domingo, 19 de febrero de 2017

EL SUICIDIO (Y LA EUTANASIA) EN LA BIBLIA


Puedes bajar este post como archivo de Word pinchando Aqui o como archivo de PowerPoint pinchando Aqui

Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):





Introducción

Vamos a estar hablando, en este estudio, de un tema sensible dentro de lo que es la doctrina cristiana, como lo es el suicidio (incluida la eutanasia) y el destino eterno de los suicidas.

La Biblia no habla directamente del suicidio, es decir, la palabra “suicidio” no aparece en la Biblia, pero este no es argumento suficiente como para afirmar que la Biblia no fija una posición sobre este tema. Por ejemplo, la palabra “trinidad” tampoco aparece en la Biblia (fue empleada por primera vez por Tertuliano, uno de los padres de la iglesia temprana). No obstante, este argumento no es suficiente como para negar la Trinidad Divina, es decir, el hecho de que las Escrituras hablan de un Dios que se manifiesta en tres personas distintas como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sin dejar, por ello, de ser un Único Dios.

Por consiguiente, no nos queda otra alternativa que analizar el tema del suicidio a la luz de las verdades o doctrinas bíblicas.

Veremos, entonces, que la Biblia si fija una posición respecto de este tema. A modo de anticipo, diremos que todo aquel que comete suicidio no heredara el reino de Dios.

Daremos, a lo largo de este estudio, los argumentos que prueban esta afirmación.

La salvación

Lo primero que tenemos que recordar es porque somos salvos y también que se necesita para tener acceso a esa salvación.

En su Epístola a los Efesios, el apóstol Pablo escribe:

Efesios, 2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 2:9 no por obras, para que nadie se gloríe.

Pablo dice, básicamente, que la salvación es por gracia (la causa), por medio de la fe (el medio). Seguidamente, Pablo aclara que “esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La palabra “don” significa “regalo”. La salvación, entonces, es un “regalo” de Dios. Y agrega más: dice que la salvación no es por obras “para que nadie se gloríe”, es decir, para que nadie diga “yo me salve porque soy bueno o porque soy mejor que los otros”.

Que la fe es el “boleto de entrada” a la gracia (la verdadera causa de la salvación) lo afirma Pablo también en:

Romanos, 5:1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 5:2 por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Que algo sea “por gracia” significa que es totalmente inmerecido (no hemos hecho nada para merecerlo). Por eso la salvación es un REGALO.

Las “buenas obras” que hagamos (y que Pablo aclara que no sirven para salvarnos, “para que nadie se gloríe”) y que son una manifestación externa de nuestra fe, ni siquiera son nuestras:

Efesios, 2:10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Tales obras, entonces, han sido “preparadas de antemano” (inspiradas) por Dios “para que anduviésemos en ellas”.

Somos salvos, entonces, por gracia, por medio de la fe (no por obras).

El corazón y la boca: la creencia y la confesión

¿Qué es la fe?.

Como no podría ser de otra manera, la misma Biblia la define en:

Hebreos, 11:1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Y esa fe tiene que estar enfocada en Jesucristo. La creencia, por fe, de que El es el hijo de Dios, de que murió en la cruz por nuestros pecados y de que su Padre lo levanto de entre los muertos, es la que nos salva.

En Romanos, pablo nos dice:

Romanos, 10:9 que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10:10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Más allá de nuestras convicciones, no podemos probar que Jesús es el Hijo de Dios y de que murió por nuestros pecados. Ni siquiera lo vimos morir en la cruz. Muchos menos lo vimos resucitar. Pero ahí estamos, creyendo todo eso por fe. Y esto es la fe: la convicción de lo que no se ve, de lo que no hemos visto (Hebreos, 11:1).

Pero no solamente basta con creer. Debemos confesarlo, en voz alta.

En Romanos, 10:9-10 (como vimos) Pablo nos advierte dos cosas:

[1] Debemos creer que Jesús es el Señor (el Hijo de Dios y Dios mismo, Dios hecho hombre) y que Dios (su Padre) lo levanto de entre los muertos, es decir, debemos creer en la resurrección de Jesús (creer en la resurrección de Jesús – no solo que es el Hijo de Dios y Dios mismo – es una parte fundamental de la fe que salva); y

[2] No solamente debemos creerlo en el corazón sino también confesarlo con la boca;

CREENCIA en el corazón y CONFESION con la boca.

¿Por qué es importante la confesión, a tal punto que, por más que se crea en el corazón si no se confiesa con la boca la salvación no se perfecciona?. Porque en nuestras palabras hay poder.

A excepción del hombre, a quien Dios creó por un procedimiento distinto (soplando aliento de vida en su nariz, Génesis, 2:7) Dios creó el resto de las cosas hablando: júntense las aguas y descúbrase lo seco (Génesis, 1:9), crezca la hierba verde (Génesis, 1:11), etc., es decir, por medio de la Palabra.

Esto es confirmado por:

Hebreos, 11:3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

Nuestra fe debe incluir la creencia de que Dios, en efecto, creo el universo por la Palabra, es decir, usando las mismas palabras del pasaje de Hebreos, 11:3, nuestra fe debería posibilitarnos “entender” que el universo (todo lo que existe) fue creado por la Palabra de Dios.

Y Juan nos confirma que la Palabra de Dios (el Verbo) es Jesucristo y que sin El (sin Jesucristo) nada de lo que fue hecho hubiese podido ser hecho:

Juan, 1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 1:2 Este era en el principio con Dios. 1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Y, como nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1:26), también hay poder en nuestras palabras.

He aquí el poder de la confesión (de hablar).

El regalo y la recompensa

Nuestra relación con Dios posee dos caras o aristas:

[1] Tenemos UNION con Dios por medio de la SALVACION, la cual, como vimos, es un REGALO de Dios y, al ser un regalo, no depende de nuestros meritos (por eso la SALVACION es por GRACIA); y

[2] Tenemos COMUNION con Dios, luego de que somos salvos, cuando llevamos una vida de obediencia, que resulte agradable a sus ojos, lo cual nos hace acreedores a RECOMPENSAS las cuales sí dependen de nuestros meritos (lo que hagamos por el reino) y, si nos descuidamos, aunque seguimos siendo salvos, podemos perderlas o, mejor dicho, dejas de recibirlas;

El REGALO de la salvación no depende de nuestras obras y habla de nuestra UNION con Dios. Las RECOMPENSAS son PREMIOS (no REGALOS) y si dependen de nuestro comportamiento y hablan de nuestra COMUNION con Dios. Un REGALO es algo que se da producto del amor, sin tomar en cuenta los méritos, y nunca se pide devolverlo. Una RECOMPENSA, por el otro lado, es algo a lo que nosotros como personas, calificamos para ganarla.

Las RECOMPENSAS pueden ser de dos tipos:

[a] Bendiciones terrenales (Dios nos bendice en vida, por ejemplo, con salud y prosperidad); y

[b] Bendiciones eternas (Dios nos galardona con coronas eternas, las cuales nos darán posición y autoridad en el cielo).

Las coronas del apartado [b] se identifican como:

[1] la Corona Incorruptible (de la Victoria) en 1 Corintios, 9:25;

[2] la Corona del Ganador de Almas en Filipenses, 4:1 y 1 Tesalonicenses 2:19;

[3] la Corona de Justicia en 2 Timoteo, 4:8;

[4] la Corona de Vida en Santiago, 1:12 y Apocalipsis, 2:10; y

[5] la Corona Incorruptible de Gloria en 1 Pedro, 5:4;

Otros pasajes de la Biblia donde vemos la diferencia entre el REGALO y la RECOMPENSA son los siguientes:

2 Corintios, 5:10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

Este tribunal no es para condenación (solo lo enfrentan los que son salvos) sino para galardón (premiación). Aquí Jesucristo nos pedirá explicaciones respecto de lo que hemos hecho o no con la salvación y el don que se nos dio. Podemos salir avergonzados o premiados de este tribunal respecto de lo que hemos hecho (o dejado de hacer) por el reino, pero nuestra salvación no estará en discusión aquí.

Esto se confirma en:

1 Corintios, 3:10 Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 3:11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 3:12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 3:13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 3:14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 3:15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.

Ante el tribunal de Cristo, la calidad de nuestras obras sobre la tierra será probada por el fuego. Solamente la obra que sobrevive la prueba nos dará la recompensa. Pero debemos observar que aun si todas nuestras obras son destruidas por el fuego, aun tenemos nuestra salvación. ¿Por qué?. Porque la Salvación es un REGALO gratuito de Dios, dado como una muestra de amor, independiente de cualquier mérito.

El poder de la confesión

Y la confesión, como hemos visto, no solo es una parte importante en la SALVACIÓN sino también en el PERDÓN DE PECADOS.

El pecado siempre ha separado a los hombres de Dios. El pecado es una barrera que se levanta entre Dios y los hombres. Como Dios no puede morar en presencia del pecado, cuando pecamos no perdemos la SALVACIÓN sino la COMUNIÓN con El. Con la perdida de la COMUNION se interrumpen o suspenden las bendiciones terrenales. Dios nos quiere bendecir pero no puede hacerlo porque El es justo y no nos bendecirá si estamos en pecado. Para recuperar esa COMUNION perdida (y re-activar las bendiciones suspendidas) es necesario (siempre lo fue) “quitar el pecado de en medio”. Y EXPIAR significa eso: “quitar los pecados de en medio”.

El derramamiento de sangre siempre fue necesario para expiar el pecado. En el AT (en el SISTEMA LEVÍTICO DE SACRIFICIOS de la LEY DE MOISES) se sacrificaban animales para expiar el pecado. Dos por día: uno a la mañana y otro a la tarde o al crepúsculo, por los pecados del pueblo, más todo un sistema de ofrendas (las ofrendas de paz, la ofrendas por el pecado, etc.). Y, por si estos sacrificios diarios no bastasen, estaba, además, el “día de la expiación” o YOM KIPPUR, que es una de las 7 fiestas solemnes de Israel mencionadas en Levítico, 23. Más que una fiesta este “día de expiación” o YOM KIPPUR es un día de ayuno y aflicción y está bien detallado en Levítico, 16.

Durante el “día de la expiación” o YOM KIPPUR, el sacerdote echaba suertes sobre dos chivos. Uno seria ofrecido en holocausto en el tabernáculo y el otro seria el “chivo expiatorio”. Sobre este último, el sacerdote imponía las manos, depositando sobre el mismo el pecado del pueblo y también sus propios pecados. Luego este “chivo expiatorio” era expulsado al desierto, fuera de la ciudad, para que muriese.

Como el AT era una “sombra de lo que había de venir”, la sangre derramada en el SISTEMA LEVITICO DE SACRIFICIOS, en general, y “chivo expiatorio” del “Día de la Expiación” o YOM KIPPUR, en particular, representan la sangre de Jesucristo derramada en la cruz del calvario y a Jesucristo mismo, respectivamente. Sobre el “chivo expiatorio” de YOM KIPPUR eran depositados los pecados del pueblo y luego éste era expulsado al desierto, para que muera fuera de la ciudad, exactamente como ocurrió con el Señor, sobre quien fueron puestos los pecados de su pueblo y fue crucificado fuera de la ciudad, en el Gólgota.

El antiguo SISTEMA LEVÍTICO DE SACRIFICIOS del AT fue reemplazado por el sacrificio único y definitivo del Señor en la cruz.

Hebreos, 10:14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

Esto significa que el efecto redentor de la sangre de Cristo es eterno, que El se sacrifico una sola vez y con eso basta. Pero ¿por qué Hebreos, 10:14 dice esto?. Porque, lamentablemente, todos los hombres, aun después de ser salvos, vuelven a pecar. Si Hebreos, 10:14 no diría lo que dice, cada vez que alguien peca, Jesucristo debería bajar y ser crucificado nuevamente.

De esto habla el apóstol Juan:

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.

Afirmar que no tenemos pecado, aun después de ser salvos, es, como dice Juan, “engañarnos a nosotros mismos” e implica que “la verdad no está en nosotros”.

En el viejo SISTEMA LEVÍTICO DE SACRIFICIOS de la LEY DE MOISES, la COMUNIÓN con Dios se recuperaba sacrificando animales una y otra vez, todos los días. En el NUEVO PACTO (luego de la cruz), visto y considerando que Cristo se sacrifico una sola vez por nuestros pecados (Hebreos, 10:14), la clave de cómo recuperar la COMUNIÓN la da Juan en:

1 Juan, 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

El efecto redentor de la sangre de Cristo es eterno y esta a nuestro favor solo si, cada vez que pecamos, nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados. Cuando pecamos, aunque no dejamos de ser salvos, perdemos la COMUNION con Dios y frenamos sus bendiciones. La confesión es la que nos restaura a la COMUNION con Dios.

La confesión es, en el NUEVO PACTO, el equivalente al SISTEMA LEVÍTICO DE SACRIFICIOS en la LEY DE MOISES (el VIEJO PACTO).

Muchas personas piensan que la “confesión” es simplemente recitar lo siguiente: “Dios, perdóname si he pecado en palabra, pensamiento o acción contra ti, contra mis hermanos o aun contra los hombres”. Esto no es confesión. La palabra “confesión” proviene de la palabra griega “homologeo” (“logeo” = hablar + “homo” = igual, lo mismo). Confesión es “hablar lo mismo”. Tu estas enojado y el Espíritu Santo te habla: estas en pecado, estas enojado. Confesión es cuando tú dices lo mismo: “Señor, me has dicho que estoy enojado e impaciente. Señor tienes razón, estoy de acuerdo contigo. Lo que tú dices de mi es verdad”. Estas “hablando lo mismo” que Dios. Estas confesando.

Confesar, en suma, implica tener la capacidad de vernos como Dios nos ve y, por ende, de reconocer en nosotros los mismos errores que ve Dios.

Pecado de muerte y no de muerte

En su Primera Epístola, el apóstol Juan escribe:

1 Juan, 5:16 Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. 5:17 Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte.

¿Qué nos quiere decir Juan con esto?. Nos dice que, como regla general, “toda injusticia es pecado”. Y, luego de reconocer que “toda injusticia es pecado”, nos dice más. Nos dice que hay pecado “de muerte” y “no de muerte” (espiritual, se entiende).

¿Hay algún detalle o ampliación de esto que dice Juan en algún otro lugar de la Biblia?. Si y lo podemos ver en:

1º Corintios, 6:9 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 6:10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

Apocalipsis, 21:7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. 21:8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Las anteriores listas de pecados no parecen ser meramente ejemplificativas sino taxativas, es decir, concretas y especificas: si los pecados ahí mencionados permanecen inconfesos e imperdonados, cuando muramos impiden lisa y llanamente nuestra entrada en el reino. Y, si no podemos entrar en el reino, el lugar que nos espera es el infierno.

La confesión es posterior a la consumación del pecado

Una vez que aceptamos a Cristo como Señor y Salvador por fe, entramos en la gracia y accedemos a la salvación (Efesios, 2:8-9, Romanos, 5:1-2).

Lamentablemente, después de que somos salvos, volvemos a pecar (1 Juan, 1:8).

Pero, para nuestra fortuna, si confesamos nuestros pecados, Dios nos vuelve a perdonar y a limpiar de toda maldad (1 Juan, 1:9) y esto es posible porque el poder redentor de la sangre de Cristo es eterno (Hebreo, 10:14).

La secuencia sería la siguiente:

SALVACION (Efesios, 2:8-9, Romanos, 5:2) à UNION (SALVACION) Y COMUNION (RECOMPENSAS) à BENDICIONES àNUEVOS PECADOS (1 Juan, 1:8) à PERDIDA DE LA COMUNION à SUSPENSION DE LAS BENDICIONES (AUNQUE CONSERVAMOS LA SALVACION) à CONFESION (1 Juan, 1:9) à RECUPERO DE LA COMUNION à SE REACTIVAN LAS BENDICIONES (NUNCA DEJAMOS DE SER SALVOS).

El suicidio es homicidio

El suicida, básicamente, es un homicida porque está matando a una persona, aunque se trate de el mismo.

La palabra “homicidio” procede del latín “homicidium”, un término compuesto, a su vez, de dos raíces: “homo”, que significa "ser humano u hombre", y “caedere”, que significa "matar", de modo que, literalmente, la palabra “homicidio” significa "matar a un ser humano o a un hombre".

El suicida es un “ser humano” y, aunque se trate de el mismo, esta “matando”. Por consiguiente, el suicidio es homicidio. Lo que el suicida está cometiendo, en realidad, es un auto-homicidio. Y la Biblia dice que un homicida no heredara el reino de Dios y esta revelación no es de cualquier profeta sino del mismísimo Jesucristo (Apocalipsis, 21:7-8).

Ahora bien, alguien que comete homicidio ¿se hace acreedor al infierno sin posibilidad de obtener el perdón de Dios, por aplicación de Apocalipsis, 21:7-8?. De ninguna manera. Si hay arrepentimiento por ese pecado y se confiesa, Dios otorga el perdón y Apocalipsis, 21:7-8 queda sin aplicación. Si el homicida, en cambio, no se arrepiente y no confiesa, cuando se muera se va al infierno (también por aplicación de Apocalipsis, 21:7-8).

¿Cuál es el problema con el suicida en todo esto?. Que después de cometer el pecado (después de quitarse la vida) no está vivo para arrepentirse ni muchos menos para confesar (hablar). El pecado, por tanto, le queda inconfeso e imperdonado y, como se trata de un pecado de muerte, es decir, que genera la no admisión en el reino (Apocalipsis, 21:7-8), se va al infierno.

El arrepentimiento y la confesión deben ser posteriores a la consumación del pecado y no previos. En el caso del suicida, la consumación del pecado de homicidio requiere su propia muerte, lo cual, a su vez, luego no le permite arrepentirse y confesar, porque está muerto. ¿Se entiende el punto?.

Yo no puedo arrepentirme y confesar “preventivamente” lo que todavía no he hecho, para que, cuando lo haga (cuando se consuma el pecado), pueda aplicarse este arrepentimiento y confesión previos “como pago” para lavar ese pecado futuro. Por ejemplo, yo no puedo, siendo hoy viernes, “arrepentirme, confesar y pedir perdón” a Dios porque mañana sábado iré a una discoteca y conoceré a una chica con la cual, siendo yo soltero, dormiré.

Para que se entienda: estoy mostrando arrepentimiento por y confesando algo que aun no hice (pero que hare de todos modos) y que se que es contrario a la Palabra de Dios. Si verdaderamente estaría arrepentido, de tan solo haberlo pensado pediría perdón a Dios por ese pensamiento y jamás lo concretaría. ¿Se entiende el punto?.

En ninguna parte de las Escrituras está planteada, ni siquiera remotamente, la posibilidad del arrepentimiento y confesión anticipada de pecados.

Otras razones bíblicas por las que no podemos suicidarnos

Hemos demostrado que el suicidio es homicidio, motivo por el cual requiere arrepentimiento, confesión y perdón para ser admitido en el reino (Apocalipsis, 21:7-8), algo que el suicida, una vez muerto, no puede hacer.

No obstante, hay dos razones más, de mayor peso todavía, por las cuales la Biblia, sin mencionarlo directamente, condena el suicidio.

[1] No somos nuestros dueños:

Si piensas que puedes disponer libremente de tu vida, te invito a que leas lo siguiente:

1 Corintios, 6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 6:20 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

¿Cuál es el precio por el que hemos sido comprados?. El apóstol Pedro lo sabía bien:

1 Pedro, 1:18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 1:19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,

Fuimos rescatados de nuestra vana y pecaminosa manera de vivir, con la sangre de Cristo. Si no somos nuestros dueños, entonces mal podemos pretender disponer de nuestra vida, practicando suicido.

[2] Jesucristo tiene las llaves de la muerte:

Si piensas que puedes ocupar el lugar de Dios, te invito a que leas lo siguiente:

Apocalipsis, 1:18 y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Jesucristo dice de sí mismo que él tiene las llaves de la muerte y del Hades.

La palabra “Hades” es una palabra griega para “infierno” y es equivalente a la palabra hebrea “Seol” que también significa “infierno”. Esto significa que nadie entra ni sale del infierno sin la aprobación de Jesucristo.

Que Jesucristo tenga, además, las llaves de la muerte, significa que,  luego de su sacrificio en la cruz y de su posterior resurrección, El tiene potestad sobre la muerte:

Mateo, 28:18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.

La frase “toda potestad” incluye, claro está, la “potestad sobre la muerte”.

Y no solamente porque El la ha vencido, al resucitar de entre los muertos, sino porque solo Cristo puede decidir sobre la muerte de alguien. El suicida, al decidir quitarse la vida, despoja momentáneamente a Jesucristo de esa facultad, ejecutando un acto solo reservado a Dios. Y tal vez sea este (y no el auto-homicidio en sí) el verdadero pecado castigado con el infierno.

Acabamos de leer que no somos nuestros dueños y que solo Jesucristo puede disponer de la vida de alguien. ¿Por qué estará escrito esto en la Biblia?. ¿Hace falta que la Biblia mencione la palabra suicidio?.

Eutanasia

No hemos dicho nada acerca de la eutanasia, tal vez porque resulta totalmente asimilable al suicidio de modo que, todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre el suicidio, resulta igualmente aplicable a la eutanasia.

Según Wikipedia:

La palabra “eutanasia” proviene de dos raíces griegas : "eu" y "thanatos", que significa ‘buena muerte’ y puede ser definida como la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado, con su consentimiento, con la intención de evitar sufrimiento y dolor. La eutanasia está asociada al final de la vida sin sufrimiento. Esta no incluye a personas inconscientes, como es el caso del coma.

En la eutanasia, al igual que en el suicidio, la muerte es “planeada y para dejar de sufrir”. El suicida sufre (o cree que sufre) y, para poner fin a ese sufrimiento, planea y ejecuta su propia muerte. Por eso la eutanasia es asimilable al suicidio, “asistido” en este caso y legal en varios países.

Conclusión

Muchos líderes cristianos sostienen que “no somos quienes para decir si alguien está en el cielo o en el infierno, en este caso, por cometer suicidio”, tal vez porque en sus congregaciones hay gente que ha perdido seres queridos por tal motivo y no quieren “herir susceptibilidades”.

No obstante:

[a] la Palabra de Dios es clara y debe ser predicada tal cual es; y

[b] no deben alimentarse falsas esperanzas en familiares de suicidas, alentándolas a que, algún día, se reencontraran en el cielo con sus seres queridos que decidieron quitarse la vida;

Si en Apocalipsis, 21:7-8 la Biblia dice que ningún homicida que se muera con ese pecado inconfeso e imperdonado entrara en el reino de los cielos, entonces así será, solo porque Dios lo ha dicho. No podemos decir que no sabemos donde esta un homicida (suicida), muerto con ese pecado imperdonado e inconfeso, porque Dios ya ha dicho donde no está.

Debemos ser claros, aun a riesgo de caer antipáticos, no solo con los familiares de un suicida sino, fundamentalmente, con aquellos que, sin saberlo nosotros, están aún vivos y barajando la posibilidad de cometer suicidio, por lo que una palabra nuestra, veraz, tal vez los haga rever su postura. Y esto es lo que Dios va a demandarnos.

Al respecto, Ezequiel escribe:

Ezequiel, 3:17 Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. 3:18 Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. 3:19 Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma.

Si hay alguna excepción, la misma será decidida, en su soberanía, por Dios mismo. Hasta donde Dios nos ha revelado en su Palabra, todo indica que el suicido (eutanasia incluida) no solo es un pecado sino que, además, es un pecado de muerte eterna o espiritual.

Al no haber, con posterioridad a la consumación del pecado, posibilidad alguna de arrepentimiento, confesión y perdón, dicho pecado es castigado con el infierno y luego con el lago de fuego.

Fue derramada sangre inocente por nosotros: la sangre de Cristo, que es sangre de Dios.

No la tengas en poco, quitándote la vida.


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!!

Marcelo D. D’Amico
Maestro de la Palabra – MINISTERIO REY DE GLORIA