar: significa hablar a alguien con la intención de convencerle de algo, hacer alguna propuesta o animarle. Normalmente quien exhorta es un individuo que tiene una cierta autoridad sobre los demás.

Para Pablo, “reprender” y “exhortar” son “antónimos” (opuestos). Un “antónimo” es una palabra que tiene un significado opuesto o inverso al de otra palabra. Y Pablo utiliza las palabras “reprender” y “exhortar”, precisamente, como “antónimos”.

Primero le dice a Timoteo lo que no debe hacer (que es “reprender”) y luego le dice lo que debe hacer “en lugar de” (“reprender”), que es “exhortar”. La clave está en la palabra “sino”: es una cosa o la otra. Si reprende no estará exhortando y, si exhorta, no estará reprendiendo.

Podemos ya empezar a vislumbrar cuales son las diferencias entre “reprender” y “exhortar”. De las definiciones dadas más arriba surge lo siguiente:

[+] en ambos casos, alguien le indica a otra persona que su comportamiento es inadecuado;

Pero:

[+] mientras que en la “reprensión” la intención es “reñir”, en la “exhortación” la intención es “convencer y animar”;

[+] mientras quien reprende a otro no necesita tener autoridad (legal y/o moral) sobre él, quien “exhorta” si;

Autoridad legal: viene dada por una norma que dice que una persona está subordinada a (está bajo las ordenes de) otra persona.

Autoridad moral: está íntimamente relacionada con condición moral, con el “testimonio”.

Des esto se desprende lo siguiente:

[1] mientras cualquiera puede “reprender” a otro, pocos (muy pocos) son los que pueden “exhortar”; y

[2] se puede “exhortar” sin tener “autoridad legal”, pero jamás sin tener “autoridad moral”;

Puede suceder que, a una determinada iglesia local, acuda (invitado por sus líderes o enviado por Dios), un ministro (apóstol, profeta, evangelista, pastor o maestro) y hable una palabra de exhortación a la congregación (a todos o a alguien en particular), en cuyo caso no se requiere que ese ministro tenga “autoridad legal” sobre la congregación (de hecho no la tiene porque Dios no lo ha puesto como líder de la misma), pero si se requiere que ese ministro tenga “autoridad moral”, es decir, “testimonio” de ser siervo de Dios.

En el único caso donde confluyen los dos tipos de autoridad (legal y moral) es en el caso de un pastor (o un  apóstol, que tiene los cinco ministerios, entre ellos el de pastor). Un evangelista (al igual que un profeta o maestro), por más que pertenezca a la congregación, no tiene “autoridad legal” sobre la misma, porque el mismo está sujeto al ministerio principal que es el del pastor (o apóstol, según el caso).

[+] mientras que en la “reprensión” hay ausencia de amor, la “exhortación” debe estar basada en él;

Para ilustrar a Timoteo acerca de lo que es “exhortar”, Pablo utiliza figuras de lazos familiares muy cercanos: exhortar al anciano “como a un padre”, a los más jóvenes “como a hermanos”, a las ancianas “como a una madre” y a las jovencitas “como a hermanas”.

Edificar y consolar

Aunque por lo general asociamos la profecía con el futuro, profetizar, en esencia, implica hablar Palabra de Dios y la misma puede estar referida al pasado, al presente o al futuro. Profetizar no siempre implica visualizar el futuro, aunque los profetas de la Biblia (AT y NT) vieron el futuro y lo escribieron. Profetizar, ante todo, significa hablar palabra de Dios.

Cuando se predica un mensaje basado en la Escritura y bajo la dirección del Espíritu Santo, se está profetizando, porque no se está hablando la propia palabra humana, sino la palabra de Dios. Profetizar significa, ante todo, proclamar la Palabra de Dios.

Y el que profetiza (el que predica o proclama la Palabra de Dios), lo hace para:

1 Corintios, 14:3 Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación

Quien habla Palabra de Dios a los hombres, entonces, lo hace para:

[a] edificar;

[b] exhortar; y

[c] consolar;

Ya hablamos acerca de la “exhortación”. Hablaremos, ahora, de “edificar” y “consolar”.

Bíblicamente hablando, “edificar” se refiere a enseñar la Palabra de Dios al “cuerpo de Cristo” (la iglesia), de modo que sus miembros sean capacitados para la obra del ministerio:

2 Timoteo, 3:16 Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, 3:17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra

La palabra “consolar” significa aliviar (aunque no quitar) la pena de una persona.

Sabemos que nuestro Dios es un único Dios, cuyo nombre en Jehová y que se manifiesta en tres personas que conforman la Trinidad Divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es claro que, en la Trinidad, cada persona tiene los mismos atributos que las otras (por ser un único Dios), pero tiene, al mismo tiempo, funciones (ministerios) diferentes a las otras personas.

No obstante, las tres personas de la Trinidad comparten una única función o ministerio y esto llama poderosamente la atención:

Pablo llama al Padre “Dios de toda consolación”:

2 Corintios, 1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación

El Hijo fue el primer Consolador:

Lucas, 2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel;

El Espíritu Santo es el segundo Consolador:

Juan, 16:7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.

¿Te preguntaste, alguna vez, por que las tres personas de la Trinidad comparten el ministerio de consolación?.

Porque es imposible que, en este mundo, no haya tropiezos:

Lucas, 17:1 Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen!

Jamás se nos dijo que, en el mundo, no tendríamos aflicción sino todo lo contrario:

Juan, 16:33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Algunos en la iglesia tienen este “ministerio de consolación”. Ellos no van a hacer que tu pena desaparezca. Es más, ellos mismos pueden estar sufriendo una pena tan o incluso más profunda que la tuya. Pero ellos han estado (o aún están) allí mismo, donde tu estas. Por eso pueden comprender tu dolor.

Porque, como dijo alguna vez alguien, en el servicio del amor y de la consolación, solo los soldados heridos pueden servir.

Si nunca has enterrado a nadie cercano (padre, madre, hermanos, hijos, cónyuge) y te toca ir a un funeral, solo dirás “te acompaño en el sentimiento o te doy mi más sentido pésame” y te iras. Pero cuando has atravesado ese mismo valle de sombras y dolor, recién ahí puedes ponerte en los zapatos del otro y comprender exactamente lo que le está sucediendo.

A veces te preguntas ¿por qué Dios permite este dolor en mi vida?. Pero ¿qué sucede si ese dolor (ese proceso) forma parte de tu  ministerio, es decir, forma parte de tu capacitación para servir?. Recuerda que en el servicio del amor y de la consolación, solo los soldados heridos pueden servir. Los “turistas del dolor” no pueden hacerlo, sino solo los soldados heridos. Los que han estado ahí, en el mismo lugar donde tu estas ahora.

Si nunca estuviste desempleado ¿cómo entenderás a alguien que no tiene empleo?. Si nunca fuiste menospreciado ¿cómo entenderás al que sufre menosprecio?. Si nunca fuiste abandonado ¿cómo entenderás al que ha sufrido abandono?.

Dante Gebel, en una de sus predicas, hizo referencia a una antigua fabula china que narra lo siguiente:

Había una mujer viuda, que tenía un niño pequeño. Un día vino una peste y el niño murió. La mujer, presa del dolor y el desconsuelo, visita a un sabio y le pide algo que alivie su dolor. El sabio le dice que puede hacerlo, pero le pide que consiga un arroz especial, en su misma aldea, para preparar una pócima o brebaje que, una vez bebido por la mujer, haría que el dolor desaparezca. Pero había una condición: ese arroz podría conseguirse solo en una casa donde nunca hubiera habido una tristeza.

La mujer, entonces, comenzó a recorrer su aldea, casa por casa, preguntando a sus ocupantes si alguna vez habían sufrido una tristeza y que, de no haber sufrido ninguna, le dieran su arroz. Recorrió casa por casa y se dio cuenta de que no existía una sola casa, en toda la aldea, donde no hubiera habido, alguna vez, una tristeza. Ese arroz, por tanto, no existía. Sin embargo, la mujer se dio cuenta de que, al escuchar las historias tristes de sus vecinos y al contar ella su propia tristeza, ella había recibido y dado consolación porque, entre otras tragedias, había vecinos que también habían perdido a sus hijos.

El recorrer la aldea y escuchar a sus prójimos había cambiado la perspectiva de la mujer, quien se dio cuenta de que el sabio la había engañado: era imposible preparar ese brebaje, porque era imposible dar con ese arroz. El sabio, en realidad, la había enviado a escuchar las historias tristes de sus vecinos (sus prójimos).

Por eso Pedro escribe:

1 Pedro, 5:8 Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; 5:9 al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo

La Biblia se refiere a nuestro Señor Jesucristo así:

Isaías, 53:3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto;

Exhortar sin amor

La sola exhortación, sin edificación (sin enseñanza) y sin consuelo (sin intentar aliviar, por lo menos, la pena del otro) es una exhortación sin amor. Y una exhortación sin amor no es más que una serie de humanas advertencias basadas en la Palabra de Dios, pero que no transforman ni cambian vidas.

La iglesia necesita corrección pero el modelo de exhortación debe ser el de Jesucristo (corregir con amor, para restaurar) y no el de satanás (acusar, para destruir). Cuando Cristo exhortó a las iglesias en Asia (Apocalipsis, 2 y 3), unió sus regaños con el elogio y la promesa. Fue después de animarlos que los exhorto. Después de que Cristo amonesto a la iglesia, sus últimas palabras no fueron de condenación sino de promesas.

Aun en la más seria corrección, la Voz de Jesucristo es siempre la encarnación de la gracia y la verdad:

Juan, 1:14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. 

Si la palabra de corrección no ofrece GRACIA para restauración, entonces no es la Voz de Jesucristo.

Comprender y aceptar las debilidades y fallas de nuestros hermanos, es comprender y aceptar nuestras propias fallas y debilidades. Todos tenemos debilidades. Todos fallamos en algo. Afortunadamente hay algo que nos cubre a todos y se llama GRACIA.

La GRACIA DE DIOS nos convierte de mendigos a reyes. Cuando solo vemos las debilidades y fallas de nuestros hermanos olvidándonos de nuestras propias fallas y debilidades, nos alejamos solitos de la GRACIA y volvemos al estado de indigencia y miseria espiritual del cual el Señor nos había sacado y es cuando, cual burdas marionetas, más “se nos notan los piolines”.

Actualmente algunos, al igual que Saulo antes de su conversión, creen que están prestando servicio a Dios pero, al exhortar sin amor desde los pulpitos de las iglesias, no hacen otra cosa que perseguir a la Iglesia de Jesucristo.

Exhortar sin testimonio

Pero peor que exhortar sin amor (lo que ya es mucho) es exhortar sin testimonio (sin autoridad moral). Exhortar sin autoridad moral es corroborar el dicho popular que reza “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Y las personas, en general, están mucho más atentas a lo que hacemos que a lo que decimos. Ellos quieren ver (con todo derecho) si lo que sale de nuestra boca encuentra algún correlato material en nuestra vida real.

Para graficar esto, voy a permitirme narrar una historia real que, en una de sus predicas, relató Dante Gebel:

Hubo un hombre que, siendo médico, un día conoció a Dios. A partir de aquí, comenzó a congregarse y a leer la Biblia con especial entusiasmo. Tenía un ministerio claramente evangelístico. Este hombre, con el tiempo, se destacó y fue conocido en la Asamblea que nucleaba a su congregación.

Cuando surgió la posibilidad de enviar a un misionero para evangelizar a una tribu en la isla de Papúa Nueva Guinea, ubicada al norte de Australia, formando parte del continente de Oceanía, inmediatamente la Asamblea pensó en este médico. Cuando la Asamblea se lo propuso, el médico acepto de inmediato. Hacía tiempo ya que había dejado de ejercer la medicina en forma intensiva y esta era la oportunidad que estaba esperando para dedicarse de lleno a su llamado.

Es así que este médico viaja en avión hacia el continente y, desde allí, toma un avión menor (una especie de aeroplano) que lo deposita en la isla. Allí lo reciben el jefe del destacamento policial de la isla, junto con el líder espiritual de la tribu.

Cuando le preguntan a qué se debe su visita, el medico responde que había sido enviado por la Asamblea que nuclea a su congregación para evangelizar la isla.

El líder espiritual de la tribu le contesta que no había problema si quería quedarse en la isla, pero le aclara que no le sería permitido evangelizar porque en la isla ya había una religión establecida, con sus dioses y rituales. Es más, el anciano le aclara que profesar una religión distinta a la de la isla estaba penado con la muerte por decapitación. Por su parte, el jefe del destacamento policial de la isla le dijo al médico que él no podía garantizarle la seguridad si transgredía esta norma.

El jefe de policía y el anciano le preguntaron al médico si tenía algo más que agregar, a lo que el medico responde que sí, declarando ser precisamente médico. El medico pensó: siempre hace falta un médico en un lugar así, por lo que, si declaro mi profesión, tal vez me gane la confianza del anciano y de la tribu y, con el tiempo, me permitan predicar. Al jefe de policía y al anciano les pareció estupendo e incluso le prometieron montarle una clínica, para atender a los lugareños de la tribu.

El medico se comunicó con la Asamblea para ponerlos al tanto de la situación. Desde la Asamblea le recomendaron que haga lo que el mismo había pensado: que se quedara, que ejerciera su profesión de médico y que, tarde o temprano, una vez ganada la confianza de los lugareños, seguramente se le abrirían las puertas para predicar el evangelio.

Como le fue prometido, al médico le montaron una clínica e incluso recibió inicialmente instrumental y periódicamente medicinas desde el continente. Así comenzó el medico a ocuparse de la salud de los lugareños de la tribu de la isla: hacia nacer a los niños, atendía a los ancianos, curaba a los enfermos. Al llegar la noche, cada día, cenaba y se quedaba leyendo la Biblia hasta altas horas, pensando que, con el tiempo, le permitirían predicar el evangelio. Pero la prohibición jamás se levantó.

Así pasaron los años, mientras el medico atendía con denuedo la salud de los lugareños. Desde su llegada, había descendido drásticamente la muerte infantil y había mejorado la salud de toda la tribu, aumentando considerablemente el promedio de vida del lugar. La tribu lo amaba y era profundamente respetado por el anciano de la tribu y por el jefe de policía. Pero el medico sufría y cada noche le preguntaba a Dios por qué lo había enviado a un lugar donde no podía predicar el evangelio. Para el médico, su vida no tenía sentido alguno. Por si esto fuera poco, la Asamblea que lo había enviado se había olvidado de él y su gestión en la isla fue vista como un fracaso.

Un buen día, el medico murió de muerte natural y fue enterrado con honores y con gran llanto por los lugareños de la tribu. Enterados de su muerte, la Asamblea decidió enviar otro misionero.

Al igual que el médico en su momento, el nuevo misionero viaja en avión hacia el continente y, desde allí, toma un avión menor (una especie de aeroplano) que lo deposita en la isla. Allí lo reciben el (mismo, pero más viejo) jefe del destacamento policial de la isla, junto con el (mismo, pero más viejo) líder espiritual de la tribu.

Cuando le preguntan a qué se debe su visita, el nuevo misionero responde que había sido enviado por la Asamblea que nuclea a su congregación para evangelizar la isla, cosa que no había podido hacer el médico.

El líder espiritual de la tribu le contesta que no había problema si quería quedarse en la isla y que tampoco habría problemas si quería evangelizar. Es más, tanto el anciano como el jefe de policía le prometieron al nuevo misionero edificarle una iglesia. El nuevo misionero, sorprendido, le preguntó al anciano por qué a él se le permitiría predicar el evangelio siendo que al médico no se le había permitido, a lo que el anciano respondió: el medico al que usted hace referencia, vino hace muchos años a esta isla y decidió vivir entre nosotros. El hizo nacer a nuestros niños, atendió a nuestros ancianos y curo a nuestros enfermos con denuedo. Si ese hombre hizo lo que hizo por nosotros, entonces su Dios tiene que ser más grande y mejor que él. Y esta es la razón por la cual a usted le será permitido predicar el evangelio: por que ahora somos nosotros los que queremos conocer al Dios de aquel hombre.

Cuando fue construida la iglesia, el nuevo misionero organizo una campaña evangelística en la cual se entregó a Cristo casi toda la tribu.

Cuando llegaron estas noticias a la Asamblea, rápidamente la gestión del nuevo misionero fue vista como un éxito, al tiempo que se confirmó el fracaso del médico. Pero fue el médico, con su testimonio de vida, el que abrió las puertas al evangelio en la isla.

¿Cuántos de nosotros seremos realmente capaces de predicar a Dios sin abrir la boca?.


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

Marcelo D. D’Amico

Maestro de la Palabra – Ministerio REY DE GLORIA

jueves, 23 de mayo de 2019

LEYES Y PRINCIPIOS ESPIRITUALES


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Orar u obedecer

Hay momentos en los que hay que orar y hay momentos en los que hay que obedecer y tomar lo que Dios tiene para nosotros. El saber guardar este perfecto equilibrio es lo que nos hace personas espirituales.

En el ejército, una de las primeras cosas que se aprenden es “obedece las ordenes”. Ahí  nadie va a tratar de imponer su forma: te dicen que entrenamiento debes hacer, la hora a la que te tienes que levantar, cuando comes, a qué hora te acuestas. Y a cualquiera que no obedece, inmediatamente se lo castiga con prisión. No se debate, no se consulta con el soldado.

El código militar de cualquier país con fuerzas armadas, entre otras cosas, suele decir lo siguiente: “un soldado del ejército forma parte de una operación mucho más grande que sus propias decisiones y el ejército es el único que decide”.

Y nosotros, ya no somos civiles sino que estamos en un ejército espiritual:

2 Timoteo, 2:3 Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. 

Hay cosas para las cuales tenemos que obedecer (sin pasar por la oración) y hay cosas para las cuales tenemos que orar.

Dios le dijo a Abraham (y Abraham obedeció):

Génesis, 12:1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.

Por qué orar entonces

En el AT, había dos motivos para orar:

[1] porque se quería algo; o

[2] porque algo ya no se quería más;

Ana oró para tener un hijo:

1 Samuel, 1:10 ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. 1:11 E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.

Faraón le pidió a Moisés que orara para que Dios quite las ranas de Egipto:

Éxodo, 8:8 Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Orad a Jehová para que quite las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová. 

Ana oraba “quiero tener un hijo”. Faraón le dijo a Moisés “quítame las ranas”. Hoy en día, la oración corre por estos mismos carriles. Señor, dame un auto, una esposa, hijos. Señor, quítame esta enfermedad, esta crisis, esta angustia, llévate las ranas.

Distintos tipos de leyes

[1] leyes gubernamentales;

[2] leyes naturales; y

[3] leyes espirituales;

[1] Leyes gubernamentales

Cuando quebrantamos las leyes gubernamentales, las de los gobiernos, la de los Estados, las leyes de los hombres, según el delito, pagamos una multa, vas a la cárcel y, si está estipulado, pagamos una fianza para salir libres hasta la sentencia definitiva.

[2] Leyes naturales

Las leyes naturales se cumplen para todos:

Mateo, 5:44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 5:45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

[+] Ley de la procreación:

Ya sea en el reino animal o en el de los hombres, cualquier macho que pueda procrear y se junte con una hembra, tendrán una cría. El delincuente lo puede hacer y el hombre de bien lo puede hacer. Es una ley natural. El sol sale para todos (buenos y malos). La lluvia cae sobre todos (justos e injustos).

 [+] Ley de la gravedad:

Si arrojas un objeto al aire este finalmente caerá, atraído por el centro gravitacional de la Tierra.

Son leyes que los hombres no pueden modificar o anular.

[3] Leyes espirituales

En el ámbito espiritual también hay leyes irrefutables, que no van a cambiar ni para creyentes, ni para inconversos. La Biblia es un libro de leyes (las leyes de Dios).

Las principales leyes espirituales están en el decálogo:

[1] no tendrás dioses ajenos delante de mi (Éxodo, 20:3);
[2] no te harás imagen de ninguna cosa ni la adoraras (Éxodo, 20:4-5);
[3] no tomaras el nombre de Jehová tu Dios en vano (Éxodo, 20:7);
[4] no trabajaras en el día de reposo (Éxodo, 20:8-11);
[5] honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra (Éxodo, 20:12):
[6] no mataras (Éxodo, 20:13);
[7] no cometerás adulterio (Éxodo, 20:14);
[8] no hurtaras (Éxodo, 20:15);
[9] no hablarás contra tu prójimo falso testimonio (Éxodo, 20:16);
[10] no codiciaras nada de tu prójimo (Éxodo, 20:17);

Cuando quebrantamos una ley de Dios, hay una única sentencia: la muerte.
Romanos, 6:23 Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Cuando quebrantamos algún mandamiento de Dios siempre hay algo que se muere.

[+] adulteras y muere tu matrimonio;
[+] mientes y muere tu credibilidad;
[+] pecas y muere tu relación con Dios.

Algunas leyes o principios espirituales

La oración no puede estar por encima de un principio espiritual establecido por Dios.

[+] Las leyes de armonía familiar

Tú puedes orar por tu matrimonio, pero eso no te exime de amar, respetar, honrar, proteger y guardar fidelidad a tu cónyuge:

Efesios, 5:22 Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; 5:23 porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. 5:24 Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. 5:25 Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 5:26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, 5:27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. 5:28 Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. 

Tú puedes orar por tus hijos, pero eso no te exime de ser un buen padre:

Efesios, 6:4 Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. 

[+] La ley de honra a los padres

Efesios, 6:1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. 6:2 Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; 6:3 para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

La Biblia no dice “no mataras y te ira bien”. Es no mataras y punto, sino serás un asesino. No hay promesa en ningún mandamiento, sino solo en uno: honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien y seas de larga vida.

La Biblia no dice honra a tu padre y a tu madre “solo si se lo merecen”. Este mandamiento no tiene que ver con ellos sino que tiene que ver contigo, para que te vaya bien. ¿Qué es honrar?. Es respetarlos y saber que hicieron los mejor que pudieron. El Señor te dice: no te estoy pidiendo una opinión, es una orden (un mandamiento). Porque tu perteneces a un proyecto más grande que tú mismo. No me importa, te dice el Señor, si tus padres fueron buenos o malos. Si quieres que te vaya bien, tienes que honrarlos (es un principio espiritual). Si no honras a tus padres, no podre bendecirte, dice el Señor. Y, si tus padres están muertos, honrarlos es no guardarles rencor.

[+] La ley de la fe

Romanos, 10:17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

Los dos componentes que traen fe son:

[1] la Palabra; y

[2] un oidor, que la ponga por obra;

Es inútil orar para que “Dios te de fe”, porque la fe es una ley:

Romanos, 3:27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.

Puedes ver un estudio sobre la ley de la fe en mi blog, en el siguiente link:


[+] La ley de la prosperidad

No diezmar es robar a Dios.

Levítico, 27:30 Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová.

Malaquías, 3:8 ¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. 3:9 Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. 3:10 Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde

Trae alimento a mi casa y yo me ocupo del devorador (de tus finanzas), dice el Señor.

Puedes ver un estudio sobre los diezmos y las ofrendas en mi blog, en el siguiente link:


Y, por si quedara alguna duda, Pablo escribe:

2 Corintios, 9:6 Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. 9:7 Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. 9:8 Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra;

Hay que trabajar para solventar el pan en nuestra casa, pero no hay que trabajar por la prosperidad, la cual solo opera por este principio espiritual de correspondencia o correlación entre la siembra y la cosecha.

Estos pasajes no hablan de pagar deudas, el mínimo de la tarjeta o subsistir (tener para comer), sino de una verdadera prosperidad “sobrenatural”, suficiente como para mandar misioneros al África, pagarle un suelo al pastor o predicador, hacer alguna obra de caridad o bendecir a alguien.

Las finanzas, en el mundo, se mueven de dos maneras:

[1] el sistema financiero babilónico (secular); y

[2] el sistema financiero espiritual;

Cuando construyeron la torre de Babel, utilizaron principios. Esta gente sabia como Dios creaba. Ellos dijeron: vamos a imaginarlo, vamos a creerlo y vamos a declararlo. Y comenzaron a construir una torre. El único problema es que sacaron a Dios de la ecuación.

Las “torres de Babel” están condenadas al fracaso y consisten en cualquier emprendimiento que no tenga a Dios.

Efesios, 4:28 El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

Dios quiere que trabajes para que bendigas y no solo para “pagar las cuentas” (eso es tener mente de asalariado). El que robaba, no robe más y trabaje para tener para dar.

La falta de dinero arruina la estabilidad emocional de las personas. Esto se ve en los matrimonios. Para que los matrimonios estén bien, tienen que estar cómodos financieramente.

Mujer, habla con tu esposo y dile: tú has lo que quieras, pero yo voy a diezmar de lo que yo gane y tu vivirás bajo maldición pero, a causa de mi obediencia, mis hijos vivirán bajo bendición.

Varón de Dios, se hombre. El tener genitales no te hace hombre. Eso te hace macho (los perros los tienen y no por eso son hombres). Eres varón de nacimiento y hombre por elección. Ser hombre es mucho más que ser heterosexual. Ser hombre es decidir si tus hijos van a vivir bajo bendición.

Orar a Dios por una buena cosecha, no nos libera de sembrar adecuadamente. Muchos quieren una buena cosecha para empezar a sembrar, pero Dios dice “no puedo ir en contra de mis principios”.

Tenemos semillas y dudamos en sembrarlas porque pensamos “si las siembro después ¿con que me quedo?”. Respuesta: con la planta.

Hay ateos multimillonarios que se convierten en filántropos y crean fundaciones de beneficencia. Los casos son tantos y tan famosos que ni siquiera vale la pena enumerarlos. Ellos han descubierto que el dar es un principio que tiene recompensa. Muchos libros escritos por “gurúes” del marketing y las finanzas están basados en principios bíblicos (aunque no lo reconozcan). La contracara de esto es que hay cristianos que se comen la Biblia (por el conocimiento que tienen) pero son reticentes para (les cuesta) dar.

La consecuencia de esto es una triste paradoja: por un lado, tenemos a nuestro ateo multimillonario bendecido por dar y, por el otro, tenemos a nuestro cristiano (que se come la Biblia) pero que no puede despegar financieramente por su reticencia a dar (el destino eterno del alma - a donde irá cada uno una vez muerto - es otra cuestión).

[+] La ley de contentamiento

Yo puedo orar para que Dios me saque de las deudas, pero esto no me exime del siguiente principio:

Romanos, 13:8 No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.

Cuando nos endeudamos para tener lo que, de otro modo, no podríamos tener ni mantener, significa que no hemos aprendido, como Pablo, a contentarnos cualquiera sea nuestra situación.

Filipenses, 4:11 No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. 4:12 Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. 

Es este principio el que se ha violentado cuando asumimos deudas que después no podemos pagar (y hablo por experiencia propia).

[+] La ley del carácter

El del carácter es otro principio. Muchas veces oramos así: “Señor, cambia mi carácter”. Pero Dios cambia el corazón, no el carácter, el cual se encuentra en nuestras manos.

Ezequiel, 36:26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

Se trata de aprender a actuar y responder en el Espíritu y no en la carne:

1 Corintios, 2:16 Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Más nosotros tenemos la mente de Cristo.

Cuando actúa el Espíritu, la carne queda frustrada. Cuando respondemos, en cambio, en la carne, la carne queda alivianada, pero se contrista el Espíritu. Y cuando se contrista el Espíritu es peor que cuando se contrista la carne.

El ideal es que no se contriste nada pero, si hay que elegir, que se contriste la carne. Cuando respondemos en el Espíritu, nuestra carne queda frustrada, pero podemos decir “hoy le ganamos una batalla al carácter”.

[+] La ley de la salvación

Que la salvación sea por gracia, por medio de la fe (y no por obras) es otro principio.

Efesios, 2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 2:9 no por obras, para que nadie se gloríe.

No puedes trabajar por tu salvación, la cual solo se recibe por gracia, por medio de la fe (no por obras). La fe es el “boleto de entrada” a la gracia (la causa de la salvación):

Romanos, 5:1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 5:2 por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.  

[+] La ley de la sanidad divina

La sanidad divina responde a otro principio:

Isaías, 53:5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

La salud hay que cuidarla. La sanidad es un regalo de Dios.

[+] La ley del bautismo en el Espíritu Santo

El bautismo en el Espíritu Santo se recibe de la misma forma que la salvación y los milagros: por gracia, por medio de la fe (Efesios, 2:8-9). No hay que trabajar (tener obras) para recibirlo. Es un regalo de Dios.

[+] La ley de la siembra y de la cosecha

El mundo secular le llama a este principio “la ley del karma (todo vuelve)”.

Gálatas, 6:7 No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará

A veces, cuando vemos un viejito solo, decimos: que hijos sinvergüenzas, que nietos desalmados. No siempre hay hijos sinvergüenzas y nietos desalmados. Algunos de esos viejos (hoy) solos fueron una vez adultos que nunca honraron, nunca sembraron y cuando quisieron juntar a la familia alrededor de una mesa, porque se les ocurrió aterrizar, los hijos ya no estaban ahí, los nietos tampoco. No siempre los viejitos que están solos están así por una injusticia. A veces es porque fue demasiado tarde para sembrar.

No envidies para que no te envidien. No critiques para que no te critiquen. Honra para que seas honrado:

Mateo, 7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados. 7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Si cumples con este principio ¿eso evitara que te lastimen?. No, y ya lo dijo el Señor:

Lucas, 17:1 Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! 17:2 Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos.

Pero no seas tú el que haga tropezar a otro y tengas que atar a tu cuello una piedra de molino.

[+] Las pequeñas obediencias nos llevan a otro nivel de servicio

Muchas veces queremos que Dios “nos envíe a las naciones” pero no somos capaces de cumplir con pequeños mandatos: haz ese llamado, ve a ver a tal persona y soluciona los problemas que tienes con ella, haz esa ofrenda.

Y aquí se cumple otro principio espiritual:

Mateo, 25:23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 

Dicho de otro modo: si en las pequeñas cosas (lo poco) no hemos sido capaces de obedecer ¿cómo podrá encomendársenos lo sublime (lo mucho)?.

Palabras finales:

Cumple con los principios y leyes de Dios y nunca más tendrás que orar:

[+] por larga vida:
[+] para que te vaya bien;
[+] para que Dios te prospere;

Lo que Dios quiere darte, muchas veces se ve afectado porque no aplicas principios para que Dios te lo de. Obedecer provoca más bendiciones que orar.

Este estudio esta basado en las siguientes predicas de Dante Gebel:








QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

Marcelo D. D’Amico

Maestro de la Palabra – MINISTERIO REY DE GLORIA