Puedes bajar este post como archivo de Word pinchando Aqui o como archivo de PowerPoint pinchando Aqui Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):
La recepción del Espíritu
Santo
El
Espíritu Santo viene, como mínimo, dos veces sobre nosotros: [1]
al ser salvos, es decir, al oír el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) con fe (Gálatas,
3:2); y
[2]
al ser bautizados en el Espíritu Santo (Mateo, 3:11, Hechos, 1:8, 2:4);
Este
“bautismo en el Espíritu Santo”, prometido por Jesús en Hechos, 1:8 y cumplido
en Hechos, 2:4, no es para salvación sino para recibir poder y ser equipado con
alguno o algunos de los nueve dones del Espíritu Santo (1 Corintios, 12:8-10),
siendo una señal distintiva de haber recibido este bautismo especial el “hablar
nuevas lenguas” (Hechos, 2:4);
[1] La recepción del Espíritu
Santo al ser salvos
Somos
salvos por gracia, por medio de la fe en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) y
no por obras (Efesios, 2:8-9, Tito, 3:5).
La
gracia es el favor inmerecido de Dios, por medio del cual podemos ser salvos,
obedecer los mandamientos de Dios (aunque no de manera perfecta) y ser santos.
La gracia es la actividad unilateral de Dios por medio de la cual Él está todo
el tiempo atrayendo las almas hacia sí mismo. Esta es una de las principales
actividades del Padre y también del Hijo (Juan, 5:17).
Siendo
la gracia la causa de la salvación (Efesios, 2:8), accedemos a ella por medio
de la fe (Romanos, 5:2). Y, por el oír el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) con
fe, no solo recibimos la salvación sino, también, al Espíritu Santo (Gálatas,
3:2), el cual no solo se queda morando (Juan, 14:17, 1 Corintios, 3:16, 6:19)
sino que, además, es sellado (Efesios, 1:13-14, 4:30, 2 Corintios, 1:21-22) en
nosotros.
Estas
fases que hemos explicado de manera secuencial (solo para que se entienda), en
realidad, ocurren todas al mismo tiempo:
[1]
escuchamos con fe el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4);
[2]
por la fe accedemos a la gracia (Romanos, 5:2) y somos salvos (Efesios, 2:8-9);
[3]
recibimos el Espíritu Santo (Gálatas, 3:2);
[4]
el cual se queda morando (Juan, 14:17, 1 Corintios, 3:16, 6:19) con nosotros; y
[5]
es sellado (Efesios, 1:13-14, 4:30, 2 Corintios, 1:21-22) en nosotros;
A
partir de aquí, el Espíritu Santo ya ha ejecutado su obra en nosotros
consistente en convencernos [1] de pecado, [2] de justicia y [3] de juicio
(Juan, 16:8) y puede comenzar a usarnos para, a través nuestro, ejecutar esta
obra en los incrédulos.
Nótese
que todo comienza con la fe del apartado [1]. Sin esa fe inicial (dada por
Dios), es imposible que la obra del Espíritu Santo sea ejecutada en un
inconverso, porque el mundo no puede recibir ni conocer al Espíritu Santo
debido a su incredulidad (Juan, 14:17).
En
Efesios, 2:8 Pablo escribe:
Efesios,
2:8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios;
¿Qué
significa “esto no de vosotros, pues es don de Dios”?. La palabra “don”
significa “regalo”. Pero ¿qué es lo que no es nuestro sino un regalo de Dios?.
La salvación, que es por gracia, por medio de la fe. Esto significa que ni la
salvación, ni ninguno de los elementos necesarios para alcanzarla (que son la
gracia y la fe) son nuestros. Ya sabemos que la gracia no es nuestra sino que
proviene de Dios pero ¿qué pasa con la fe?. Para Pablo, la fe por medio de la
cual accedemos a la gracia (que es la causa de la salvación), tampoco es nuestra.
En nuestra salvación, todo proviene de Dios, es decir, no nos podemos jactar ni
si quiera de haber creído.
Sin
embargo algunos creen que la fe es una “respuesta humana” a la predicación del
Evangelio, en el sentido de que hay un predicador predicando el Evangelio y hay
un auditorio donde mientras algunos (que “aceptan” el Evangelio) se salvan,
otros (que lo “rechazan”) se condenan. Para ellos, la fe es un “acto humano
unilateral”, rechazando toda intervención divina.
Analicemos
la cuestión con algo de lógica. Si la salvación es por fe y no por obras, como
lo afirma Efesios, 2:8-9, entonces la fe no puede ser una obra humana, de otro
modo el pasaje escrito por Pablo encerraría una contradicción. Si la fe
califica como obra humana, entonces, por definición, no puede salvarnos. Por lo
tanto, la fe que nos salva tiene que provenir 100% de Dios. ¿Se entiende el
punto?.
[2] La recepción del Espíritu
Santo en el “bautismo en el Espíritu”
Más
que recepción, aquí hay que hablar de la manifestación del Espíritu Santo en
nuestra vida por medio de alguno o algunos de los dones espirituales (1
Corintios, 12:8-10). La señal distintiva de esta recepción o manifestación del
Espíritu Santo es el “hablar nuevas lenguas” (Hechos, 2:4) y no se recibe o
experimenta para salvación (la cual ya ha acontecido), sino para ser equipado
con alguno o algunos de los nueve dones espirituales (1 Corintios, 12:8-10):
[1]
palabra de sabiduría;
[2]
palabra de ciencia;
[3]
fe;
[4]
dones de sanidades;
[5]
hacer milagros;
[6]
profecía;
[7]
discernimiento de espíritus;
[8]
diversos géneros de lenguas; e
[9]
interpretación de lenguas;
En
el “bautismo en el Espíritu Santo” se recibe poder para dar testimonio acerca
de Cristo (Hechos, 1:8, 2:4). Pablo “aprovecho” ese poder para predicar el
Evangelio:
Romanos,
15:18 Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí
para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, 15:19 con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de
manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he
llenado del evangelio de Cristo.
Porque:
1
Corintios, 4:20 Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.
La obra del Espíritu Santo en el
mundo
Cristo
les advirtió a los apóstoles acerca de la persecución venidera para que, cuando
suceda, no tropiecen y caigan:
Juan,
16:1 Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo.
Luego
les dijo:
Juan,
16:2 Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera
que os mate, pensará que rinde servicio a Dios.
El
apóstol Pablo, en su estado inconverso, es un buen ejemplo de aquellos que,
pensando que prestan servicio a Dios, persiguen a la iglesia. Cristo no les
dijo a sus discípulos esto antes porque Él estaba con ellos para protegerlos,
pero se los está diciendo ahora porque iba a dejarlos. Claro que Cristo ya les
había hablado acerca de la persecución (Mateo, 5:10-12), pero no les había
explicado su fuente (los religiosos) ni la razón (la ignorancia y el odio del
mundo).
Y
les advirtió:
Juan.
16:7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no
me fuera, el Consolador [el Espíritu Santo] no vendría a vosotros; más si me
fuere, os lo enviaré.
Los
discípulos no pudieron comprender por qué Jesucristo tenía que dejarlos, de
modo que tuvo que animarlos con que su regreso al Padre haría posible mayores
bendiciones debido a la venida del Espíritu Santo (el Consolador).
En
cuanto al Espíritu Santo, nuestro Señor dijo cuál sería su obra:
Juan,
16:8 Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de
juicio. 16:9 De pecado, por cuanto no creen en mí; 16:10 de
justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 16:11 y de
juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.
El
solo hecho de que el Espíritu Santo este en el mundo es una acusación contra el
mundo. En realidad, Cristo debería estar en el mundo, reinando como Rey, pero
el mundo lo crucificó. Como hemos dicho, el Espíritu Santo no viene a las
personas del mundo perdido sino al pueblo de Dios (Juan, 14:17). El Espíritu
Santo está aquí, recordándole al mundo su terrible pecado.
Por
eso el Espíritu Santo le da al mundo una triple convicción:
[1]
de pecado, por cuanto no creen en mí (Juan, 16:9);
Esto
se refiere al pecado de la incredulidad. El Espíritu Santo no convence al mundo
de pecados individuales (esto lo hace la conciencia). La presencia del Espíritu
Santo en el mundo es prueba de que el mundo no cree en Cristo (de otra manera,
Cristo estaría aquí en el mundo).
El
pecado que condena al alma al infierno es la incredulidad, es decir, el rechazo
de Cristo:
Juan,
3:18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido
condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de
Dios. 3:19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
[2]
de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más (Juan, 16:10);
Esto
se refiere a que la presencia del Espíritu Santo en el mundo es prueba de la
rectitud y justicia de Cristo, quien ha regresado al Padre. Mientras estuvo en
la tierra, a Cristo lo acusaron de quebrantar la ley y de ser tanto un pecador
como un impostor. Pero el hecho de que el Espíritu Santo este en la tierra es
prueba de que Cristo dijo la verdad y que el Padre lo levantó y lo recibió de
vuelta en el cielo.
[3]
y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado (Juan,
16:11);
Cristo
está hablando aquí de juzgar a satanás y al mundo:
Juan,
12:31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo
será echado fuera. 12:32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a
todos atraeré a mí mismo. 12:33 Y decía esto dando a entender de qué
muerte iba a morir.
Colosenses,
2:15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió
públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
La
presencia del Espíritu Santo en el mundo es evidencia de que satanás ha sido
juzgado y derrotado (de otra manera, satanás controlaría al mundo).
El
Espíritu Santo usa a los cristianos que testifican (la iglesia) y a la Palabra
para convencer al inconverso:
[1]
de su pecado de incredulidad;
[2]
de su necesidad de justicia; y
[3]
de su juicio eterno en el infierno, puesto que pertenece a satanás (Efesios,
2:1-3);
Efesios,
2:1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados, 2:2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la
corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el
espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 2:3 entre los
cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra
carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por
naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Conclusión
Un
día estábamos en el mundo (perdidos), hasta que escuchamos con fe (dada por
Dios) el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4), fuimos salvos y recibimos al Espíritu
Santo (Gálatas, 3:2), quien no solo vino a morar (Juan, 14:17, 1 Corintios,
3:16, 6:19) sino que, además, fue sellado (Efesios, 1:13-14, 4:30, 2 Corintios,
1:21-22) en nosotros. Aquí el Espíritu Santo ya ejecutó su obra en nosotros,
convenciéndonos [1] de nuestro pecado de incredulidad (la fe – lo opuesto a la
incredulidad – por la cual fuimos salvos y hemos recibido al Espíritu Santo es
una prueba de que esa obra de “convicción de pecado” ha sido ejecutada en
nosotros), [2] de justicia, es decir, de que Cristo dijo la verdad acerca de
quien era por cuanto regreso al Padre y [3] del juicio eterno del infierno al
que estuvimos expuestos mientras pertenecimos a satanás (Efesios, 2:1-3).
Cuando
Jesús dijo que el Espíritu Santo, venido al mundo luego de su muerte,
resurrección y ascensión (Juan, 16:7), “convencerá” al mundo [1] de pecado, [2]
de justicia y [3] de juicio (Juan, 16:8), no quiso decir que “convencería a
todo el mundo” de esas tres cosas y que, por ende, “todos serian salvos” sino
que, en esencia, quiso decir lo siguiente:
[a]
que el Espíritu Santo, venido al mundo luego de su muerte, resurrección y
ascensión (Juan, 16:7), “dará testimonio contra mundo” [1] de su pecado
de incredulidad, [2] de su necesidad de justicia y [3] del juicio ejecutado en
la cruz en su contra, aunque el mundo no crea en el Evangelio (1 Corintios,
15:3-4); y
[b]
que el Espíritu Santo, venido al mundo luego de su muerte, resurrección y
ascensión (Juan, 16:7), “convencerá” [1] de su pecado de incredulidad,
[2] de su necesidad de justicia y [3] del juicio ejecutado en la cruz en su
contra, a aquellos que crean en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4);
La
“convicción de pecado” es una obra que continúa ejecutándose en el creyente no
ya por el pecado de incredulidad (porque ha creído) sino respecto de pecados
individuales y no ya por el Espíritu Santo sino por su conciencia ahora
influida por el Espíritu Santo, ya que todo cristiano, luego de ser salvo,
continúa pecando (1 Juan, 1:8).
Para
Paul Washer, el reconocido predicador norteamericano:
“El
Evangelio no es salvación para todos, sino solo para los que creen; para los
demás es una sentencia de muerte”.
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Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):
Introducción
Los
frutos del Espíritu son nueve:
Gálatas,
5:22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, fe, 5:23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
[1] amor;
[2] gozo;
[3] paz;
[4] paciencia;
[5] benignidad;
[6] bondad;
[7] fe;
[8] mansedumbre; y
[9] templanza;
Aunque
algunos aparecen antes que otros, finalmente deberían aparecer y resultar
visibles todos los frutos (los nueve) en la vida de un cristiano. Desde nuestra
conversión, estos frutos van apareciendo y madurando de a poco, como ocurre con
el fruto de cualquier árbol. Aparecen por el solo hecho de tener al Espíritu
Santo morando (Juan, 14:17, 1 Corintios, 3:16, 6:19), sellado (Efesios,
1:13-14, 4:30, 2 Corintios, 1:21-22) y ejecutando su obra en nosotros (Juan,
16:8).
[1] El fruto del amor
Como
estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1:26) y Dios es amor (1
Juan, 4:8), el amor debería ser el atributo de Dios que primero se vea
reflejado en nosotros y tal vez por eso Pablo lo menciona en primer lugar en su
lista de los nueve frutos del Espíritu (Gálatas, 5:22-23).
Para
Pablo:
[+]
todos los dones espirituales juntos sin amor no son nada (1 Corintios, 13:1-3);
[+]
cuando venga lo perfecto, es decir, cuando estemos en la Nueva Jerusalén
celestial, los dones como la profecía, las lenguas y aun la ciencia acabaran,
pero el amor nunca dejara de ser (1 Corintios, 13:8-10); y
[+]
el amor está por encima de todo (1 Corintios, 13:13);
Características
del amor según Pablo (1 Corintios, 13:4-7):
[ 1 ] es sufrido;
[ 2 ] es benigno;
[ 3 ] no tiene envidia;
[ 4 ] no es jactancioso;
[ 5 ] no se envanece;
[ 6 ] no hace nada indebido;
[ 7 ] no busca lo suyo;
[ 8 ] no se irrita;
[ 9 ] no guarda rencor;
[10] no se goza de la injusticia;
[11] se goza de la verdad;
[12] todo lo sufre;
[13] todo lo cree;
[14] todo lo espera; y
[15] todo lo soporta;
El
primer y el segundo mandamiento de los cuales depende toda la ley y los
profetas (Mateo, 22:40) tienen que ver con el amor: [1] amar a Dios con todo
nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente (Mateo,
22:37-38) y [2] amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo, 22:39).
Aún
más, para Juan Dios es amor:
1
Juan, 4:7 Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel
que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. 4:8 El que no ama, no ha
conocido a Dios; porque Dios es amor. 4:9 En esto se mostró el amor de
Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para
que vivamos por él.
[2] El fruto del gozo
Gozo es
aquella profunda alegría espiritual que el Espíritu Santo infunde en
los corazones de quienes deciden seguir a Dios, aun en el medio de la aflicción,
de la tristeza y de las pruebas (Santiago, 1:2). Se trata, entonces, de una
alegría espiritual, infundida por el Espíritu Santo y, por lo tanto,
sobrenatural.
El
apóstol Pablo nos alentó a estar siempre gozosos (1 Tesalonicenses, 5:16), pero
en el mundo abunda la aflicción y la tristeza:
Juan,
16:33 En el mundo tendréis aflicción;
Cuando
no somos capaces de auto examinarnos (2 Corintios, 13:5) y, por ende, de juzgar
y confesar (1 Juan, 1:9) nuestros pecados, el Señor tiene que juzgarnos y
disciplinarnos (Hebreos, 12:5-8) para que no seamos condenados con el mundo (1
Corintios, 11:31-32), lo cual trae tristeza a nuestra vida:
Hebreos,
12:11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo,
sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella
han sido ejercitados.
El
fruto del gozo no implica ausencia de aflicción y de tristeza sino que aparece
precisamente a causa de ellas y es una promesa de que, tras aquellas, vendrá un
gozo que nadie podrá quitarnos. El siguiente pasaje habla de la tristeza como
un estado presente y del gozo como un estado futuro:
Juan,
16:20 De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis,
y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza
se convertirá en gozo. 16:21 La mujer cuando da a luz, tiene dolor,
porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se
acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el
mundo. 16:22 También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré
a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo.
[3] El fruto de la paz
La
paz que da Dios es sobrenatural:
Juan,
14:27 La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
Pablo
nos explica cómo surge el fruto de la paz:
Filipenses,
4:6 Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante
de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. 4:7 Y la paz de
Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y
vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
[a] no
tenemos que estar ANSIOSOS POR NADA (la ANSIEDAD retarda el surgimiento
del fruto de la PAZ);
[b]
tenemos, en cambio, que comunicar nuestras PETICIONES a Dios por medio de la
ORACION (por más que Dios todo lo vea, todo lo escuche y todo lo sepa, es
importante HABLAR);
[c]
tenemos que dar GRACIAS ANTICIPADAS por la respuesta divina, aunque la misma
todavía no haya llegado;
Y
recién cuando hagamos esto, Pablo dice que la PAZ de Dios hará dos cosas en
nosotros:
[1] guardara nuestro corazón; y
[2] guardara nuestros pensamientos;
La
paz sirve para guardar nuestro corazón y nuestra mente. Nuestra mente porque
las batallas suceden allí. Nuestro corazón, porque de lo que hay en el corazón
habla la boca (Mateo, 12:34-35, Lucas, 6:45).
Mateo,
12:34 ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?
Porque de la abundancia del corazón habla la boca. 12:35 El hombre bueno,
del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro
saca malas cosas.
Lucas,
6:45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el
hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la
abundancia del corazón habla la boca.
Si
en nuestro corazón hay amargura, nuestra boca hablara amargura. Si en nuestro
corazón hay resentimiento, nuestra boca hablara de resentimiento. La boca habla
lo que hay en el corazón.
Y
tenemos que tener mucho cuidado con lo que hablamos, porque en nuestra boca hay
poder. ¿Por qué?.
Porque:
[1] por un lado, Dios creo todo (a excepción
del hombre) hablando; y
[2]
por el otro, nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis,
1:26);
Por
eso, en nuestro hablar hay poder para bendecir o maldecir, a nosotros mismos y
a los demás.
Estamos
cableados, programados por Dios, para que, por nuestra boca, salga lo que hay
en nuestro corazón (eso dice la Escritura). Por eso, para conocer el corazón de
alguien no es necesario ser profeta, ni es necesaria la revelación de Dios. Si quieres
conocer lo que hay en el corazón de alguien, solo tienes que escucharlo hablar.
Escúchalo hablar y te vas a dar cuenta de que es lo que gobierna su corazón.
[4] El fruto de la paciencia
La paciencia
puede ser definida como la actitud que lleva a alguien a poder soportar
contratiempos y dificultades para conseguir algún bien. Ese “alguien” puede ser
Dios mismo o nosotros.
[+]
la paciencia es un atributo de Dios;
Romanos,
3:25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para
manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia,
los pecados pasados,
Romanos,
15:5 Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre
vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús,
[+]
la paciencia debiera ser un atributo del pueblo de Dios;
Como
la paciencia es un atributo divino (Romanos, 3:25, 15:5) y estamos hechos a
imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1:26), la paciencia también debiera ser un
atributo nuestro:
Romanos,
5:3 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones,
sabiendo que la tribulación produce paciencia; 5:4 y la paciencia,
prueba; y la prueba, esperanza;
Efesios,
4:2 con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos
a los otros en amor,
Colosenses,
3:12 Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable
misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;
2
Tesalonicenses, 3:5 Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a
la paciencia de Cristo.
Apocalipsis,
2:2 Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no
puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y
no lo son, y los has hallado mentirosos; 2:3 y has sufrido, y has
tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no
has desmayado.
Apocalipsis,
2:19 Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia,
y que tus obras postreras son más que las primeras.
Apocalipsis,
3:10 Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también
te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para
probar a los que moran sobre la tierra.
Apocalipsis,
13:10 Si alguno lleva en cautividad, va en cautividad; si alguno mata a espada,
a espada debe ser muerto. Aquí está la paciencia y la fe de los santos.
Apocalipsis,
14:12 Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos
de Dios y la fe de Jesús.
[+]
la paciencia debería ser también un atributo de los ministros de Dios;
Pablo
habla de su paciencia como ministro (apóstol) de Dios:
2
Corintios, 6:4 antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en
mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias;
En
1 y 2 Timoteo y Tito (las denominadas “cartas pastorales de Pablo”), Pablo
aconseja a los ministros de Dios, que el mismo levantó, tener paciencia:
1
Timoteo, 6:11 Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
2
Timoteo, 3:10 Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe,
longanimidad, amor, paciencia,
2
Timoteo, 4:2 que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.
Tito,
2:2 Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor,
en la paciencia.
[+]
la paciencia es esencial para alcanzar las promesas de Dios;
Hebreos,
6:12 a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por
la fe y la paciencia heredan las promesas. 6:13 Porque cuando Dios hizo
la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí
mismo, 6:14 diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te
multiplicaré grandemente. 6:15 Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó
la promesa.
Hebreos,
10:36 porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la
voluntad de Dios, obtengáis la promesa.
Hebreos,
12:1 Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube
de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos
con paciencia la carrera que tenemos por delante,
[+]
la paciencia es fruto de las pruebas;
Romanos,
5:3 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones,
sabiendo que la tribulación produce paciencia; 5:4 y la paciencia,
prueba; y la prueba, esperanza;
Santiago,
1:3 sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia.
No
hay otra forma que aparezca el fruto de la paciencia que no sea a través de las
pruebas.
[+]
la venida del Señor requiere paciencia;
Santiago,
5:7 Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor.
Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia
hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. 5:8 Tened también
vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del
Señor se acerca.
[+]
la paciencia fue un atributo de los hombres de Dios del AT;
Santiago,
5:10 Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los
profetas que hablaron en nombre del Señor. 5:11 He aquí, tenemos por
bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y
habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.
Los frutos de la [5] benignidad
y [6] la bondad
Estos
dos frutos se tratan juntos porque se parecen (aunque no son lo mismo).
Mientras
la “bondad” (del griego, “agathosune”) es una cualidad moral, la “benignidad”
(del griego, “crestotes”) es la manifestación externa de esa bondad en acciones
concretas. Es la diferencia entre “ser bueno” (bondad) y “hacer el bien”
(benignidad). El mismo razonamiento resulta aplicable a la “maldad” (ser malo)
y a la “malignidad” (hacer el mal).
Sabemos
que Dios es bueno y he aquí una cualidad moral suya:
Salmos,
136:1 Alabad a Jehová, porque él es bueno, Porque para siempre es
su misericordia.
Pero
también sabemos que la bondad de Dios se manifestó (y he aquí su “benignidad”)
en su amor por los hombres, aun cuando estos cometieron todo tipo de
injusticias y delitos:
Tito,
3:3 Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes,
extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en
malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. 3:4 Pero
cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para
con los hombres,
Dios
es bueno y, además, benigno al manifestar esa bondad enviando a su Hijo para
que todo aquel que en El crea no se pierda, tenga vida eterna y viva por El
(Juan, 3:16, 1 Juan, 4:9).
Otra
diferencia entre estos dos frutos es que, mientras la “benignidad” describe los
aspectos más amables de la “bondad”, esta última incluye también hacer el bien
a otros pero por medios no necesariamente amables. Cuando Cristo purificó el
templo (Mateo, 21:12-13) o denuncio a los escribas y fariseos (Mateo, 23:13-36),
no fue necesariamente amable, aunque lo hizo por bondad.
Debemos,
entonces, no solamente ser buenos sino, además, hacer el bien (practicar la
bondad).
[7] El fruto de la fe
Existen
tres tipos de fe a los que podemos acceder los cristianos, a saber:
[1] la fe inicial para salvación (Efesios,
2:8-9, Romanos, 5:2);
[2] la
fe como uno de los nueve frutos del Espíritu Santo (Gálatas, 5:22-23); y
[3] la
fe como uno de los nueve dones del Espíritu Santo (1 Corintios, 12:8-10);
El
primer tipo de fe (la fe inicial para salvación de Efesios, 2:8-9) nos es dada
por Dios para poder creer en el Evangelio (1 Corintios, 15:1-4), ser salvos y
recibir el Espíritu Santo (Gálatas, 3:2). Esta fe es un don (regalo) de Dios.
Una
vez salvos, la fe se desarrolla y madura como un fruto, por el solo hecho de
ser salvos y tener al Espíritu Santo morando (1 Corintios, 3:16, 6:19) y
sellado en nosotros (Efesios, 1:13-14). Cuando este fruto madura, es una única
medida de fe, igual para todos los cristianos:
Romanos,
12:3 Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre
vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que
piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió
a cada uno.
Pablo
no está diciendo que una medida de fe, particular y única, es
decir, distinta, fue repartida a cada uno, sino que está hablando de la
medida de la fe, también única pero universal, es decir, para todo el mundo
igual. No es UNA medida de fe sino LA medida de fe.
2
Pedro, 1:1 Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis
alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una
fe igualmente preciosa que la nuestra:
Pedro
está diciendo: la misma fe sobrenatural que opera en mi opera también en
ustedes.
La
fe es una ley:
Romanos,
3:27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de
las obras? No, sino por la ley de la fe.
La
ley de la fe (por ser precisamente una ley) opera equitativamente en todos
aquellos que tienen a Cristo en el corazón. Algo no puede ser categorizado como
una ley si no aplica de la misma manera para todos y en donde quiera.
Por
último, tenemos la fe como uno de los nueve dones del Espíritu Santo. Esta fe
aparece cuando recibimos el bautismo en el Espíritu Santo y siempre y cuando
seamos equipados con este don. Se trata de la fe que “mueve montañas”. Este
tipo de fe no es para todos los cristianos.
[8] El fruto de la mansedumbre
La
“mansedumbre” es la virtud que modera nuestra ira y sus consecuencias
desagradables y evita todo resentimiento y rencor a causa del comportamiento de
los demás. La mansedumbre aparece en el NT presentada como un rasgo distintivo
de la predicación de Jesús.
Es
una de las bienaventuranzas del Sermón del Monte:
Mateo,
5:5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra
por heredad.
Jesucristo
dijo:
Mateo,
11:29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso
y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;
Esta
mansedumbre que los Evangelios atribuyen a Jesús queda finalmente
ejemplificada con la aceptación de su calvario y muerte, después de ser
fortalecido por un ángel para que hiciera la voluntad de Dios.
Finalmente,
los mansos son enseñables y están dispuestos a aceptar la disciplina de Dios,
aunque por el momento pueda parecer gravosa (Hebreos, 12:11).
[9] El fruto de la templanza
La templanza es
la virtud que sirve para moderar los deseos destructivos y las pasiones
desordenadas que muchas veces nos dominan. La pasión normalmente se la
relaciona con el deseo sexual irrefrenable pero también está asociada con otro
tipo de sentimientos destructivos.
La
palabra pasión puede ser definida como:
[1]
sentimiento vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón, como
el amor, el odio, los celos o la ira intensos; y
[2]
sentimiento de amor vehemente, especialmente manifestado en el deseo sexual;
Pablo
habla de crucificar la carne con “sus pasiones y deseos” (Gálatas, 5:24), de
hacer morir en nosotros las “pasiones desordenadas” (Colosenses, 3:5) y
recomienda a Timoteo “huir de las pasiones juveniles” (2 Timoteo, 2:22).
Santiago, por su parte, atribuye las guerras y los pleitos a “vuestras
pasiones” (Santiago, 4:1).
Nos
han mal enseñado (y hemos mal aprendido) que “la carne” es sinónimo de sexo
(lascivia, lujuria, masturbación, fornicación, adulterio, etc.). Esto es
cierto, pero “carne” también es idolatría, enemistades, pleitos, celos, iras,
contiendas, disensiones, envidias, etc. (Gálatas, 5:19-21). Alguien podría no
fornicar y, aun así, cometer todas estas últimas abominaciones. La templanza
nos ayuda a contener todo deseo y pasión desordenada (sexual y no sexual).
Conclusión
Como
vimos, cada fruto del Espíritu tiene un propósito:
[1] el
fruto del amor, nos ayuda a amar a Dios, a nuestro prójimo y aun a nuestros
enemigos;
[2] el
fruto del gozo, nos ayuda a sentir alegría, aun en el medio de la aflicción, de
la tristeza y de las pruebas;
[3] el
fruto de la paz, nos ayuda a guardar nuestros corazones y nuestros pensamientos
en Cristo Jesús;
[4] el
fruto de la paciencia, nos ayuda a soportar contratiempos y dificultades para
alcanzar las promesas de Dios;
[5] el
fruto de la benignidad, nos ayuda a hacer el bien, como Dios lo ha hecho con
nosotros;[6] el fruto de la bondad, nos ayuda a ser
buenos como Dios lo es;
[7] el
fruto de la fe, nos ayuda no solo a creer que Dios existe sino a creer en sus
promesas;
[8] el
fruto de la mansedumbre, nos ayuda a moderar nuestra ira, a la vez que nos hace
enseñables y nos ayuda a soportar la disciplina del Señor;
[9] el
fruto de la templanza, nos ayuda a controlar nuestros deseos, sentimientos y
pasiones destructivas;
Los
frutos del Espíritu no aparecen por arte de magia. ¿Queremos el fruto del
amor?. Entonces Dios nos va a hacer pasar por situaciones en las que tendremos
la oportunidad de mostrar cuanto somos capaces de amar. ¿Queremos el fruto de
la paciencia?. Entonces Dios nos va a hacer pasar por pruebas y tribulaciones,
las cuales, como vimos, producen paciencia. ¿Queremos el fruto de la
mansedumbre?. Entonces Dios nos va a hacer pasar por situaciones en las que
vamos a tener la oportunidad de demostrar lo mansos que somos. Porque por
nuestros frutos seremos conocidos (Mateo, 7:20).
Tratemos,
iglesia, de que vayan apareciendo en nosotros los nueve frutos del Espíritu
porque, como dijo Jesucristo, “por nuestros frutos seremos conocidos” (Mateo,
7:20).
Puedes bajar este post como archivo de Word pinchando Aqui o como archivo de PowerPoint pinchando Aqui
Te dejo el video donde predico acerca de este tema (el contenido del video es el mismo que el expuesto mas abajo):
Nuestro
pecado: el problema y la solución
Todos los cristianos continuamos pecando después de
haber sido salvos: 1 Juan, 1:8 Si decimos que no tenemos pecado, nos
engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.
1 Juan, 1:10 Si decimos que no hemos pecado, le
hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
Juan dice “si decimos”, es decir, se incluye, con lo
cual no caben dudas de que está hablando de la iglesia (y no del mundo), es
decir, está hablando de gente que ya es salva. Si no reconocemos que, aun
siendo salvos, hay pecado en nuestra vida, dice Juan, no somos creyentes
verdaderos, es decir, la verdad (que es la Palabra de Dios) no está en
nosotros.
Claro que Juan no solo plantea el problema sino,
también y gracias a Dios, la solución:
1 Juan, 1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel
y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
La solución es, entonces, confesar nuestros pecados
delante de Dios. Aunque lo hemos dicho muchas veces en este blog, lo
reiteramos. La palabra “confesión” viene de la palabra griega “homologeo” que,
a su vez, proviene de dos raíces griegas: “homo”, que significa “lo mismo” y
“logeo”, que significa “hablar”, de modo que la palabra “confesión”
(“homologeo”) significa “hablar lo mismo”. ¿Hablar lo mismo que quien?. Hablar
lo mismo que Dios.
Solo cuando somos capaces de decir de nosotros lo
mismo que Dios diría, estamos confesando, lo cual implica la difícil tarea de vernos
como Dios nos ve (para bien y para mal). Confesar no es decir “Dios, perdóname
porque he pecado”. Confesar es decir, por ejemplo, “Señor, perdóname porque he
murmurado contra tal persona, porque no he diezmado lo que correspondía o
porque mire pornografía en internet”. Debemos ser específicos, evitando toda
otra oración vaga y general.
Una
confesión deficiente
La confesión de 1 Juan, 1:9 es una herramienta
diseñada por Dios quien, en su eterna sabiduría, vio que, aun después de
confesar su nombre, volveríamos a pecar. Sin embargo, no debemos utilizar la
herramienta de la confesión como una “licencia para pecar”: pecamos,
confesamos, nos limpiamos y volvemos a pecar, recomenzando el círculo. Este
tipo de confesión defectuosa no tiene ningún valor delante de Dios, porque,
como se ve, no hay arrepentimiento. Y ya lo advierte su Palabra en:
Proverbios, 28:13 El que encubre sus pecados no
prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.
Solo el que confiesa y se arrepiente (se aparta)
alcanzara misericordia. Si lo único que hacemos es pecar y confesar sinarrepentimiento para limpiarnos y volver a
pecar de nuevo, lo único que alcanzaremos es el juicio de Dios.
O lo
hacemos nosotros o lo hace Dios
Pablo escribe:
2 Corintios, 13:5 Examinaos a vosotros mismos si
estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros
mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?
Pablo nos exhorta a auto examinarnos si realmente
estamos en la fe, es decir, si vivimos una vida que evidencia que somos
cristianos. Pablo no está hablando de exhibir obras para ser salvos. Él fue el
primero en escribir que no somos salvos por nuestras obras sino por gracia, por
medio de la fe (Efesios, 2:8-9, Tito, 3:5). Las obras no son la causa de
nuestra salvación sino su consecuencia: nuestra salvación no es fruto de
nuestras obras sino que nuestras obras son fruto de nuestra salvación (Efesios,
2:10). Si decimos que somos cristianos y en nuestra vida no puede verse ningún
fruto (seguimos viviendo exactamente como cuando estábamos en el mundo, sin
Cristo), entonces solo tenemos una confesión de labios pero no hemos creído en
el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4) y, por supuesto, continuamos perdidos. Nuestra fe, entonces, es muerta (Santiago, 2:14-17, 26).
Ya lo dijo Jesucristo:
Mateo, 7:16 Por sus frutos los conoceréis.
Mateo, 7:21 No todo el que me dice: Señor, Señor,
entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos.
Si no somos capaces de auto examinarnos y juzgar
nuestro propio pecado, entonces Dios tendrá que hacerlo por nosotros y
disciplinarnos para corregir lo torcido en nuestras vidas. ¿Para qué?. Para que
no seamos condenados con el mundo:
1 Corintios, 11:31 Si, pues, nos examinásemos a
nosotros mismos, no seríamos juzgados; 11:32 más siendo juzgados [por no
habernos examinado], somos castigados por el Señor, para que no seamos
condenados con el mundo.
En este caso, la disciplina del Señor es una bendición
porque, de otro modo, recibiríamos la misma condenación del mundo que no tiene
a Cristo.
Como está escrito:
Hebreos, 12:5 y habéis ya olvidado la exhortación que
como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina
del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; 12:6 Porque el
Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. 12:7
Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es
aquel a quien el padre no disciplina? 12:8 Pero si se os deja sin disciplina,
de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no
hijos.
Un cristiano que no confiesa su pecado, debe responder
por él. Esto lo confirma Pablo en:
Gálatas, 6:7 No os engañéis; Dios no puede ser
burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
El mundo conoce esta ley espiritual (que, en realidad,
es bíblica) como la “ley del karma” (todo vuelve). Un cristiano verdadero, aunque
sea salvo, cosechara (segara) lo que siembre, porque, como dice Pablo “Dios no
puede ser burlado” (ni siquiera por uno de sus hijos).
¿Por
qué debemos confesar nuestros pecados?
Hay dos razones poderosas por las que debemos confesar
nuestros pecados:
[1] para permanecer limpios delante de Dios; y
[2] porque si no hablamos nosotros, entonces satanás
hablará por nosotros;
[1] para permanecer limpios delante de Dios;
En el Antiguo Pacto, la salvación se lograba por
obedecer la ley de Moisés y, al ser esta incumplible (Gálatas 5:3, Santiago,
2:10), derramando sangre (Hebreos, 9:22) de animales en el templo, una y otra
vez (Hebreos, 9:25, 10:1, 4), cada vez que la ley era transgredida.
En el Nuevo Pacto, la salvación es por gracia, por
medio de la fe (Efesios, 2:8-9) en el Evangelio (1 Corintios, 15:3-4), es
decir, en lo que Cristo hizo en la cruz. Ya no es la sangre de animales,
derramada una y otra vez (Hebreos, 9:25, 10:1, 4, 11), sino la sangre de
Cristo, derramada una sola vez (Hebreos, 10:12, 14), la que quita
definitivamente el pecado (Hebreos, 9:26).
Ahora bien, Cristo murió una sola vez. ¿Qué sucede
cuando volvemos a pecar luego de haberlo aceptado como Señor y Salvador?.
¿Tiene Cristo que volver y ser sacrificado de nuevo?. Por supuesto que no
(Hebreos, 9:26). El poder redentor de su sangre es eterno (Hebreos, 10:12, 14).
La confesión (1 Juan, 1:9) activa ese poder redentor eterno que hay en la
sangre de Cristo, el cual nos vuelve a limpiar de toda maldad, cada vez que
pecamos después de haber sido salvos. La confesión (1 Juan, 1:9) es la forma de
expiar (quitar de en medio) el pecado en el Nuevo Pacto.
[2] porque si no hablamos nosotros, entonces satanás
hablará por nosotros;
Satanás es nuestro acusador delante de Dios
(Apocalipsis, 12:10). Cada vez que pecamos, él se presenta delante de Dios
exigiendo nuestro castigo. Y acá pueden pasar una de dos cosas:
[a] o confesamos nuestros pecados, en cuyo caso la
acusación de satanás se desmorona; o
[b] decidimos escondernos de Dios e intentar compensar
nuestras fallas haciendo cosas (obras) para El, en cuyo caso la acusación de
satanás queda firme y Dios debe disciplinarnos (Hebreos, 12:5-8) para enderezar
lo torcido (el pecado) en nuestras vidas;
El problema con los cristianos es que nuestro primer
impulso, luego de pecar, no es confesar a Dios nuestros pecados (1 Juan, 1:9)
sino escondernos de El e intentar compensar nuestras fallas “haciendo cosas
(obras) para Dios”. No debe extrañarnos, sin embargo, que nuestro primer
impulso sea este, ya que esto fue lo que hicieron precisamente nuestros
primeros padres luego de sucumbir al engaño del enemigo:
Génesis, 3:7 Entonces fueron abiertos los ojos de
ambos [Adán y Eva], y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas
de higuera, y se hicieron delantales. 3:8 Y oyeron la voz de Jehová Dios
que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se
escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del
huerto. 3:9 Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás
tú? 3:10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque
estaba desnudo; y me escondí.
Los delantales, cosidos con hojas de higuera, que se
hicieron Adán y Eva representan “nuestras obras luego de pecar”. Pecamos y, al
sentirnos desnudos, nos escondemos de Dios (en lugar de correr a su encuentro y
confesar) e intentamos tapar nuestra desnudez haciendo cosas (obras) para El,
en un intento por compensar nuestras fallas.
Pero la única manera de “compensar nuestras fallas” no
es escondiéndonos de Dios y hacer cosas (obras) para El sino activando, por
medio de la confesión (1 Juan, 1:9), el poder redentor eterno de la sangre de
Cristo (Hebreos, 9:26, 10:12, 14), derramada en la cruz una sola vez por
nuestros pecados.
La
revelación del pecado en nuestra vida
¿Somos capaces de ver todos y cada uno de los pecados
que hay en nuestra vida?.
David creía que no:
Salmos, 19:12 ¿Quién podrá entender sus propios
errores? Líbrame de los que me son ocultos.
El Salmo 51 fue escrito por David cuando cometió
adulterio con Betsabé y homicidio con su esposo Urías (2 Samuel, 11). Nadie
puede decir que el Salmo 51 fue escrito por una persona a la que no le importó
su pecado. Sin embargo, aun después de cometer estos dos pecados terribles
(adulterio y homicidio), David tomo a Betsabé como esposa y continuó su vida
como si nada. Solo pudo ver su pecado cuando Dios lo confronto por medio del
profeta Natán (2 Samuel, 12). ¿Hubiera podido David ver su pecado (y escribir
el Salmo 51) si Dios no le hubiese revelado el pecado en su vida, por medio del
profeta Natán?. Seguramente no.
La revelación del pecado en nuestra vida es una obra
del Espíritu Santo y es progresiva. Si Dios nos revelara, de un solo golpe,
todo el pecado que hay en nuestra vida, aun siendo salvos, nos destruiría. Por
eso Dios (por misericordia) nos revela el pecado en nuestra vida en forma
progresiva y por eso también nuestra santificación también es progresiva.
Nuestra santificación no es una foto sino una película. Nuestra santificación
es un proceso.
De ello dan cuenta los siguientes pasajes:
Filipenses, 1:6 estando persuadido de esto, que el que
comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;
Si realmente creímos cuando escuchamos el Evangelio (1
Corintios, 15:3-4), junto con la salvación, recibimos al Espíritu Santo
(Gálatas, 3:2), el cual no solo se queda morando (1 Corintios, 3:16, 6:19) sino
que, además, es sellado en nosotros (Efesios, 1:13-14, 4:30, 2 Corintios,
1:21-22). A partir de aquí, el Espíritu Santo comienza su obra en nosotros que
consiste en convencernos [1] de pecado, [2] de justicia y [3] de juicio (Juan,
16:8). Y es esta “buena obra” la que, aquel que la comenzó (el Espíritu Santo),
perfeccionara (la hará cada vez mejor) hasta el “día de Jesucristo” (hasta el
rapto de la iglesia).
Filipenses, 2:13 porque Dios es el que en vosotros
produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.
Es Dios el que produce en nosotros tanto el querer
(ser santos) como el hacer (que podamos lograrlo), por su buena voluntad.
Nuestras
iniquidades, también
Es importante confesar no solo nuestros pecados sino,
también, nuestras iniquidades. Al respecto puedes ver un estudio en mi blog denominado "El pecado y la iniquidad" (pincha Aqui).
En el famoso decálogo (los diez mandamientos de Éxodo,
20), refiriéndose al pecado puntual de idolatría, Dios establece:
Éxodo, 20:4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. 20:5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás;
porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los
padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me
aborrecen,
En el libro de Deuteronomio (donde Moisés repaso con
el pueblo toda la ley), se repite este mismo mandamiento:
Deuteronomio, 5:8 No harás para ti escultura, ni
imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. 5:9 No te inclinarás a ellas ni las
servirás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de
los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me
aborrecen,
Sin embargo, también en el libro de Deuteronomio
podemos leer:
Deuteronomio, 24:16 Los padres no morirán por los
hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado.
Por un lado, Dios dice que visitara “la maldad de los
padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo, 20:4-5,
Deuteronomio, 5:8-9) y, por el otro, dice que “cada uno morirá por su propio
pecado” (Deuteronomio, 24:16).¿En qué
quedamos?. Lo que Dios visita “de los padres sobre los hijos” hasta la tercera
y cuarta generación es la “maldad” y no el “pecado”. De hecho, ni Éxodo, 20:4-5
ni Deuteronomio, 5:8-9 mencionan la palabra “pecado” sino “maldad”.
Se trata de la “iniquidad” o “maldad ancestral”. Cada
cual es responsable por sus propios “pecados” pero la “iniquidad” es algo que
afecta a clanes familiares enteros, de generación en generación. Si no aparece
alguien en el clan familiar que logre romper esa “atadura de maldad”, la
“iniquidad” seguirá afectando a ese clan familiar por generaciones.
Al respecto Ana Méndez, en su libro "La
Iniquidad", observa:
Etimológicamente la palabra “iniquidad” quiere decir
“lo torcido”. De hecho es lo que se tuerce del camino recto y perfecto de Dios.
El origen de la iniquidad se encuentra en la caída satanás. Surge en el momento
en que este querubín, lleno de belleza y perfección, le da cabida a un
pensamiento que se desalinea de Dios y empieza a creer en algo diferente y
opuesto a la justicia divina.
La “iniquidad” es donde se encuentra
la legalidad de Satanás para impedir constantemente que recibamos la plenitud
de las bendiciones de Dios. La “iniquidad” es esa fuerza irresistible que, en
muchos casos, arrastrará a personas aparentemente buenas a cometer pecados
abominables. Es por eso que hijos de alcohólicos, llegada cierta edad, empiezan
a tener un deseo incontrolable de beber. Y a veces son hijos de cristianos o de
pastores que, sin razón alguna, empiezan a desarrollar estas inclinaciones
pecaminosas. La razón de esto es que no se ha tratado con la “iniquidad”.
La “iniquidad” es, además, donde los juicios de Dios se van
a estar manifestando constantemente. Debido a que la “iniquidad” se opone a la
justicia divina, por estar torcida de ella, esto va a ocasionar un continuo
choque con la rectitud de Dios. La justicia tiene como parte de su esencia el
juzgar todo lo que se opone a ella. El propósito de los juicios de Dios es
alinear todas las cosas con la voluntad y justicia de Dios. Luego donde hay
caminos torcidos va a haber una continua acción divina tratando de alinear a la
persona con él. Lo cual se manifiesta en juicios, pruebas, tribulaciones,
desiertos, etc..
El pecado es tan solo el fruto de la “iniquidad”, es la
parte superficial y visible de algo que está profundamente arraigado en el ser
humano. El pecado es tan solo las ramas, lo exterior de un gran árbol que viene
creciendo y robusteciéndose de generación en generación. La “iniquidad” es la
verdadera raíz de donde surge todo el mal en nosotros y es ahí donde debemos
echar el hacha.
La gran mayoría de los creyentes confiesan sus pecados a
Dios, pero jamás le han pedido que borre sus iniquidades. Por esta causa siguen
padeciendo la consecuencia de terribles maldiciones financieras, o de
enfermedades familiares incurables, destrucción familiar, divorcios, accidentes
y tragedias que no deberían ocurrir estando bajo la protección de un Dios, que
es Todopoderoso. No es lo mismo el fruto [el pecado] que la raíz [la
iniquidad].
La “iniquidad” es transmitida por espíritus (inmundos)
ancestrales, es decir, por demonios. Hay diversos géneros de demonios dedicados
a instigar diversos tipos de iniquidades. Estos demonios están “asignados” a
los clanes familiares, para que afecten a los mismos con distintos tipos de “iniquidad”:
hay clanes familiares afectados por alcoholismo, tabaquismo, perversiones
sexuales, homicidio, adulterio, fornicación, ocultismo, suicidio, masonería y
demás. Si en un clan familiar, por ejemplo, hubo antepasados involucrados en la
masonería, tarde o temprano, el “espíritu (inmundo) de la masonería” va a
seducir (llamar) a uno o más miembros descendientes de ese clan familiar. Estos
espíritus inmundos o demonios se transmiten por la sangre.
Miembros antepasados de un clan familiar le dan la
“bienvenida” (llaman) a uno o más espíritus inmundos, celebrando pactos con
ellos, con lo cual le dan el “derecho legal” de seguir afectando a miembros de
generaciones futuras, descendientes de ese clan familiar. Quizás una generación
no se vea afectada, pero si lo será la siguiente. El hecho de que la “iniquidad”
no se manifieste en una generación, no significa que se haya cortado.
¿Pueden romperse estas “maldiciones”?. Por supuesto. Todo
puede romperse en el poderoso nombre de Jesucristo, haciendo oraciones
específicas:
[1] pidiendo perdón por las iniquidades cometidas por
nuestros antepasados (como si las hubiésemos cometido nosotros); y
[2] renunciando a todo tipo de pacto celebrado por nuestros
antepasados con los poderes demoniacos;
Un ejemplo concreto en la Biblia es el del rey David.
Veamos la genealogía que Mateo usa para demostrar que Jesús desciende de David:
Mateo, 1:5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz
engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. 1:6 Isaí engendró al rey David.
Rahab fue la prostituta de Jericó cuya vida perdono
Josué por haber ocultado a los espías que habían ido a inspeccionar la ciudad
(Josué, 2). Rahab fue perdonada porque creyó en el Dios de Israel. Pero había
sido prostituta (cometido adulterio). Rahab engendro a “Booz” (1ª generación),
Booz engendro a “Obed” (2ª generación), Obed engendro a “Isaí” (3ª generación)
e Isaí engendro a “David” (4ª generación). La historia es conocida: David no
pudo cortar la iniquidad y, siendo la 4ª generación desde Rahab, cometió
“adulterio” con Betsabé y homicidio con su esposo Urías (2 Samuel, 11 y 12).
Lo anterior no significa, de ninguna manera, que Rahab
no haya sido perdonada. No podemos condenar lo que Dios ha perdonado ni llamar
inmundo a lo que Dios ha purificado. De hecho Rahab, luego de que fue perdonada
por Josué (ella y su familia fueron los únicos sobrevivientes de la población
de Jericó), habito en medio de las tribus de Israel y vivió en la tierra
prometida. Y, por si esto fuera poco, Rahab es un antepasado del Mesías. Pero
la vida que llevo Rahab, antes de su conversión, atrajo hacia ella y hacia sus
descendientes, un “espíritu inmundo de adulterio” que, como vimos, tarde o
temprano afecto a uno de sus descendientes (el rey David). Si David no hubiese
adulterado, la “iniquidad” se cortaba con él y hubiese desaparecido de su clan
(recordemos que Dios visita la maldad hasta la “cuarta generación”). Pero
cuando David cometió adulterio, la cuenta volvió a comenzar. De ahí en
más, la tragedia visito la familia de David una y otra vez.
Satanás tiene poder, es decir, conserva el poder con el que
fue creado. Lo que no tiene es autoridad. No tiene autoridad en el cielo desde que
fue expulsado por Dios y no tiene autoridad en la tierra desde que Jesucristo
consumo su sacrificio expiatorio en la cruz del calvario (Juan, 12:31).
Por esto Pablo llama a Satanás el “príncipe de la potestad
del aire” (Efesios, 2:2). Y ciertamente satanás está “en el aire”. Pero sucede
que los seres humanos, al pecar, le dan a satanás la autoridad que no tiene. El
pecado le da “derecho legal” a satanás y sus demonios para actuar. Es el pecado
lo que mantiene a satanás entronizado en el mundo.
Conclusión
Como quedó demostrado, sea por orgullo, por temor o
por algún otro mecanismo de autodefensa, muchas veces no podemos ver (admitir)
el pecado que hay en nuestra vida y por eso el Señor debe revelárnoslo (a
veces, a través de la disciplina). Mientras ello no ocurra, debemos orar como
David para que nos libre de los errores que nos son ocultos (Salmos, 19:12).
Cuando el pecado finalmente sea revelado en nuestra vida, debemos dejarnos
llevar por el Espíritu Santo, quien nos guiará, primero, hacia el arrepentimiento
y, luego, hacia la confesión (1 Juan, 1:9).
Respecto de las iniquidades, debemos:
[1] orar a Dios para que nos revele las que fueron cometidas
por nuestros ancestros;
[2] pedir perdón a Dios por ellas (como si las
hubiésemos cometido nosotros); y
[3] pedir a Dios que las borre;
Respecto del apartado [1], nuestro conocimiento
ancestral normalmente llega hasta nuestros abuelos o, con algo de suerte, hasta
nuestros bisabuelos, motivo por el cual algunas iniquidades pueden resultar
conocidas por nosotros, mientras que otras permanecen todavía ocultas. Como no
sabemos todo lo que nuestros antepasados hicieron en contra de Dios, debemos
orar para que el Espíritu Santo nos lo revele.