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Introducción
Tenemos
la tendencia a pensar que al cielo se van “los buenos” y que, por el contrario,
al infierno se van “los malos”. Así las cosas, pensamos entonces que en el
infierno esta “lo peor de lo peor”: asesinos seriales, violadores y asesinos de
niños, genocidas históricos (Hitler, Stalin, etc.), Judas Iscariote, quien
traiciono nada menos que al Señor, etc., y que el resto de nosotros, mal que
mal y a comparación de todos los que acabamos de nombrar, podríamos llegar a
irnos al cielo.
No es por nuestras obras
Jorge
Luis Borges (el gran escritor argentino) alguna vez dijo (o escribió) lo
siguiente: "El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los
actos de los hombres no merecen tanto".
Para
J. L. Borges, entonces, nadie es lo suficientemente malo como para merecer
eternamente el infierno, ni lo suficientemente bueno como para merecer, también
eternamente, el paraíso. En la expresión de Borges, claro está, subyace la idea
de que en el fondo - para el - no existe
ninguno de esos dos lugares. Aunque Borges toda su vida declaro ser agnóstico
(alguien que no puede afirmar ni negar la existencia de Dios porque considera
que ese conocimiento es inaccesible para el entendimiento humano) su verdadero
pensamiento estuvo siempre más cerca del ateísmo que de otra cosa, ya que
alguna vez también declaro (o escribió) estar casi seguro acerca de la
inexistencia de Dios.
No
obstante, en la frase de Borges subyace también otra idea, más sutil y es la
siguiente: los hombres se van al cielo o al infierno por sus actos (cuando
dice: “los actos de los hombres no merecen tanto”). Como Borges, muchos otros,
cristianos y no cristianos, creen también que el destino eterno de las almas de
los hombres depende de los actos (buenos o malos) de estos.
Sino por la obra de Cristo
Nuestros
amigos en la vida (lo sabemos) son pocos. Yo mismo, sin ir más lejos, he
tenido, desde mis catorce o quince años hasta aproximadamente mis cuarenta, no
más de dos (tal vez tres) amigos. Estos amigos que he tenido, eran ateos, de
padres y abuelos ateos (el ateísmo era, en ellos, una cuestión de familia). A
estos amigos ateos les he hecho, más de una vez, la siguiente pregunta: ¿qué
harían ustedes si, después de muertos, se dan cuenta de que Dios existe, porque
podrán verlo?. Ellos siempre respondían a esta pregunta de la misma manera:
“bueno, si, después de muertos, nos damos cuenta de que Dios existe, porque
podemos verlo, le pediríamos que nos juzgara por nuestras obras, por nuestros
actos y no por si creímos o no en El”. En otras palabras: mis amigos ateos le
pedirían (¿exigirían?) a Dios ser juzgados por sus actos, ya que la “cuestión
de la fe” era para ellos una “cuestión irrelevante”.
Quienes
así piensan cometen un error mortal porque, al contrario de lo que piensan, no
son nuestras obras (buenas o malas) las que nos depositan en el cielo o en el
infierno, porque:
[1]
todos (conversos e inconversos) hemos pecado por lo que hemos sido destituidos
de la gloria de Dios (Romanos, 3:23);
[2]
aun después de ser salvos, los cristianos continuamos pecando (1 Juan, 1:8); y
[3]
somos salvos por gracia, por medio de la fe y no por obras (Efesios, 2:8-9);
La
causa de la salvación es la gracia (Efesios, 2:8) y la fe, que es “la
convicción de lo que no se ve” (Hebreos, 11:1), es el medio para acceder a la
gracia (Efesios, 2:8, Romanos, 5:2) y, esa fe, tiene que estar depositada en el
Evangelio, es decir, en la obra de Cristo en la cruz:
1
Corintios, 15:3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que
Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 15:4 y que fue
sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;
Y entonces ¿cuál es el punto?
La
cuestión no es si nuestros actos son buenos o malos (vimos que, según Efesios,
2:8-9, la salvación no es por obras – por actos – “para que nadie se gloríe”) o
si somos pecadores o no (vimos que,
según 1 Juan, 1:8, todos – aun los que somos salvos – seguimos pecando). La
cuestión es si hemos aceptado la “solución de Dios” al problema de nuestra maldad.
Nos vamos al cielo por ACEPTAR la obra de Cristo en la cruz o nos vamos al
infierno por RECHAZAR esa misma obra.
Nada
más se nos demandará.
Cualquier
intento de lograr la salvación sin fe en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) está
destinado al fracaso. Los ateos, como hemos visto, pretenden eliminar de la
ecuación el creer en Jesús (la fe) e insisten en ser juzgados exclusivamente
por sus obras. Ellos serán satisfechos en su demanda. Serán juzgados, en efecto,
por sus obras, serán hallados en falta y (he aquí el problema) sin estar
cubiertos por la sangre redentora de Cristo, por lo que serán arrojados al lago
de fuego (Apocalipsis,. 20:12-15).
Lo
único que se les demandara es lo único que no habrán cumplido: el creer en
Jesús. Algo que los ateos consideran irrelevante será cuestión de vida o, mejor
dicho, de muerte a la hora señalada.
El
infierno está lleno de asesinos, genocidas, pervertidos y demás y también está
lleno de gente “buena” que, en vida, fracasó en aceptar a Jesucristo como Señor
y Salvador.
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Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):
Introducción
Hoy está de moda discutir si todavía hay apóstoles
entre nosotros, tal vez porque muchos líderes cristianos hoy se adjudican esa condición.
Algunos se manifiestan a favor y otros en contra. Los que se manifiestan en
contra, sostienen que hoy no hay apóstoles ya es imposible que puedan cumplirse
los requisitos bíblicos necesarios para ser considerado apóstol. Veremos esos
requisitos y también veremos hasta que punto esto es verdad. A modo de anticipo, solo diremos que hoy si existen
apóstoles pero en un sentido un poco distinto a los que pusieron los pilares
fundacionales de la iglesia.
Requisitos bíblicos para ser apóstol
En el libro de los Hechos, podemos leer: Hechos, 1:21 Es necesario, pues, que de estos
hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús
entraba y salía entre nosotros, 1:22 comenzando desde el bautismo de Juan
hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho
testigo con nosotros, de su resurrección. 1:23 Y señalaron a dos: a José,
llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. 1:24 Y
orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de
estos dos has escogido, 1:25 para que tome la parte de este ministerio y
apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio
lugar. 1:26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue
contado con los once apóstoles
Los anteriores pasajes se refieren a la elección de
un nuevo apóstol para suplantar a Judas Iscariote quien, como se sabe, luego de
traicionar al Señor, se quito la vida.
Hubo dos candidatos:
[1] José, llamado Barsabás, que tenia por
sobrenombre Justo; y
[2] Un tal Matías;
Se echaron suertes y la elección recayó, finalmente,
sobre Matías (Hechos, 1:26).
Cuando Pedro se refiere a los candidatos dice:
[1] “estos hombres que han estado juntos con
nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros”
(Hechos, 1:21), dando a entender que, para preseleccionar a ambos candidatos, fue
importante el hecho de que los dos habían convivido con el Señor desde su
bautismo por Juan el Bautista hasta su ascensión;
[2] “uno (de los dos candidatos) sea hecho testigo -
continúa diciendo Pedro - con nosotros, de su resurrección” (Hechos, 1:22),
dando a entender que, además, era necesario haber visto a Cristo resucitado; y
[3] Podríamos agregar que, además, era necesario
haber sido comisionado (enviado) personalmente por Jesús en los términos de:
[a] Mateo, 10:16 He aquí, yo os envío
como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos
como palomas; y
[b] Hechos, 1:8 pero recibiréis poder, cuando
haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en
Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
Hasta aquí un antecedente bíblico acerca de los
requisitos que era necesario cumplimentar para ser considerado apóstol.
El caso de Pablo
Mas allá de que, como veremos, Pablo se consideraba
a sí mismo un apóstol, ¿cumplió Pablo con lo requisitos anteriormente
mencionados?. ¿Fue Pablo un apóstol?.
Algunos falsos profetas y maestros se habían
infiltrado en la iglesia de Corinto para socavar la autoridad de Pablo,
afirmando que ni siquiera era un apóstol “como los otros”. Pablo escribe la
Primera Epístola a los Corintios para responder, entre otras cosas, a esta
cuestión:
1 Corintios, 9:1 ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No
he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el
Señor? 9:2 Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy;
porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.
Pablo acaba de afirmar que el vio al Señor y lo
re-afirma en:
1 Corintios, 15:5 y que apareció a Cefas, y después
a los doce.
15:6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales
muchos viven aún, y otros ya duermen. 15:7 Después apareció a Jacobo;
después a todos los apóstoles; 15:8 y al último de todos, como a un
abortivo, me apareció a mí.
Es claro que Pablo vio al Señor resucitado. Cabria
preguntarse ahora si Pablo fue comisionado por el Señor para algo.
Recordemos el relato de la conversión de Pablo:
Hechos, 9:3 Mas yendo por el camino, aconteció que
al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del
cielo; 9:4 y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo,
Saulo, ¿por qué me persigues? 9:5 El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le
dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra
el aguijón. 9:6 El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo
haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá
lo que debes hacer.
A Pablo le fue encomendado el Evangelio de la
incircuncision (de los incircuncisos o gentiles):
Gálatas, 2:7 Antes por el contrario, como vieron que
me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de
la circuncisión 2:8 (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la
circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), 2:9 y
reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran
considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de
compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la
circuncisión.
Pablo afirma que le fue encomendado (fue comisionado
para) el evangelio de los gentiles (no judíos) de la misma forma que a Pedro le
fue encomendado (fue comisionado para) el evangelio a los judíos.
Además, Pablo siempre encabezo sus cartas
presentándose como un apóstol nombrado (comisionado) no por los hombres sino
por Dios:
Gálatas, 1:15 Pero cuando agradó a Dios, que me
apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, 1:16
revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles
Romanos, 1:1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a
ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios,
1 Corintios, 1:1 Pablo, llamado a ser apóstol de
Jesucristo por la voluntad de Dios
2 Corintios, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la
voluntad de Dios
Gálatas, 1:1 Pablo, apóstol (no de hombres ni por
hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los
muertos),
Efesios, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la
voluntad de Dios
Colosenses, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la
voluntad de Dios
1 Timoteo, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por
mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza,
2 Timoteo, 1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por la
voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús,
Tito, 1:1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de
Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la
verdad que es según la piedad,
Pablo, entonces, lleno los requisitos para ser apóstol
y así fue reconocido en vida por sus contemporáneos.
El mismísimo Pedro reconoce la autoridad apostólica
de Pablo en:
2 Pedro, 3:15 Y tened entendido que la paciencia de
nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo,
según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, 3:16 casi en
todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay
algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen,
como también las otras Escrituras, para su propia perdición.
En Apocalipsis, 21:9-14 un ángel le muestra a Juan
la Nueva Jerusalén. Entre otras cosas, Juan ve doce puertas (Apocalipsis,
21:12) que representan a Israel y doce cimientos (Apocalipsis, 21:14) que representan
a la iglesia.
Al respecto, Jack Kelley, el reconocido ensayista
bíblico, observa:
Cuando Judas Iscariote traicionó al Señor y luego se
suicidó, los Doce eran discípulos, o estudiantes. Más tarde, los once
restantes, ahora Apóstoles (los enviados), votaron y escogieron a Matías para
reemplazar a Judas. Nada más se dice sobre Matías, y no sabemos por qué.
Obviamente, al que seleccionó Dios fue a Pablo, el más prolífico de los autores
del Nuevo Testamento. Yo creo que será el nombre de Pablo el que veremos en uno
de estos cimientos.
Por último, el haber convivido con Jesús antes de su
crucifixión y resurrección (Hechos, 1:21) fue “importante” para Pedro a la hora
de preseleccionar a los dos candidatos que reemplazarían a Judas (de entre los
cuales fue elegido Matías), pero no puede ser un requisito para ser considerado
apóstol porque entonces ni el mismísimo Pablo de Tarso hubiera calificado, ya
que Pablo, aunque sí tuvo un encuentro con Cristo resucitado camino a Damasco,
no conoció personalmente al Señor antes de crucifixión y resurrección.
¿Hay apóstoles hoy?
¿Puede alguno de nuestros contemporáneos calificar
para ser considerado apóstol?.
Para responder esta pregunta, habría que preguntarse
si alguno de nuestros contemporáneos podría reunir los requisitos antes
mencionados:
[1] ¿Podría alguien, en nuestros días, tener un
encuentro personal con Cristo resucitado?; y
[2] ¿Podría alguien, en nuestros días, ser
comisionado personalmente por Jesucristo para alguna tarea?;
Ambas cosas son totalmente posibles en nuestros
días. Teniendo en cuenta esto y el hecho de que la palabra “apóstol” significa
“enviado”, es totalmente posible y, además, legitimo desde el punto de vista
bíblico que, en nuestros días, haya apóstoles.
En Romanos, Pablo escribe:
Romanos, 16:7 Saludad a Andrónico y a Junias, mis
parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre
los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.
A Andronico y a Junias se les trata de apóstoles.
Pero (siempre hay un pero) debemos aclarar que la
palabra “apóstol” puede emplearse en dos sentidos:
[1] en un sentido GENERAL, para referirse a aquellos
que, en nuestros días, hayan tenido un encuentro con Cristo resucitado y hayan
sido comisionados por el Señor para algo; y
[2] en un sentido ESPECIAL, para referirse a los 12 apóstoles
que estuvieron con Jesús, mas Pablo de Tarso;
En un sentido GENERAL hoy continua habiendo apóstoles,
pero Pablo fue el último de los apóstoles definido en el sentido de recibir una
comisión ESPECIAL, mediante un encuentro personal con el Señor resucitado para
unirse al testimonio fundacional de los apóstoles que caminaron con
Cristo.
Los apóstoles del NT fueron el comienzo y las
piedras del fundamento de la iglesia. Por lo tanto, ese oficio apostólico del
NT es único y no puede repetirse. Como mensajeros del Señor resucitado,
pusieron las bases de la iglesia de Jesucristo y no puede alterarse ni se le
puede agregar nada a ese fundamento. Esos apóstoles no pueden tener sucesores.
Al respecto, Pablo escribe:
1 Corintios, 3:10 Conforme a la gracia de Dios que
me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica
encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 3:11 Porque nadie puede
poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 3:12
Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas,
madera, heno, hojarasca, 3:13 la obra de cada uno se hará manifiesta;
porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada
uno cuál sea, el fuego la probará. 3:14 Si permaneciere la obra de alguno
que sobreedificó, recibirá recompensa. 3:15 Si la obra de alguno se
quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por
fuego.
Pablo se autodenomina el “perito arquitecto, que
puso el fundamento y que no es otro que Jesucristo” y nos advierte que “nadie
puede poner otro fundamento que el que está puesto”.
De hecho Pablo, en Gálatas, profiere una maldición
para todos aquellos que intenten cambiar ese fundamento:
Gálatas, 1:8 Mas si aun nosotros, o un ángel del
cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea
anatema.
La palabra “anatema” significa “maldito”.
Pablo continua diciendo en 1 Corintios, 3:10-15, que
“otros”, que vendrán después de él, sobreedificaran sobre ese fundamento que él
puso y advierte que tengamos cuidado como sobreedificamos, porque lo que
pongamos sobre el fundamento que puso el será probado por el fuego.
Lo que Pablo está diciendo es que, los que vengan
después de él, solo podrán sobreedificar sobre el fundamento que él puso pero
no podrán cambiar ese fundamento, agregando ni quitando nada. En este sentido
ESPECIAL, es claro que ya no hay mas apóstoles.
¿Puede Dios, hoy, levantar a otro como Pablo de Tarso?.
Claro que puede, pero no necesita hacerlo porque los
fundamentos de la iglesia ya fueron puestos por Pablo y nadie puede cambiarlos,
bajo pena de maldición (Gálatas, 1:8).
Los apóstoles son levantados por Jesucristo
1 Corintios, 12:4 Ahora bien, hay diversidad de
dones, pero el Espíritu es el mismo. 12:5 Y hay diversidad de ministerios, pero
el Señor es el mismo. 12:6 Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace
todas las cosas en todos, es el mismo.
Los dones son del Espíritu Santo pero los
ministerios son de Jesús.
Los cinco grandes ministerios de la iglesia son:
[1] apóstol;
[2] profeta;
[3] evangelista;
[4] pastor;
y
[5] maestro
de la palabra;
Jesús es el que nombro a los Apóstoles y el que
nombra a los pastores, a los profetas, maestros y evangelistas.
Jesús se le apareció a Pablo de Tarso, no fue el
Espíritu Santo. Fue Jesús quien lo nombro apóstol. Mientras Jesús entrega los
ministerios, el Espíritu Santo entrega los dones, todo con el beneplácito del
Padre.
Conclusión
Ha quedado demostrado que, en la actualidad, si hay
apóstoles, pero en un sentido GENERAL (como enviados). Ninguno de los que hoy,
legítimamente incluso, se autodenominan apóstoles puede recibir nuevas
revelaciones que alteren el Evangelio del NT recibido de Jesucristo y los
apóstoles.
Los pilares fundacionales de la iglesia ya han sido
establecidos por los apóstoles que caminaron con Cristo, más Pablo de Tarso. Esto
apóstoles que, en un sentido ESPECIAL, colocaron los pilares fundacionales de
la iglesia, no tienen sucesores.
Como ya nos hemos preguntado ¿podría Dios hoy
levantar a “otro Pablo de Tarso”?. Claro que puede, pero no necesita hacerlo,
ya que “el Pablo que si levanto” ya vino y cumplió sobradamente con su tarea.
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Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):
Introducción
Vamos a estar hablando, en este
estudio, de un tema sensible dentro de lo que es la doctrina cristiana, como lo
es el suicidio (incluida la eutanasia) y el destino eterno de los suicidas. La Biblia no habla directamente del
suicidio, es decir, la palabra “suicidio” no aparece en la Biblia, pero este no
es un argumento suficiente como para afirmar que la Biblia no fija una posición
sobre este tema. Por ejemplo, la palabra “Trinidad” tampoco aparece en la
Biblia. No obstante, este argumento no es suficiente como para negar la
Trinidad Divina, es decir, el hecho de que las Escrituras hablan de un Dios que
se manifiesta en tres personas distintas como lo son el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo sin dejar, por ello, de ser un Único Dios.
Por consiguiente, no nos queda otra
alternativa que analizar el tema del suicidio a la luz de las doctrinas
fundamentales de las Escrituras.
La
salvación
El Evangelio de salvación predicado
por Pablo no lo aprendió de ningún hombre sino que le fue revelado por
Jesucristo (Gálatas, 1:11-12). Y lo que Pablo predico es que la salvación es
por gracia, por medio de la fe en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) y no por
obras (Efesios, 2:8-9, Tito, 3:5). Hay más versículos que hablan acerca de la
salvación, pero con estos que hemos citado alcanza para afirmar que nada más se
nos requiere pasa ser salvos.
La gracia (que hemos mencionado) puede
ser definida como el favor inmerecido de Dios por medio del cual los hombres
pueden ser salvos, vivir en santidad y obedecer sus mandamientos. La gracia es
la actividad unilateral de Dios por medio de la cual Él está continuamente
atrayendo las almas hacia sí mismo.
Siendo la gracia la causa de la
salvación, el modo de acceder a ella es por medio de la fe (Romanos, 5:2) en el
Evangelio (1 Corintios, 15:1-4).
Este Evangelio predicado por Pablo
claramente es un Evangelio de “gracia + fe” (sin obras).
La
confesión
Pero aun después de ser salvos
seguimos pecando.
El apóstol Juan al respecto escribe:
1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en
nosotros. 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. 1:10 Si decimos
que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en
nosotros.
Juan dice “si decimos”, es decir, se
incluye, con lo cual está hablando de la iglesia, es decir, de gente que ya es
salva. Lo que Juan está diciendo es que un cristiano que no reconoce su pecado:
[1] se engaña a sí
mismo;
[2] la verdad (que es
la Palabra de Dios) no está en él; y
[3] hace mentiroso a
Jesucristo;
Pero Juan no solo reconoce el problema
del pecado en un cristiano (aun después de ser salvo), sino que da un paso más
y habla de la solución al problema: la confesión (1 Juan, 1:9). Juan dice que,
si confesamos nuestros pecados, el Señor nos vuelve a limpiar.
Cuando pecamos luego de ser salvos, no
perdemos la salvación pero nuestra comunión con Dios puede verse interrumpida,
lo cual puede frenar alguna bendición que Dios tiene para nosotros. La manera
de restaurar la comunión con Dios, perdida a causa del pecado, es por medio de
la confesión de nuestros pecados. El poder redentor de la sangre de Cristo
derramada en la cruz del calvario es eterno. Si esto no fuera así, el Señor
tendría que bajar a morir en la cruz cada vez que pecamos luego de haber sido
salvos.
Como está escrito:
Hebreos, 9:24 Porque no entró Cristo
en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo
para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 9:25 y no para ofrecerse
muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con
sangre ajena. 9:26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas
veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los
siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para
quitar de en medio el pecado.
Hebreos, 10:11 Y ciertamente todo
sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos
sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; 10:12 pero Cristo, habiendo
ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado
a la diestra de Dios, 10:13 de ahí en adelante esperando hasta que sus
enemigos sean puestos por estrado de sus pies; 10:14 porque con una sola
ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
Pero ¿qué es confesar?.
La palabra “confesión” viene de la
palabra griega “homologeo” que, a su vez, proviene de dos raíces griegas:
“homo” (que significa “lo mismo”) y “logeo” (que significa “hablar”). De modo
que la palabra “confesión” significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que
quien?. Hablar lo mismo que Dios. Deben evitarse las oraciones generales del
tipo “Señor, perdóname, porque he pecado”. Esto no es confesar. La confesión
tiene más que ver con una oración del tipo “Señor, perdóname, porque días atrás
murmuré contra tal hermano, porque este mes no he diezmado lo que correspondía
o porque anoche estuve mirando pornografía”.
Solo estamos confesando cuando somos
capaces de hablar de nosotros mismos lo mismo que hablaría Dios, lo cual
implica la difícil tarea de vernos como Dios nos ve (para bien y para mal).
La
confesión es posterior a la consumación del pecado
Una vez que creemos en el Evangelio de
la salvación (1 Corintios, 15:3-4), entramos en la gracia (Romanos, 5:2) y
accedemos a la salvación (Efesios, 2:8-9). Lamentablemente, como hemos visto,
después de que somos salvos, volvemos a pecar (1 Juan, 1:8). Pero, para nuestra
fortuna, si confesamos nuestros pecados, Dios nos vuelve a perdonar y a limpiar
de toda maldad (1 Juan, 1:9) y esto es posible porque el poder redentor de la
sangre de Cristo es eterno (Hebreo, 10:14).
El arrepentimiento y la confesión
deben ser posteriores a la consumación del pecado y no previos. Yo no puedo
arrepentirme y confesar “preventivamente” lo que todavía no he hecho, para que,
cuando lo haga (cuando se consuma el pecado), pueda aplicarse este
arrepentimiento y confesión previos “como pago” para lavar ese pecado futuro.
Para que se entienda: no puedo mostrar
arrepentimiento por y confesar algo que aún no hice (pero que hare de todos
modos) y que se que es contrario a la Palabra de Dios. Si verdaderamente
estaría arrepentido, de tan solo haberlo pensado pediría perdón a Dios por ese
pensamiento y jamás lo concretaría. ¿Se entiende el punto?.
En ninguna parte de las Escrituras
está planteada, ni siquiera remotamente, la posibilidad del arrepentimiento y confesión
anticipada de pecados.
Pecados
que impiden nuestra entrada en el reino
Hay un versículo en la Biblia donde se
nos da una lista de pecados que, si al morir permanecen inconfesados, nos
impiden directamente la entrada en el reino:
Apocalipsis, 21:7 El que venciere
heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. 21:8 Pero los
cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y
hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago
que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
Uno de los pecados mencionados es el
de homicidio, es decir, el de matar a un hombre (varón o mujer). Y, si no
podemos entrar en el reino, el lugar que nos espera es el infierno.
El
suicidio es homicidio
El suicida, básicamente, es un
homicida porque está matando a una persona, aunque se trate de el mismo.
La palabra “homicidio” procede del
latín “homicidium”, un término compuesto, a su vez, de dos raíces: “homo”
(que significa "ser humano u hombre") y “caedere” (que significa
"matar"), de modo que, literalmente, la palabra “homicidio” significa
"matar a un ser humano o a un hombre (varón o mujer)".
El suicida es un “ser humano” y,
aunque se trate de el mismo, esta “matando a un hombre”. Por consiguiente, el
suicidio es homicidio. Lo que el suicida está cometiendo, en realidad, es un
auto homicidio. Y la Biblia dice que un homicida no heredara el reino de Dios y
esta revelación es del mismísimo Jesucristo (Apocalipsis, 21:8).
Ahora bien, alguien que comete
homicidio ¿se hace acreedor al infierno sin posibilidad de obtener el perdón de
Dios, por aplicación de Apocalipsis, 21:8?. De ninguna manera. Si hay
arrepentimiento por ese pecado y se confiesa, Dios otorga el perdón y
Apocalipsis, 21:8 queda sin aplicación. Si el homicida, en cambio, no se
arrepiente y no confiesa, cuando se muera se va al infierno (Apocalipsis, 21:8).
¿Cuál es el problema con el suicida en
todo esto?. Que después de cometer el pecado (después de quitarse la vida) no está
vivo para arrepentirse ni mucho menos para confesar (hablar). El pecado, por
tanto, le queda inconfeso e imperdonado y, como se trata de un pecado que
impide la entrada en el reino (Apocalipsis, 21:8), se va al infierno.
En el caso del suicida, la consumación
del pecado de homicidio requiere su propia muerte, lo cual, a su vez, luego no
le permite arrepentirse y confesar, porque está muerto. ¿Se entiende el punto?.
Otras
razones bíblicas por las que no podemos suicidarnos
Hemos demostrado que el suicidio es
homicidio, motivo por el cual requiere arrepentimiento, confesión y perdón para
ser admitido en el reino (Apocalipsis, 21:8), algo que el suicida, una vez
muerto, no puede hacer.
No obstante, hay dos razones más, de
mayor peso todavía, por las cuales la Biblia, sin mencionarlo directamente,
condena el suicidio.
[1] No somos nuestros dueños:
1 Corintios, 6:19 ¿O ignoráis que
vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual
tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 6:20 Porque habéis sido comprados
por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu,
los cuales son de Dios.
Pablo dice que ya no somos nuestros
dueños, porque hemos sido comprados por precio. ¿Y cuál es ese precio?. El apóstol
Pedro lo sabía bien:
1 Pedro, 1:18 sabiendo que fuisteis
rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros
padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 1:19 sino con la
sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,
Fuimos rescatados de nuestra
pecaminosa manera de vivir, con la sangre de Cristo. Si no somos nuestros
dueños, entonces mal podemos pretender disponer de nuestra vida, cometiendo
suicido.
[2] Jesucristo tiene las llaves de la
muerte:
Apocalipsis, 1:18 y el que vivo,
y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo
las llaves de la muerte y del Hades.
Jesucristo dice de sí mismo que él
tiene las llaves de la muerte y del Hades.
La palabra “Hades” es una palabra
griega para “infierno” y es equivalente a la palabra hebrea “Seol” que también
significa “infierno”. Esto significa que nadie entra ni sale del infierno sin
la aprobación de Jesucristo.
Que Jesucristo tenga, además, las
llaves de la muerte, significa que,luego de su sacrificio en la cruz y de su posterior resurrección, El
tiene potestad sobre la muerte:
Mateo, 28:18 Y Jesús se acercó y les
habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
La frase “toda potestad” incluye,
claro está, la “potestad sobre la muerte”.
Y no solamente porque El la ha
vencido, al resucitar de entre los muertos, sino porque solo Cristo puede
decidir sobre la muerte de alguien. El suicida, al decidir quitarse la vida, despoja
momentáneamente a Jesucristo de esa facultad, ejecutando un acto solo reservado
a Dios. Y tal vez sea este (y no el auto homicidio en sí) el verdadero pecado castigado
con el infierno.
Acabamos de leer que no somos nuestros
dueños y que solo Jesucristo puede disponer de la vida de alguien. ¿Por qué
estará escrito esto en la Biblia?. ¿Hace falta que la Biblia mencione la
palabra suicidio?.
Eutanasia
No hemos dicho nada acerca de la
eutanasia, porque creemos que resulta totalmente asimilable al suicidio de modo
que, todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre el suicidio, resulta igualmente
aplicable a la eutanasia.
La palabra “eutanasia” proviene
de dos raíces griegas: "eu" y "thanatos", que significa
‘buena muerte’ y puede ser definida como la acción u omisión que acelera la
muerte de un paciente desahuciado, con su consentimiento, con la
intención de evitar sufrimiento y dolor. La eutanasia está asociada
al final de la vida sin sufrimiento. No se incluye aquí la desconexión de personas
en estado de inconsciencia.
En la eutanasia, al igual que en el
suicidio, la muerte es “planeada y para dejar de sufrir”. El suicida sufre (o
cree que sufre) y, para poner fin a ese sufrimiento, planea y ejecuta su propia
muerte. Por eso la eutanasia es asimilable al suicidio, “asistido” en este caso
y legal en varios países.
¿Es el suicidio un caso de pérdida de
la salvación?
Como muchos ya saben, es doctrina de
este sitio que la salvación, una vez acontecida, no puede perderse. Según
Pablo, el Espíritu Santo se recibe por el oír con fe el Evangelio (1 Corintios,
15:3-4), luego de lo cual, el Espíritu Santo no solo viene a morar (1
Corintios, 3:16, 6:19) sino que, además, es sellado en nosotros (Efesios,
1:13-14, Efesios, 4:30, 2 Corintios, 1:21-22). A partir de aquí, ya no somos
nuestros dueños (1 Corintios, 6:19), porque fuimos comprados por precio (1
Corintios, 6:20), siendo el precio pagado la sangre preciosa de Jesucristo (2
Pedro, 1:18-19). Y a partir de que el Espíritu Santo mora en nosotros (no
antes) comienza su obra de regeneración (Juan, 16:8). Pablo agrega, además, que
aquel que comenzó en nosotros la buena obra (el Espíritu Santo) la
perfeccionara (la hará cada vez mejor) hasta el día de Jesucristo, es decir,
hasta el rapto de la iglesia (Filipenses, 1:6). Como puede verse, en un
“suicida cristiano” toda esta palabra queda sin cumplirse, con lo cual, a la
única conclusión a la que podemos arribar es que un suicida, aunque se haya
autoproclamado “cristiano”, nunca fue verdaderamente salvo, de modo que no se
puede perder lo que nunca se tuvo (la salvación).
Conclusión
Muchos líderes cristianos sostienen
que “no somos quienes para decir si alguien está en el cielo o en el infierno, en
este caso, por cometer suicidio”, tal vez porque en sus congregaciones hay
gente que ha perdido seres queridos por tal motivo y no quieren “herir
susceptibilidades”.
No obstante:
[a] la Palabra de Dios es clara y debe
ser predicada tal cual es; y
[b] no deben alimentarse falsas
esperanzas en familiares de suicidas, alentándolos a que, algún día, se
reencontraran en el cielo con sus seres queridos que decidieron quitarse la
vida;
Si en Apocalipsis, 21:8 la Biblia dice
que ningún homicida que se muera con ese pecado inconfeso e imperdonado entrara
en el reino de los cielos, entonces así será (solo porque Dios lo ha dicho). No
podemos decir que no sabemos dónde se encuentra un homicida (suicida, en este
caso), muerto con ese pecado imperdonado e inconfeso, porque Dios ya ha dicho
donde no está.
Debemos ser claros, aun a riesgo de
caer antipáticos, no solo con los familiares de un suicida sino,
fundamentalmente, con aquellos que, sin saberlo nosotros, están aún vivos y barajando
la posibilidad de cometer suicidio, por lo que una palabra nuestra, veraz, tal
vez los haga rever su postura. Y esto es lo que Dios va a demandarnos.
Al respecto, Ezequiel escribe:
Ezequiel, 3:17 Hijo de hombre, yo te
he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi
boca, y los amonestarás de mi parte. 3:18 Cuando yo dijere al impío: De
cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea
apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad,
pero su sangre demandaré de tu mano. 3:19 Pero si tú amonestares al impío,
y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su
maldad, pero tú habrás librado tu alma.
Si hay alguna excepción, la misma será
decidida, en su soberanía, por Dios mismo. Hasta donde Dios nos ha revelado en
su Palabra, ha quedado demostrado que el suicidio (y la eutanasia) es un pecado
pasible de ser castigado con muerte eterna.
Al no haber, con posterioridad a la
consumación del pecado, posibilidad alguna de arrepentimiento, confesión y
perdón, dicho pecado es castigado con el infierno y luego con el lago de fuego.
Fue derramada sangre inocente por
nosotros: la sangre de Cristo, que es sangre de Dios.