domingo, 28 de febrero de 2016

LA SALVACION




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Te dejo el video donde predico sobre el tema (el contenido es el mismo que los archivos de Word y Powerpoint y que lo expuesto mas abajo):




¿POR QUÉ SOMOS SALVOS?

Efesios, 2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 2:9 no por obras, para que nadie se gloríe.

La causa (el por qué) de la salvación es la gracia, es decir, porque Dios quiere y la fe es el medio (no la causa de la salvación). Que algo sea “por gracia” significa que es un regalo respecto del cual no hemos hecho nada para merecerlo. La palabra “don” utilizada por Pablo en estos pasajes, significa “regalo”. Esto significa que la salvación, para Pablo, es un regalo de Dios. Pablo agrega, además, que la salvación no es por obras, “para que nadie se gloríe”, es decir, para que nadie se jacte de haberse salvado por sí mismo.

La fe es el "boleto de entrada" a la gracia.

Que la fe es el boleto de entrada a la gracia lo dice Pablo en:

Romanos, 5:1 Justificados [salvos o salvados], pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 5:2 por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

La gracia, que empezó con la cruz de Jesucristo y terminara con el rapto (es decir, la gracia durara lo que dure la "era de la iglesia") está disponible para todos, pero esto no significa que "todos" sean salvos. Para aprovechar esta gracia, para poder "entrar" en ella y ser salvos, es necesaria la fe.

Para Pablo, entonces, la salvación no es por obras:

Tito, 3:5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 

Para Pablo la justificación (la salvación) es solo por la fe:


Romanos, 3:22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 3:24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,

LA CONDICIÓN NECESARIA Y LA CONDICIÓN SUFICIENTE

Para terminar de entender cómo operan los engranajes de la gracia y la fe en el mecanismo de la salvación, podemos hacer el siguiente ejercicio. Tenemos un "evento esperado" (la salvación), el cual depende, a su vez, de dos condiciones: la condición "necesaria" (la gracia) y la condición "suficiente" (la fe). La condición "necesaria" es aquella condición "sine qua non" (sin la cual) el evento esperado es de ocurrencia imposible. La condición "suficiente", por su parte, actúa como complemento de la condición "necesaria" en el sentido de que, habiéndose cumplido la condición "necesaria", el evento esperado ocurrirá solo si se cumple la condición "suficiente".

El "evento esperado", como dijimos, es la salvación. La condición "necesaria" es la gracia y la condición “suficiente” es la fe. Comprobemos lo que hemos dicho. Sin la condición "necesaria", es de decir, sin la gracia, la salvación sería imposible, por más fe que tuviéramos (es decir, aun cumpliéndose la condición "suficiente"). Nos salvamos solo porque Dios lo desea (no por otra cosa). Sin la condición "necesaria" no hay nada, desde "el vamos". Si se cumple la condición "necesaria", es decir, si hay gracia (y la hay), el evento esperado (la salvación) solo ocurrirá si se cumple la condición "suficiente", que es la fe. Es lo que ocurre hoy. Estamos bajo la gracia (que empezó en la cruz de Cristo y terminara con el rapto). Pero solo hay salvación para los que tienen fe (solo si se cumple la condición "suficiente").

¿QUE ES LA FE?

Ya que la mencionamos, necesitamos definirla y, como no podía ser de otra manera, la propia Biblia define lo que es la fe:

Hebreos, 11:1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

La fe es, entonces, la certeza y la convicción de lo que esperamos y que no podemos ver. El que tiene fe cree en las realidades espirituales que no pueden ver los ojos carnales.

Pero la fe no solo consiste en creer en las realidades espirituales y en la existencia de Dios sino, además y fundamentalmente, en creerle a Dios, creer su Palabra y creer que él va a recompensar a los que lo buscan de todo corazón.

Hebreos, 11:6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

¿Cuál es el origen de la fe?

Romanos, 10:17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. 

¿COMO PODEMOS SER SALVOS?

Pablo escribe:

Romanos, 10:9 que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10:10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Según Pablo, entonces, para ser salvos debemos hacer dos cosas:

[1] confesar que Jesús es el Señor, es decir, que es Dios; y

[2] creer que Dios (su Padre) lo levanto de entre los muertos, es decir, tenemos que creer en la resurrección de Jesús;

¿Por qué es importante CONFESAR, en este caso, que “Jesús es el Señor”?. Porque en nuestras palabras hay poder.

A excepción del hombre, a quien Dios creó por un procedimiento distinto (soplando aliento de vida en su nariz, Génesis, 2:7) Dios creó el resto de las cosas hablando: júntense las aguas y descúbrase lo seco (Génesis, 1:9), crezca la hierba verde (Génesis, 1:11), etc., es decir, por medio de la Palabra.

Esto es confirmado por:

Hebreos, 11:3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

Nuestra fe debe incluir la creencia de que Dios, en efecto, creo el universo por la Palabra, es decir, usando las mismas palabras del pasaje de Hebreos, 11:3, nuestra fe debería posibilitarnos “entender” que el universo (todo lo que existe) fue creado por la Palabra de Dios.

Y Juan nos confirma que la Palabra de Dios (el Verbo) es Jesucristo y que sin El (sin Jesucristo) nada de lo que fue hecho hubiese podido ser hecho:

Juan, 1:1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 1:2 Este era en el principio con Dios. 1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Y, como nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1:26), también hay poder en nuestras palabras.

He aquí el poder de la confesión (de hablar).

¿Cómo se accede, entonces, a la salvación?.

De acuerdo a Romanos, 10:9-10:

[1] hay que confesar que Jesús es Dios; y

[2] hay que creer que su Padre lo levanto de entre los muertos;

Confesar y creer que Jesús es Dios y que resucito de entre los muertos es esencial para la salvación.

Pablo habla, entonces, de confesión con la boca y de creencia en el corazón.

La confesión con la boca y la creencia en el corazón deben:

[1] ser simultaneas, es decir, al mismo tiempo porque podría suceder que se confiese con la boca pero no se crea en el corazón lo confesado;

Lo que tenemos aquí es una confesión de la verdad hecha sin fe. Hay muchos cristianos dentro de las iglesias en esta situación, es decir, tienen una confesión de Cristo pero hecha sin fe (sin haber creído). La salvación aquí no ha tenido lugar.

[2] referirse a la verdad, porque podría suceder que se confiese y se crea en una misma cosa, pero que eso no sea la verdad;

Esto ocurre cuando se confiesa y se cree una misma cosa, pero lo confesado y lo creído no es la verdad. Estos ocurre con las religiones falsas y también con las sectas: por ejemplo, no creer que Jesucristo es Dios o no creer en su resurrección.

¿Y cuál es la verdad?

1 Corintios, 15:3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 15:4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;

La verdad es lo que constituye la esencia del evangelio y que Pablo resumió, como acabamos de ver, en 1 Corintios, 15:3-4 y es que Jesucristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucito al tercer día, todo conforme a las Escrituras.

EL ESPIRITU SANTO SE RECIBE POR LA FE

Para Pablo, claramente el Espíritu Santo se recibe por haber oído el evangelio con fe. Por eso les pregunta a los gálatas, con ironía, lo siguiente:

Gálatas, 3:2 Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu [Santo] por las obras de la ley, o por el oír con fe?

El Espíritu Santo no viene sobre nosotros porque somos buenos sino que viene sobre nosotros por haber oído con fe el evangelio.

Y una vez que el Espíritu Santo viene sobre nosotros, por fe, se queda morando en nosotros:

1 Corintios, 3:16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

1 Corintios, 6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

Y no solo eso sino que también es sellado en nosotros:

Efesios, 1:13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 1:14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

Esto significa que el Espíritu Santo no puede morar en un incrédulo, por más buena persona que sea, es decir, por más buenas obras que tenga, si no tiene fe, el Espíritu Santo no puede morar en él. Esto está confirmado por el propio Jesucristo cuando dice:

Juan, 14:17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

El mundo no puede recibir el Espíritu Santo por su incredulidad, es decir, por su falta de fe, “pero vosotros le conocéis” dice Jesús, refiriéndose a los que han tenido fe.

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Esto significa que el Espíritu Santo solo puede obrar en aquellos en los que mora (en aquellos que han sido salvos por fe), es decir, para que el Espíritu Santo pueda obrar en alguien, esa persona tiene que ser salva porque si esa persona está en el mundo, como dice Jesucristo en Juan, 14:17, esa persona no puede recibir al Espíritu Santo.

Respecto de la obra del Espíritu Santo, Jesucristo dice:

Juan, 16:8 Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

¿Qué quiere decir Jesús con que “cuando el venga”?. ¿Cuándo vendría el Espíritu Santo?.

El Espíritu Santo (también llamado Consolador) vendría solo después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús:

Juan, 16:7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré.

La obra del Espíritu Santo, entonces, es: convencer de pecado, justicia y juicio.

¿Qué significa “convencer de pecado”?.

La mayoría de los seres humanos no admiten que son pecadores. Si vos le decís a alguien no cristiano que es un pecador, va a creer que lo estas insultando. Convencer de pecado significa que vos te tenes que dar cuenta (tenes que llegar a la conclusión) de que sos un pecador, un pervertido y un rebelde. Y de esto no te convence ningún filósofo, ni ningún erudito en la Biblia, sino solo el Espíritu Santo.

Por eso Pablo escribe:

Romanos, 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 

¿Qué significa “convencer de justicia”?.

Muchos dicen: yo no mato, yo no robo, yo no violo. Pero Dios te dice: todas “tus justicias, delante de mí, son nada más que trapos sucios” (Isaías, 64:6). Convencernos de justicia, en suma, es hacernos comprender que con nuestra propia justicia, con nuestro propio esfuerzo, no alcanza para cumplir con lo que Dios demanda. Por eso Pablo dice, en Efesios, 2:8-9, que la salvación es por gracia, por medio de la fe y no por obras, porque es imposible que nuestras propias obras nos salven.

Jesucristo es la justicia del hombre ante los ojos de Dios. Por eso Pablo escribe:

Romanos, 3:22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 

¿Qué significa “convencer de juicio”?.

El Espíritu Santo nos convence, finalmente, también de juicio, es decir, de que o merecemos el infierno por nuestras maldades o merecemos el cielo por nuestra fe. El Espíritu Santo nos hace entender el plan de Dios.

EL ARREPENTIMIENTO

La convicción de pecado, como vimos, es una obra del Espíritu Santo. Como también vimos, por aplicación de Juan, 14:17, para que el Espíritu Santo pueda obrar en una persona debe morar en ella, lo cual ocurre solo si la persona es salva. El arrepentimiento, a su vez, es una consecuencia directa de la convicción de pecado. Solo nos arrepentimos cuando nos convencen de que somos pecadores (no antes). Es decir, el arrepentimiento es una consecuencia directa de la obra del Espíritu Santo, por lo tanto, el arrepentimiento también es una obra del Espíritu Santo. Solo tienen la capacidad de arrepentirse las personas que tienen al Espíritu Santo, es decir, las que son salvas.

Por eso es imposible que un incrédulo se arrepienta en los términos en los que Dios exige arrepentirnos porque, a sus propios ojos, ellos no tienen  de que arrepentirse. Por lo general, los incrédulos se consideran a sí mismos buenas personas y consideran a otros del mismo modo, de acuerdo a sus propios parámetros. Sin ir más lejos, esto mismo nos ocurría a nosotros antes de que fuésemos salvos.

El incrédulo, está perdido no porque no se arrepiente sino por su falta de fe, de la misma forma que nosotros somos salvos no porque nos hemos arrepentido, sino porque hemos creído.

Paul Washer, el reconocido predicador norteamericano, sostiene que es imposible pedirle a los hombres que se arrepientan de todo “en un solo golpe”. La recepción del Espíritu Santo por fe se produce solo una vez, pero la convicción de pecado y el arrepentimiento son una obra continua del Espíritu Santo morando en nosotros. Todo el tiempo el Espíritu Santo nos está convenciendo de pecados y errores que cometemos, llevándonos una y otra vez al arrepentimiento y a la confesión, que es lo que siempre nos restaura a la comunión con Dios que, a veces, se ve interrumpida a causa de nuestros errores y pecados.

Oímos el evangelio de la salvación con fe, somos salvos y recibimos al Espíritu Santo, quien nos convence de pecado, guiándonos al arrepentimiento y a la confesión. Esta obra del Espíritu Santo no ocurre una sola vez sino que es una obra continua. Esto significa que, aun después de ser salvos, volvemos a pecar:

1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 

Juan dice “si decimos”, es decir, se incluye, con lo cual está hablando de la iglesia (de gente que ya es salva). Quien, luego de ser salvo, afirme que ha dejado de pecar, según Juan se engaña a sí mismo y la verdad no está en el (si la verdad no está en él, lo que está en él es la mentira, es decir, es un mentiroso).

¿Cuál es la solución a esto?. Juan la propone en el versículo siguiente:

1 Juan, 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Somos salvos, volvemos a pecar (1 Juan, 1:8), perdemos la comunión con Dios a causa del pecado (aunque no dejamos de ser salvos). ¿Cómo recuperamos la comunión perdida?. La palabra clave es “confesión” que viene de una palabra griega que, a su vez, se compone de dos raíces: “homo” (que significa “lo mismo”) y “logeo” (que significa “hablar”). O sea que la palabra “confesión” viene de la palabra griega “homologeo” que significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que quien?. Hablar lo mismo que Dios.

Solo estamos confesando cuando somos capaces de decir de nosotros mismos exactamente lo mismo que Dios diría, lo cual implica la difícil tarea de vernos como Dios nos ve. Cuando hacemos una oración general del tipo “Señor, perdona si he pecado contra ti, contra mis hermanos y aun contra los hombres”, en realidad, no estamos confesando nada. Una oración más adecuada seria la siguiente: “Señor, perdóname por criticar y murmurar contra mi hermano tal, o perdóname porque el mes pasado diezme menos del 10% de mi sueldo o perdóname porque anoche estuve mirando pornografía, etc.”.

La confesión nos restaura a la comunión con Dios, perdida a causa del pecado, al permitir que la sangre de Cristo nos vuelva a limpiar.

Cristo murió una sola vez en la cruz, con lo cual el poder redentor de su sangre es eterno:

Hebreos, 10:14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

De otro modo, cada vez que pecamos, Jesucristo tendría que volver a bajar a morir en la cruz:

Hebreos, 9:24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 9:25 y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 9:26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 

Debe quedar claro, entonces, lo siguiente:

Si lo único que hemos hecho es confesar a Jesucristo como Señor y Salvador pero lo hemos hecho sin fe (sin haberlo creído en el corazón), el Espíritu Santo no viene nunca a morar en nosotros para transformarnos y, por lo tanto, no somos salvos. Hay muchas personas dentro de la iglesia en esta situación, es decir, que alguna vez han confesado a Cristo (y que, incluso, han pasado por las aguas del bautismo) pero lo ha hecho sin fe y, por lo tanto, no son salvas.

Esto se ve claramente en cristianos que, según puede verse, no han sido transformados. No se puede encontrar en ellos ni una sola evidencia de que son cristianos. Si comparamos la vida de alguno de estos cristianos con la de un inconverso mundano no podemos encontrar ninguna diferencia. Solo han confesado a Cristo de labios (e, incluso, como hemos dicho, se han bautizado) pero lo han  hecho sin fe, motivo por el cual no han recibido jamás al Espíritu Santo por lo que no son salvos. Están metidos dentro de la iglesia, dicen que son cristianos, pero la realidad es que no son salvos. Hay mucha gente en esta condición dentro de la iglesia.

¿SALVOS POR FE O POR OBRAS?

Los creyentes, entonces, son salvos solo por gracia, mediante la fe (no por obras). Pero Santiago declara que “la fe sin obras es muerta” (Santiago, 2:14-17, 26).

Santiago, 2:14 Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? 2:15 Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 2:16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? 2:17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. 

Santiago, 2:26 Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.

¿Cómo conciliamos estos pasajes de Santiago, 2:14-17, 26 con lo que dice Pablo en Efesios, 2:8-9 (Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe)?. La justificación ¿es por la fe o por las obras o por ambas cosas?.

Estos pasajes de Santiago han sido y todavía son, en muchos casos, malinterpretados. Pareciera que Santiago  nos estaría diciendo: está bien, la que salva es la fe, pero la fe sin obras está muerta, por lo tanto se necesitan obras para “mantener viva a la fe”.

Muchos piensan que son nuestras “buenas obras” las que atraen al Espíritu Santo hacia nosotros y que por eso somos salvos y que para, que el Espíritu Santo no se vaya, nos tenemos que comportar de “determinada manera”.  Pero la realidad, aunque nos duela, es que el Espíritu Santo no viene sobre nosotros porque somos buenos o porque somos mejores que los incrédulos, sino que el Espíritu Santo (y la salvación) se reciben por fe y recién ahí el Espíritu Santo nos transforma, haciendo que nuestra conducta se acerque a la fe que decimos tener. Las salvación no es por obras para que, como dice Pablo, “nadie se gloríe” (Efesios, 2:8-9).

No es que los cristianos somos mejores personas que los inconversos o incrédulos y que, por eso, “tenemos a Dios” (Dios no quiere que pensemos así). Los cristianos, a diferencia de los inconversos, solo hemos aceptado la solución de Dios al problema de la maldad humana, porque, como bien lo expresa la Palabra de Dios:

Romanos, 3:22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 3:24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 

En el lenguaje de Pablo, justicia = salvación y justificados = salvos. Lo que está diciendo Pablo acá es que la justicia de Dios, es decir, la salvación es por medio de la fe en Jesucristo, porque no hay diferencia. ¿No hay diferencia entre quienes?. Entre salvos y perdidos. ¿Por qué?. Porque todos estamos destituidos de la gloria de Dios. La única diferencia entre salvos y no salvos es la fe. Los que somos salvos hemos aceptado la solución de Dios al problema de la maldad humana (la cruz). Pablo redondea la idea diciendo que hemos sido “justificados (salvados) gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo (o sea, mediante la cruz)”.

No hay absolutamente nadie (ni uno solo) que pueda mantenerse en pie delante de Dios y decirle: Señor, yo merezco tu salvación.

Por eso Pablo, en Romanos, 3:10 y ss. cita este salmo de David:

Salmos, 14:3 Todos se desviaron, a una se han corrompido; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

El proceso es como sigue:

Confesamos a Cristo como nuestro Señor y Salvador y lo hacemos con fe y solo entonces el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, transformándonos. Es recién ahí cuando se evidencia en nuestro comportamiento la fe que decimos tener. Hemos confesado a Cristo, lo hemos hecho con fe, recibimos al Espíritu Santo y nuestra vida, gradual y paulatinamente, empieza a cambiar. Las obras no nos salvan ni pueden revivir nuestra fe. Las obras son, más bien, la consecuencia de una fe genuina.

Esto es lo que básicamente nos está diciendo Santiago y esto es, básicamente, lo que hay que predicar: el Espíritu Santo y la salvación se reciben por fe y no por obras que son, más bien, una consecuencia de la fe. En lugar de decirle a la gente que tiene que tener obras pasa ser salva, lo que hay que decirle es que tiene que tener fe para recibir al Espíritu Santo y poder ser salva y que las buenas obras son consecuencia de la salvación y no su causa. Las (buenas) obras son un fruto de la salvación y no al revés (que la salvación es fruto de las – buenas – obras).

Santiago dice lo mismo que dijo Jesús:

Mateo, 7:20 Así que, por sus frutos los conoceréis.

Jesús no dice “los conoceréis porque confiesan mi nombre” (porque dicen que son cristianos) sino que dice “lo conoceréis por sus frutos” (por lo que hacen).

Mateo, 7:21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Jesucristo vuelve a decirnos: no el que DICE sino el que HACE es salvo.

Jack Kelley al respecto nos dice:

A algunas personas les encanta señalar el aparente conflicto entre estos pasajes de Santiago, 2:14-17, 26 y los de Pablo en Efesios, 2:8-9, pero los contextos son totalmente diferentes. Pablo estaba hablando acerca de la raíz de nuestra salvación y Santiago estaba hablando acerca de su fruto. Ambas posiciones son correctas. Cuando Pablo dijo que por gracia somos salvos, por medio de la fe y no por obras (Efesios, 2:8-9), él estaba hablando acerca de la raíz de nuestra salvación, la cual es la fe solamente. Santiago estaba hablando sobre lo que sucede después que somos salvos, que es el fruto de nuestra salvación, el cual es nuestra fe que se manifiesta a sí misma en la manera cómo vivimos nuestra vida.

Santiago no estaba hablando de lo que se necesita para ser salvos ni de combinar la obediencia a la Ley con nuestra fe para completar nuestra salvación. Él estaba hablando acerca de cómo podemos saber si somos salvos. Si nuestra fe se manifiesta a sí misma en buenas obras hacia los demás, entonces podemos estar seguros que la misma es genuina. Si no es así, entonces es meramente teórica o especulativa, una posición intelectual que hemos tomado. Las personas creyentes no tienen que hacer por ellas mismas esas obras buenas. De hecho tienen que proponerse no hacerlas. El Espíritu Santo es quien va a impulsar a cada persona creyente a hacer actos de caridad y amor según las circunstancias.

Pablo estaba hablando sobre lograr la salvación y Santiago estaba hablando sobre demostrar nuestra salvación por nuestras acciones.

Efesios, 2:10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Las buenas obras, dice Pablo, fueron preparadas de "antemano", por Dios (el Espíritu Santo) para que anduviésemos en ellas (para que las hagamos). Las buenas obras en las que se manifestara nuestra fe genuina serán inspiradas por el Espíritu Santo.

Hasta aquí, el comentario de Jack Kelley.

La salvación puede verse como un árbol, cuya raíz es la causa de la salvación (por gracia, mediante la fe: Efesios, 2:8-9) y su fruto es nuestras buenas obras, posteriores a la salvación, inspiradas por el Espíritu Santo (Santiago, 2:14-17, 26, Efesios, 2:10).

Filipenses, 2:13 porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Es Dios, el Espíritu Santo, el que, a través de su obra de regeneración (Juan, 3:3) y de su gracia, hace (produce en nosotros) no solo nuestro deseo de alejarnos del pecado (el querer) sino, además, que podamos lograrlo (el hacer).

No estamos diciendo que un cristiano no tenga que tener obras. Las obras, en definitiva, son la manifestación externa (el fruto) de la fe que decimos tener. Lo que intentamos decir es que, esas obras, no nos salvan por la sencilla razón de que no son nuestras sino de Dios.

Nuestras buenas obras son consecuencia de nuestra salvación y no su causa.

Por último, si serian nuestras obras las que nos salvan ¿para que murió Cristo de la peor muerte?. ¿No hubiese sido más fácil (y menos doloroso) que Dios nos hubiese dado igualmente su Evangelio y, el que creía, tenía vida eterna y, el que no, condenación eterna?. Fijate lo que dice Pablo en:

Gálatas, 2:21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley [las obras] fuese la justicia [la salvación], entonces por demás murió Cristo.

No deseches la gracia de Dios, es decir, nunca dejes de creer que la salvación es un regalo inmerecido que hemos recibido de Dios, porque si la justicia (la salvación) fuese por la ley (por nuestras obras), entonces Cristo murió en vano.

Este es un mensaje dirigido a aquellos que, aun aceptando la obra de Cristo en la cruz, creen que luego, para “mantener” nuestra salvación, tenemos que hacer una serie de cosas (obras).

Raro ¿no?. Para acceder a la salvación, dependimos 100% de la cruz de Cristo, pero para, ahora, “mantenerla” ya no dependemos tanto de Cristo de Cristo sino de nosotros mismos. Ellos dicen que sin obediencia no hay salvación pero, como venimos diciendo, las buenas obras (y la obediencia es una obra) no son la causa de la salvación sino su consecuencia.

Podemos obedecer porque somos salvos, es decir, porque tenemos al Espíritu Santo y no al revés.

Somos capaces de obedecer a Dios a causa de la presencia del Espíritu Santo que hay en nosotros, al cual recibimos por la fe y no por nuestras obras. Si no Pablo no diría esto:

Filipenses, 2:13 porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Es Dios el que hace posible (el que produce en nosotros) no solo el deseo de obedecerlo (el querer) sino que, además, podamos lograrlo (el hacer). Tenemos que vencer la tentación de pensar que somos salvos por nuestras obras o porque somos mejores que los incrédulos.

¿PUEDE ABANDONAR EL ESPIRITU SANTO A UN CREYENTE SALVO?

Muchos no pueden comprender las diferencias que hay entre la ley de Moisés y la gracia (entre los dos pactos). De tal suerte, suelen afirmar, entre otras cosas, que, de la misma forma que el Espíritu Santo abandono a Sansón, también puede abandonar, hoy en día, a un creyente de la iglesia neo testamentaria. Los que así piensan, están mezclando las cosas más que en una ensalada.

Quienes esto afirman, se basan en el siguiente pasaje del libro de Jueces:

Jueces, 16:20 Y le dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él

En el libro de los Jueces podemos ver:

Jueces, 14:6 Y el Espíritu de Jehová vino sobre Sansón, quien despedazó al león como quien despedaza un cabrito, sin tener nada en su mano; y no declaró ni a su padre ni a su madre lo que había hecho.

Jueces, 14:19 Y el Espíritu de Jehová vino sobre él, y descendió a Ascalón y mató a treinta hombres de ellos; y tomando sus despojos, dio las mudas de vestidos a los que habían explicado el enigma; y encendido en enojo se volvió a la casa de su padre. 

Los pasajes anteriores dicen claramente que el Espíritu Santo “venia” sobre Sansón y, cada vez que lo hacía, ahí se manifestaba su fuerza sobrenatural. Pero el Espíritu Santo no moraba en Sansón, que es un personaje bíblico del AT y que, por lo tanto, estaba bajo la ley y no bajo la gracia.

En la época de Sansón “nadie” tenía al Espíritu Santo “morando consigo”, porque todavía no había venido Cristo, ni había muerto y resucitado, ni había venido el segundo Consolador que es el Espíritu Santo.

Juan, 16:7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré. 

Por lo tanto, el Espíritu Santo nunca se fue de Sansón sencillamente porque jamás moro en él. Solo venia sobre Sansón, circunstancialmente, hasta que no vino más, que fue lo que realmente sucedió.

Una cosa es que alguien que moraba en tu casa te abandone y otra, muy distinta, es que alguien que solía visitarte, deje de hacerlo.

En la era de la iglesia, a diferencia del AT, el Espíritu Santo viene a morar con el creyente y es “sellado” en él, como lo dice Pablo:

1 Corintios, 3:16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

1 Corintios, 6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 

Efesios, 1:13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 1:14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

El Espíritu Santo es sellado en nosotros, dice Pablo. ¿Hasta cuándo?. ¿Hasta que pecamos la primera vez?. No, hasta la redención de la posesión adquirida, es decir, hasta el rapto de la iglesia, que es cuando se va a completar nuestra redención.

Nadie en el AT tuvo jamás los privilegios que tiene la iglesia. Nadie en el AT tuvo jamás al Espíritu Santo morando consigo de la forma en que mora en un creyente de la iglesia.




MARCELO D. D’AMICO
Maestro de la Palabra – Ministerio Rey de Gloria


QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!

domingo, 21 de febrero de 2016

SERIE LA BIBLIA EN VIDEOS: EPÍSTOLA DE SANTIAGO



Les presento aquí la Epístola de Santiago, en 2 videos de aproximadamente 1 hora cada uno.

Como siempre, los videos son de mi autoría y autorizo a todos a su difusión.

Epístola de Santiago Parte 1:



Epístola de Santiago Parte 2:



No dejes de ver los videos de los libros anteriores, en este mismo blog:





QUE DIOS LOS BENDIGA A TODOS!!!